| Nabarralde | MUNDUAN BARNA |
Krzysztof Bobinski |
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| ¿La expansión de Europa o de Putin? | |
| Project Syndicate | |
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Uno de los méritos del muro de Berlín era que establecía claramente dónde terminaba Europa. Sin embargo, ahora el asunto de las fronteras de Europa se ha convertido en un tema clave de debate en la Unión Europea. Las recientes amenazas del presidente ruso, Vladimir Putin, de apuntar misiles a Ucrania resalta lo que está en juego en el resultado de ese debate. La caída del muro en 1989 obligó a los funcionarios de la Comisión Europea a desempolvar sus mapas para ubicar lugares de los que sabían muy poco y que les interesaban menos. Leon Brittan, en ese entonces comisario y partidario de la ampliación, recuerda que algunos funcionarios y países incluso esperaban que se mantuvieran las delimitaciones anteriores a 1989. Sentían que la ampliación incluso hacia los países escandinavos y alpinos estaba yendo demasiado lejos. Fue hasta 1993 que la UE reconoció oficialmente que la membresía para todos los países del ex bloque soviético podía ser un objetivo de largo plazo. Actualmente, el debate sobre las fronteras de Europa no se limita nada más a los funcionarios o grupos de expertos. A mediados de 2005, los electores de Francia y los Países Bajos rechazaron el proyecto de tratado constitucional de la UE, debido, en parte, al temor de que la ampliación estuviera avanzando demasiado rápido y demasiado lejos. "No queremos que los rumanos decidan cómo debemos ordenar nuestras vidas", se quejaba un profesor holandés. Muchas repúblicas ex soviéticas, así como los países balcánicos occidentales que aspiran ingresar a la UE, se han convertido en víctimas de esta pérdida de valor. Lituania, Letonia y Estonia, anexados por la Unión Soviética en 1940, se escabulleron por debajo de la alambrada en 2004. Sin embargo, eran países pequeños y contiguos a la UE. Ucrania es grande y Georgia está muy lejos, en el Cáucaso. Luego viene Bielorrusia, cuyo gobernante, Alexander Lukashenko, se aferra a un gobierno autoritario. Ucrania es un país con 47 millones de habitantes y se ha considerado a sí mismo candidato a la membresía de la UE desde 2004, cuando la Revolución Naranja obligó a los gobernantes del país a respetar las reglas de las elecciones. Desde entonces, se han llevado a cabo otras dos elecciones libres y justas. En contraste con Rusia, los políticos ucranianos como el Presidente Viktor Yushchenko y la Primer Ministro Yuliya Tymoshenko han mostrado que tienen un gran interés en romper con el pasado comunista. Además, los líderes empresariales de Ucrania, concientes de la suerte de los oligarcas rusos durante la administración de Putin, ven la membresía en la UE como un medio para legitimar su riqueza y protegerse de sus rivales rusos. Los magnates empresariales de Ucrania no solamente quieren hacer que sus imperios crezcan con la seguridad de un marco legítimo de libre mercado sino también invertir en la UE. Sin embargo, mientras las élites políticas de Ucrania han logrado dominar el arte de hacerse elegir democráticamente, todavía no han podido instaurar una administración eficaz. La influencia rusa es fuerte, especialmente en Ucrania oriental, y el aparato estatal es débil. Para que las reformas se implementen efectivamente, Ucrania necesita la disciplina que impone el proceso de adhesión -y la promesa de la membresía de la UE. El caso de Bielorrusia es diferente. Gran parte de sus 10 millones de habitantes siguen teniendo tanto miedo al libre mercado que podrían prescindir de una oposición democrática a Lukashenko. Así será mientras la energía barata de Rusia actúe como subsidio económico de facto. Pero esa era se acaba, con el aumento de los precios del petróleo y las conmociones a que se enfrenta la economía bielorrusa, que podrían provocar disturbios sociales y convertirse en una amenaza para Lukashenko. Lukashenko, al percibir el peligro, se ha estado acercando a la UE para contrarrestar lo que él ve como una desavenencia creciente con el Kremlin. Y el gobierno de Bielorrusia ha estado explorando la posibilidad de asegurar el abastecimiento de petróleo por medio de Ucrania si Rusia lo suspende. Sin embargo, Lukashenko no ha dado señales de que esté dispuesto a democratizar su régimen, ya no se diga a liberar a los prisioneros políticos. Si la UE decide dejar en suspenso la posibilidad de que Ucrania y Bielorrusia puedan un día ser miembros, ambos países llegarán a un limbo político que podría amenazar la seguridad del flanco oriental de la UE. El hecho de que la UE no haya incentivado las aspiraciones de ingreso a la UE de Ucrania puede crear una desilusión con Occidente. Eso fortalecería la posición de Rusia en Ucrania, en donde el Kremlin promueve constantemente un retorno a las raíces eslavas y advierte de no coquetear con un Occidente que no la quiere. Si el régimen de Lukashenko vacila, la oposición democrática podría fortalecerse con la promesa del apoyo de la UE. De lo contrario, es probable que Rusia intervenga y utilice a sus intermediarios para instalar el autoritarismo al estilo Putin. Desde el colapso de URSS, una nueva generación ha alcanzado la mayoría de edad en toda la región. Los jóvenes de los nuevos países miembros de la UE se sienten ciudadanos de un continente próspero y seguro. En Polonia, el otoño pasado, los votantes más jóvenes ayudaron a reemplazar a un gobierno cuyo autoritarismo incipiente y actitudes xenófobas amenazaban con aislar al país. Más al Este, sus contemporáneos también han crecido en un mundo post soviético. En la Revolución Naranja de Ucrania, fue principalmente la gente joven la que rechazó un regreso al pasado. Sin embargo, a medida que las esperanzas de integración con Occidente disminuyen, el sentimiento de exclusión crece. El peligro es que ello propicie el apoyo de los jóvenes de Bielorrusia y Ucrania a las actitudes autoritarias actualmente en auge en la Rusia de Putin. Lo que está en juego en el debate sobre la ampliación de la UE hacia el oriente post soviético es si los valores occidentales se arraigarán en esos países o si entrarán en una zona oscura en la que tarde o temprano desafiarán los valores y costumbres democráticas de "Europa". El profesor holandés que teme que los rumanos puedan empezar a ordenar su vida podría reflexionar en que la misma Rumania está transformándose debido a la membresía en la UE. Negarse a aprobar una nueva ampliación hacia el Oriente significa que, en el algún momento, los países que no pertenecen a la UE empezarán a convertirse en una amenaza a los valores preciados de ese profesor. * Secure rights Send link Printer friendly version * Krzysztof Bobinski dirige Unia & Polska, una ONG proeuropea con sede en Varsovia. Durante muchos años fue el corresponsal en Varsovia de The Financial Times. * Copyright: Project Syndicate, 2008. * www.project-syndicate.org * Traducción de Kena Nequiz |
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