| Nabarralde | TESTU ZAHARRAK |
Floren Aoiz |
|
| No es lo mismo | |
| Gara | |
|
GARA publicaba recientemente (11.10.03) un interesante artículo de Mitxel Urriza que encerraba una tentadora invitación al debate. Criticaba Urriza que de un tiempo a esta parte se legitimen las aspiraciones soberanistas "desde la Historia y sólo desde la Historia, como si el pueblo vasco tuviese derecho a la autodeterminación porque hubo una vez un reino desmembrado por reiteradas acciones de fuerza de los vecinos". Es posible que algunas personas lo hagan, pero la renovación que estamos viviendo va mucho más lejos, pues se trata de una lenta pero inexorable trasformación de la manera en que el mundo abertzale ve la historia del país y formula su proyecto de futuro. Estos cambios nos están afectando a todos, aunque en diferente medida, incluso a quienes representan la tradición más obtusa en el reconocimiento de la complejidad del país y su evolución histórica, comenzando por el PNV. Hablamos de la centralidad de Nafarroa en la historia, por ejemplo. No en el sentido de reproducir el esquema centro-periferia, sino en el de afrontar la riqueza de nuestra trayectoria histórica y desprendernos de errores en los que incurrió el primer nacionalismo. Uno de los principales problemas de este país es la división territorial, agravada porque gentes que se reclaman abertzales la han aceptado, avalado e incluso protagonizado. La afirmación recurrente de Joseba Egibar de que el Parlamento de Gasteiz es un parlamento nacional que representa a la mayoría de los vascos es una aberración que refleja la envergadura del problema. Cualquier pueblo sin un pasado como estado tiene perfecto derecho a formarlo si así lo decide libremente. De lo contrario, todos los estados del mundo perderían su legitimidad, porque todos, sin excepción, lo fueron en algún momento por primera vez. Claro que los vascos tendríamos también ese derecho si nunca hubiéramos tenido nuestra propia estatalidad, pero lo cierto es que la tuvimos. Además, el concepto moderno de estatalidad no nos permite englobar todas las experiencias históricas de existencia soberana. ¿Cómo caracterizamos la etapa de los vascones? Es evidente que a la llegada de los romanos existía en esta tierra algún tipo de estructura política independiente. Muchos historiadores hablan de algún tipo de poder autóctono entre la crisis final del imperio romano y la entrada en escena del reino de Pamplona. Acaso el problema sea sobredimensionar el reino de Navarra sin contextualizarlo debidamente, porque no surge de la nada, y no son casuales sus referencias territoriales, ni su simbología vascona luego romanizada con la invención de las cadenas y la contaminación del cristianismo y su idea de guerra santa contra los musulmanes. Dicho reino fue un estadio en la evolución de la tradición de autoorganización de nuestro pueblo. La clave estriba en ese deseo milenario de los vascos de autogobernarse, que parte de la conciencia de constituir lo que en lenguaje moderno llamaríamos una nación, y de la voluntad de preservar esa identidad. La mejor prueba de ese deseo es, sin duda, la supervivencia del euskara. El reino de Navarra no era sólo eso. También era una estructura cristiana, europeizante, romanizadora, jerarquizada y en constante tensión con la tradición comunitaria. Un estado que reprimía la disidencia, que imponía modelos culturales y religiosos y que intentó construir un entramado de señoríos. Pero era un estado, eso es indiscutible. Lo era tanto -cuando menos- como los demás estados de la misma época. No es de recibo que se compare el reino navarro del siglo XIV, por ejemplo, con los estados español y francés de varios siglos después. Porque, si vamos a ello, cuando toda la actual Euskal Herria se hallaba ligada al reino de Navarra, lo que hoy se llama España y Francia eran mosaicos de reinos y diversas estructuras más o menos soberanas. Sólo la evolución a posteriori ha dado lugar a grandes estados mediante la fuerza y las invasiones. Por todo ello, discrepo de Urriza. En mi opinión, la historia sí es relevante para la legitimación de nuestro derecho a conformar un estado propio. No es ni la única fuente de legitimación ni por sí sola la más importante -la determinante es la voluntad libremente expresada de los ciudadanos-, pero es clave, por su significado político, y por su efecto simbólico, porque la interpretación que se hace de la historia está en la base de las actitudes políticas de mucha gente. Creo que Urriza se equivoca, finalmente, en su opinión de que las formas son secundarias. Suena muy bien, pero la historia demuestra que quien olvida las formas y la importancia de lo simbólico suele resultar derrotado. Las ideas se difunden, además de mediante la acción práctica, gracias a formas de representación, discursos y símbolos. No es casual que determinados mensajes parezcan poco menos que lun´sticos en Ribaforada aunque suenen de maravilla en Leitza, y que, sin embargo, formulados de otra manera, puedan comprenderse en ambos lugares. Por eso no es lo mismo que el proyecto se llame Euskal Herria o Nueva Fenicia. Y tampoco lo es que se recurra o no a la memoria del reino de Navarra. Si se hace, la falacia del pactismo cae por su propio peso, al subrayar la idea de conquista frente a la invención de la tradición de la libre incorporación. Y es de una actualidad tan rabiosa que constituye la base de una crítica radical al plan de Ibarretxe, que vuelve sobre las viejas mentiras. La cuestión de la ikurriña daría para muchas más líneas, pero insisto en que los símbolos no son accesorios y, aunque no deben sacralizarse, catalizan sentimientos y expresan matices que no pueden pasarse por alto. Los vascos no necesitamos reyes ni reinos, pero desde una óptica de izquierdas, incidiendo en una crítica frontal y rigurosa de cuanto de reaccionario había en el reino de Navarra, que era mucho, nuestro pueblo debe reconocerse a sí mismo también en esa experiencia histórica y comprender que, ante nosotros mismos y ante Europa y el mundo, no es lo mismo reivindicar el derecho a conformar un estado por primera vez que hacerlo después de haberlo perdido por la fuerza de las armas. * [Texto publicado en "Gara", 2003-10-20] |
|