| Nabarralde | MUNDUAN BARNA |
Daniel Cohn-Bendit |
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| El esquivo legado de 1968 | |
| Project Syndicate | |
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"Dany, has tenido tanto éxito. Pero no te dejes manipular por aquellas fuerzas de la extrema izquierda que te harían destruir todo lo que pueda surgir de lo que estás creando". Cuarenta años después, estas palabras -dichas por Jean Baudrillard, entonces profesor asistente de la Universidad de Nanterre- todavía suenan ciertas. Puede que desilusione a mis partidarios y a quienes se sienten seducidos por "La revolución", pero no soy el líder de una revolución que supuestamente ocurrió en 1968. Olvídenlo: ¡el "68" está enterrado bajo los adoquines, incluso si esos mismos adoquines hicieron historia y generaron un cambio radical en nuestras sociedades! Al principio esto parece algo desconcertante, pero -como lo dejé en claro en mi entrevista con Jean-Paul Sartre en Le Nouvel Observateur - no fui más que el altavoz de una rebelión. Así, el "68" simbolizó el fin de los mitos revolucionarios, para beneficio de los movimientos de liberación ocurridos desde los años 70 hasta hoy. Después de todo, el mundo de los 60 -la primera emisión global en directo por radio y televisión- se definió por una variedad de revueltas interconectadas. El cambio forjado por el "68" afectó por sobre todo a la cultura tradicional, el moralismo estrecho y el principio de autoridad jerárquica. Alteró la vida social y las maneras de ser, de hablar, de amar. Sin embargo, a pesar de su alcance, se mantuvo alejado de la violencia, con el fin de crear un nuevo modo de rebelión. Los estudiantes, los trabajadores y las familias tenían todos sus demandas legítimas, y no obstante convergieron en el mismo deseo de emancipación. La revuelta fue una forma de expresión política, pero su objetivo no era hacerse del poder político. De hecho, su esencia existencial la hacía "políticamente intraducible". El deseo de libertad que impulsaba al movimiento necesariamente eludía los modos arcaicos de pensamiento. Como resultado, las categorías estériles de la tradición política no pudieron apropiarse de los acontecimientos. En Francia, el conservadurismo estaba tan arraigado tanto en la derecha como la izquierda que ninguna de ellas fue capaz de comprender el significado del movimiento y cayeron en interpretaciones revolucionarias estereotipadas. En cuanto a los anarquistas, su utopía de una autogestión generalizada -vinculada a referencias históricas ya añejas- parecía completamente inadecuada. Comenzando por un rechazo inicial a las instituciones políticas y al parlamentarismo, sólo más tarde comprendimos que el reto democrático radica en ocupar un espacio políticamente "normalizado". Frente a los anarquistas, con su limitante gramática política minimalista -reflejada en el famoso eslógan elections, piege à cons ("elecciones, trampa para idiotas")- y al Partido Comunista, cuyo ideal revolucionario finalmente estaba ligado a tipos totalitarios de sociedad, el futuro del Mayo del 68 sólo no pudo más que virar a la derecha con la victoria electoral del General de Gaulle. Indudablemente, fue un fracaso político. Sin embargo, igualmente innegable fue el profundo remezón que sacudió a nuestras antediluvianas concepciones de la sociedad, la moral y el estado. Desafiando el autoritarismo, la revuelta produjo una explosión en el corazón de la típica estructura de poder bicéfala de Francia, que combinaba un gaullismo dominante y un Partido Comunista que administraba a la clase obrera. Así, el radicalismo del levantamiento terminó por liberar el placer de vivir. Con una nueva generación surge una nueva imaginación política y lemas poéticos escritos en los muros. La esencia surrealista de la revolución se simbolizó de alguna manera en la famosa fotografía de Gilles Caron en la que una sonrisa insolente frente a un policía antidisturbios subvierte el orden congelado y establecido, al punto de volverlo ridículo. Por supuesto, algunas personas nunca han superado el fin del éxtasis de aquellas cinco semanas de locura y alegría, mientras que otras esperan que el "68" termine en Dios sabe qué tipo de "Día D". Por mi parte, hace ya mucho que acepté el "principio de realidad", sin nostalgia y sin empequeñecer la importancia de lo que ocurrió, ya que el "68" fue, de hecho, una rebelión que sirvió de bisagra de dos eras. Resquebrajó el yugo del conservadurismo y el pensamiento totalitario, habilitando el deseo de autonomía personal y colectiva y la libertad de expresarse. Desde el punto de vista cultural, vencimos. Así que, ¿recapitular el "'68"? Sí, pero sólo para comprenderlo, entender su alcance y retener lo que hoy tenga sentido. Por ejemplo, saber que 23 años después de la Segunda Guerra Mundial una Francia multicolor se manifestó contra mi deportación proclamando que "Todos somos judíos alemanes" es algo que da qué pensar. Sin embargo, esto no justifica la apresuraba comparación -y todavía menos la identificación- de toda protesta de hoy con el "68". Han pasado 40 años y el contexto ha cambiado radicalmente. El mundo de la Guerra Fría ha desaparecido, así como las escuelas y las fábricas organizadas como cuarteles, los sindicatos autoritarios, las golpizas a los homosexuales y la obligación de las mujeres de tener el permiso de sus maridos antes de poder aceptar un empleo o abrir una cuenta en el banco. Ese mundo ha sido reemplazado por un mundo multilateral que incluye al SIDA, el desempleo, las crisis climática y energética, y otros problemas. Permitamos que las nuevas generaciones definan sus propias batallas y deseos. Desmitificar el "68" también pone en evidencia la hipocresía de quienes lo culpan de todos los males de la actualidad. Porque la "generación del 68" escribió en los muros "Prohibido prohibir", algunos la responsabilizan de la violencia urbana, el individualismo extremo, la crisis de la educación, loa "paracaídas de oro" de los ejecutivos, el declive de la autoridad y -¿por qué no? el cambio climático. De esta manera, esas personas esperan evadir su deber de explicar los problemas de hoy en día. ¿Cómo puede uno no interpretar esto como un truco político que apunta a sabotear la modernización de la expresión, cerrando todo espacio al debate racional? * Secure rights Send link Printer friendly version * Daniel Cohn-Bendit es co-presidente del Grupo Los Verdes-Alianza Libre Europea en el Parlamento Europeo. * Copyright: Project Syndicate, 2008. www.project-syndicate.org * Traducido del inglés por David Meléndez Tormen |
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