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Hacia
la sociedad de la anestesia
Xabier
Armendariz Escritor
Decía
Jung que la vida que no se vive puede producir la muerte. Este
aforismo aparentemente tan sencillo, como cualquier axioma que
se precie, puede ser aplicable a multitud de situaciones y sujetos.
Y la susodicha, precisamente, es una de aquellas que me vienen
a la cabeza ante la noticia diaria de sucesos traumáticos y
luctuosos.
Ante
nosotros, a la vuelta de la esquina, pende como espada de Damocles
el fantasma, una vez más, de la guerra. Una guerra, desde la
luz de la razón y en contraposición a la oscuridad de las tripas,
injusta, indigna, horrorosa, como todas ellas, y lo que es peor,
ya que afecta a su justificación, ilícita. Como es norma y costumbre,
algunas voces se han alzado en contra y, lejos por mi parte
de considerarlas inútiles, sin embargo no cabe ante los hechos
más que adjetivarlas como insuficientes. Los actores, los políticos
y todas aquellas gentes más o menos conocidas en los medios
pueden servir de reclamo, de altavoz, de pintada impotente,
pero sin el pueblo no son nada, no sirven para nada, y no pararán
nada.
En
tanto aporreo las teclas, se anuncia una jornada internacional
de protesta contra la guerra, y cuando estas líneas sean publicadas
probablemente cientos de miles de ciudadanos se habrán echado
a las calles reivindicando que cese esta locura en la cual los
únicos destruidos serán, como siempre, los inocentes.
Sin
embargo y pese a las muestras de sensatez que afloran aquí y
allá como flores en el desierto, la realidad, la triste situación
que define a la sociedad actual es la anestesia. Resulta sintomático
percibir la progresiva tendencia de las generaciones que vivieron
la transición a olvidar el precio pagado por la libertad antaño
conquistada y la nuevas generaciones volver la vista y hacer
caso omiso a todo lo que no conlleve adorar al becerro de oro,
siempre, por supuesto, obviando las honrosas excepciones.
Guste
o no guste nuestra sociedad, la vasca, disfruta de uno de los
mayores índices de solidaridad social de entre las de su entorno,
y no obstante es netamente insuficiente. Una gran masa social
se mantiene fría y alejada de una realidad cada día más compleja,
tecnificada e injusta, sin decir ni pío.
En
un país en el que las guerras están presentes todos los días
llamándose Barandallas, torturas, abusos de poder, ilegalizaciones
y, cómo no, tanto monta, monta tanto, Josebas, sin olvidar otros
pueblos y otras gentes. En un país donde el cainismo tiene su
máxima expresión en el todo vale o el conmigo o contra mi; donde
hay demasiadas sardinas arrimadas a tan pocas y pobres ascuas;
lo grave no es asistir diariamente al fuego cruzado, absurdo
e inservible entre las trincheras del inmovilismo y el diálogo
besuguítico. Lo inconcebible es que llegarán las elecciones
y el pueblo anestesiado por el viaje del Inserso, por escalar
puestos subiéndose a la chepa de tu compañero de trabajo, o
por conseguir, aunque para ello tengas que perder tu dignidad,
el último loro con mp3 para tu buga; ese mismo pueblo continuará
dando carta de legitimidad a los mismos que hasta ahora emplean
el bisturí mediático para extirparnos la libertad.
Y
mientras tanto continuaremos sin vivir la vida que nos toca
vivir como sociedad, es decir la de la libertad entendida como
derecho individual y colectivo, para que no existan nunca más
ni Barandallas, ni Josebas; reinos conquistados y olvidados
como el de Navarra, ni conquistadores desmemoriados; ni Bushes
ni Saddanes; en definitiva, para que nuestra sociedad, parafraseando
a Jung , no muera como consecuencia de no vivir su propia vida.
Que
a estas alturas venga un servidor a decir que tan sólo somos
una sociedad anestesiada, indolente ante la injusticia hasta
que ésta, con todo su peso, pisa callo propio, puede parecer
una especulación demagógica, y sin embargo el volver la vista,
el cerrar oídos ante agresiones flagrantes y conflictos de incomunicación,
andando el tiempo toman cuerpo, indefectiblemente, como regla
y no como excepción.
No
sé ustedes, pero uno rememora ahora con un cierto tufillo de
pavor lo que en su día califiqué como grotesco. Aquellas películas
y telefilmes que años atrás imaginaban un futuro gris, dominado
por el pensamiento único y donde el ser humano no podía aspirar
a ser más que la pieza de un engranaje, so riesgo de ser incomprendido
y castigado. Un gigantesco mecanismo que mantenía a la sociedad
feliz en base a los bienes materiales y la falsa utopía del
bienestar; a cambio, claro está, de la renuncia al libre albedrío,
a la crítica, a la protesta, a la revolución. Ejercicio de meditación:
¿les suena?
Todavía,
afortunadamente, quedan Ghandis, Chés, curas Matalaz y Mariscales
de Navarra, pero cada vez son menos los que les prestan oídos
y los que son capaces de ejercitar el sano deporte del distanciamiento
ante el Pensamiento Único y la caja tonta, para preguntarse
y cuestionarse las razones del contrario.
Cuando
la democracia y la ley emanada de ésta no es más que un papel
mojado con el que alardear ante el pueblo en nombre de causas
justas, para ejercer el control, la falsedad y el oscurantismo;
es entonces, perentorio, oponerse a la guerra, pero a todas
las guerras, incluidas las más cercanas, olvidadas y sangrantes.
Si
alguien, ante esa anestesia, no la ve, no la percibe, o, simplemente,
piensa en este artículo como en un cuadro apocalíptico, aunque
tan sólo sea como medida preventiva y sano ejercicio de prudencia,
háganme caso; miren a su alrededor con ojos críticos, desperécense
los oídos y, ante la duda, humana al fin y a la postre, amárrense
los machos.
2003
Febrero
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