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Javier Ortiz |
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| El voto a la deriva | |
| Noticias de Alava | |
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Los resultados de las primeras elecciones generales que hubo en España tras el patético fallecimiento de Franco ("muerto en su cama de muerte, flanqueado por cuatro cuervos", que habría escrito Nicolás Guillén) dejaron con el paso cambiado a más de un prócer de la Transición que se las prometía muy felices. Uno de ellos fue Santiago Carrillo, a la sazón secretario general del PCE, al que algunos insisten en tildar de zorro astuto pese a su demostrada capacidad para no dar ni una. Otro fue Enrique Tierno Galván, que entonces dirigía el Partido Socialista Popular, rival del PSOE que no tardaría en aceptar el consejo acomodaticio según el cual, si uno no puede vencer a su enemigo, lo mejor que puede hacer es unirse a él. Tierno, perplejo por su mal resultado electoral, se permitió declarar entonces que hay votos con más categoría que otros. Según él, los suyos eran de más calidad. Alguien le contestó, muy sensatamente, que en democracia los votos ni se jerarquizan, ni se clasifican, ni se interpretan: se recuentan, y ya está. Casi tres décadas después, los frutos obtenidos por los unos y por los otros en las últimas elecciones generales han dado lugar a muchas valoraciones y a todavía más interpretaciones, todas igual de inverificables, salvo en lo que tienen de objetivas (por ejemplo, cuando señalan los beneficios o perjuicios adicionales que puede causar la vigente Ley Electoral). En el caso de Euskadi, la cuestión más debatida es: ¿en qué medida los magros resultados obtenidos por las candidaturas del tripartito gobernante demuestran que el electorado vasco da la espalda al plan soberanista de Ibarretxe? Patxi López, y con él todos los otros dirigentes del PSOE (y, ya de paso, también los del PP), lo afirman como si fuera una evidencia. Pero no lo es. Vuelvo al principio: los votos no definen una estrategia general; se limitan a mostrar una preferencia que puede ser coyuntural, o no. Imposible saberlo. Hace escasos días, un amigo de la Comunidad Valenciana me explicó por qué, pese a que su visión de la realidad política y social está mucho más cerca de IU que de la de Zapatero, votó al partido que gobierna en Madrid. Su opción -me dijo- había sido eminentemente práctica. IU no tenía la más mínima posibilidad de sacar un escaño en su circunscripción, de modo que lo único que quedaba por decidir era cómo se repartían la cosa entre el PSOE y el PP. Él apoyó al PSOE. Me hizo gracia comprobar que su voto, tan pensado para que fuera útil , resultó perfectamente inútil: el PP arrasó en su circunscripción, gracias al apoyo de muchos otros que también pasaron de las grandes definiciones de principio y que, puestos a votar útil , empezaron por cuidar sus pequeñas prebendas personales. ¿Por qué ha obtenido tantos votos el PSOE en la Comunidad Autónoma Vasca y en Navarra? ¿Porque los respectivos electorados rechazan los planes soberanistas de Ibarretxe? No niego que esa explicación pueda tener su parte de certera. Ni lo niego ni lo respaldo. Me limito a señalar que, si ésa es una hipótesis, hay otras igual de verosímiles. Hay gente que me ha contado que votó al PSOE porque esta vez se trataba de decidir quién es preferible que nos gobierne desde Madrid. Que, cuando deba decidir quién prefiere que esté en el Gobierno de Vitoria, su voto será muy otro. Cuando oí sus explicaciones, me acordé de los años que pasé en la República Francesa. Y recordé cómo muchos amigos franceses me contaban que ellos votaban a tal partido en las municipales, a tal otro en las cantonales, a tal otro en las legislativas, al candidato de más allá en las presidenciales… Lo razonaban con una lógica muy cartesiana: "Los comunistas son estupendos a escala municipal, porque luchan contra la corrupción, abren guarderías, mejoran y abaratan el transporte público… Pero ¿cómo vas a poner a un comunista de presidente de la República? ¡No fastidies!". Conociéndome como me conocía al PCF, que no se opuso a la ocupación alemana hasta que la URSS denunció el pacto germano-soviético, hasta podía entenderlos. Al ver los resultados de las últimas elecciones generales me hice una pregunta muy en esa sintonía: ¿será que los vascos nos estamos haciendo más europeos y cada vez votamos con menos ideología y más espíritu práctico, utilitarista, de por medio? Y me contesté: pues vete a saber. En todo caso, hay un hecho difícilmente discutible: si uno vota unas siglas para el Congreso de los Diputados, y otras para las elecciones municipales, y otras para las autonómicas, podrá ser todo lo astuto que se quiera, pero está claro que carece de ideología definida. Y si le vale un españolista para las elecciones generales y un nacionalista vasco para las autonómicas, es que no es ni lo uno ni lo otro. Y si le vale uno que se confiesa de derechas para esto y otro que se dice de izquierdas para lo otro, es que tanto le da la derecha como la izquierda. Cosa en la que deberíamos empezar a reflexionar muy en serio tanto los que tenemos algún interés en la identidad nacional como los que no nos sentimos indiferentes a la división entre la izquierda y la derecha. Si es que sigue existiendo. * Periodista |
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