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Medem,
Muguruza y la delación
Xabier
Ezeizabarrena. Abogado
Por enésima
vez en poco tiempo amanezco sorprendido en la lectura de muchos
periódicos y medios, donde algunos "ilustres" intelectuales de
variado cuño practican la nada edificante costumbre de delatar
los comportamientos presuntuosamente anómalos de aquellas ideologías,
tendencias o expresiones artísticas que el ínclito pensamiento
único que gobierna España no comparte. En esta ocasión, dos de
las conductas objeto de delación por algunos es la nada desdeñable
y calumniosa argucia según la cual determinada película cinematográfica
o canción rockera se encuentra políticamente escorada en el sentido
precisamente opuesto al de determinadas opciones políticas por
todos conocidas en la península.
La cuestión
no es menor, sin duda, y su retorcida pero maquinada manifestación
deja hueco lógico, al menos, para una pausada reflexión, pues
denota una tendencia regresiva cuando no retrógrada, poco común
en los intelectuales y políticos y, desde luego, indeseable e
indeseada entre los ciudadanos.
La cultura
o costumbre de practicar la delación, en este caso sobre manifestaciones
de contenido artístico o cultural, no sólo ha sido característica
de algunos de los más autárquicos e intolerantes regímenes que
la historia conoce hasta hoy, sino que además consagra la tendencia
generalizada a prejuzgar abiertamente a aquel prójimo, cuyas actitudes
o tendencias nos resulten incómodas, desagradables o políticamente
incorrectas. La delación, además, nunca camina a solas, sin un
serio razonamiento o justificación anterior de oscuras pretensiones
políticas o de control ajeno y acceso propio al libertinaje. Se
trata pues de que cada cual sea capaz de interpretar libremente
los comportamientos y verdades del resto, para plasmarlos unilateralmente
en una figura que maniobra entre el prejuicio, la intolerancia
y la incomunicación social absoluta.
La delación
confirma el sentimiento y la intención del delator, en tanto en
cuanto éste niega sin remisión la existencia de las actitudes
ajenas cuando no la de las ideas y la de la propia palabra frente
al vacío del silencio mudo que nos señala con el dedo acusador
de quien prejuzga hasta una película de cine o un concierto de
rock.
Sin embargo,
es evidente, hay momentos extremos en que el interés de los demás
o el propio interés general reclaman la delación de un delincuente,
de un desaprensivo o de cualquier otro ser que perturbe gravemente
la paz social entre sus congéneres. De ello no cabe duda y sin
embargo, los inventores de tal fórmula de precaución social ya
se han apresurado a bautizarla como "colaboración ciudadana",
evitando los equívocos que también yo mismo quiero evitar. Esto
es, ni siquiera cuando la delación es legítima por necesaria y
fruto de un mecanismo de autodefensa, su ejercicio recibe el nombre
propio característico, para esconderse en un triste eufemismo
que suavice la verdad.
Después
de tanto tiempo transcurrido y de profundizar en nuestras libertades
durante décadas, a veces nos traiciona el pasado y nos "delata"
desnudando prejuicios, valores y mentiras que creíamos olvidadas
ya de nosotros mismos. Entonces hay quien nos invita a delatarnos
mutuamente, para convivir mejor los elegidos y señalar con el
dedo a quien se aparte un ápice de la verdad oficial que sólo
regenta cada delator y sus secuaces.
Con esta
nueva autarquía, paralela en vicios de observación y control de
lo ajeno a fenómenos de masas hoy triunfantes como "Gran hermano"
y otros títulos sobre gentes vivientes; señalar, delatar, observar
y censurar a los demás se convierten en retos de cada día de los
que intentar escapar casi sin hablar. Nuestros predecesores lucharon
por huir del control social que los Estados y la falta de libertad
suponían para los hombres y las ideas. Hoy, libres de aquel pesado
yugo, somos nosotros mismos, ayudados casi siempre por algunos
intelectuales y medios, los que nos empeñamos en hacer al prójimo
esclavo de nuestra mirada, de nuestros prejuicios y, en su caso,
de nuestro dictamen final.
Tal y
como ya avanzaba CABALLERO HARRIET años atrás, si Rousseau nos
observara hoy desde su ventana imaginaria el contraste sería radical.
Su concepto "de la dignidad humana, del principio de la personalidad,
de la libertad, de la igualdad" ni son los mismos ni volverán
nunca más a serlo, pues nuestra desidia, la de muchos gobiernos
y la de otros tantos medios han logrado subvertir muchos de aquellos
postulados pioneros que fueron conquistas sociales vitales y que
hoy perecen en el olvido del "voyeurismo", del brutal control
de los medios y del fomento de costumbres regresivas y morbosas
para instrumentalizar al hombre, con o sin permiso de éste.
Rousseau
nos explicó lo que necesitaba el sistema para hacernos casi libres,
pero la corrupción intelectual que nos rodea nos ha devuelto al
pasado menos libre de golpe. Y como también decía Kiko Caballero,
mi profesor y amigo, "el sistema que necesita de la corrupción
es aquel en el que el individuo, dejando de ser ciudadano, se
convierte en consumidor, en número, en objeto, los partidos políticos
en familias y el Estado en Leviatán. Este es el sistema (el Estado)
que necesita de la corrupción, tanto económica como axiológica,
y éste es el Estado que, desde la ventana de Rousseau, lamentablemente
se observa". Faltan muchas películas como la de Julio Medem y
más canciones de Fermín Muguruza para que seamos de vez en cuando
hombres libres y no esbirros de la delación que nos secuestra
cada día.
Published
24 September 2003
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