Sin
soberanía no hay derechos
Tomás
Urzainqui Mina
Lo
que está ocurriendo con el brutal cierre de medios de comunicación
no se trata tanto de un nuevo ataque a las libertades y de
conculcación de derechos, que sí que por supuesto lo son,
como de algo mucho más profundo y básico, la cruda constatación
de la falta de soberanía.
Aquí
nos hallamos ante el ejemplo más acabado de una sociedad sin
soberanía. Sin soberanía no hay democracia y sin soberanía
tampoco propiamente una sociedad, o lo que es igual que aún
existiendo, ésta no es reconocida, es negada y ocultada. Ese
es el verdadero problema y no otro.
No
nos dejemos marear entre los alegatos de los carceleros malos
y de los carceleros buenos. Quienes insisten en aceptar la
fractura, ocultamiento, negación y partición social, son los
dominadores. Ayudados a veces por nuestros acomplejados colaboracionistas,
que hablan de una supuesta sociedad partida y enfrentada.
No es una sociedad cerrada, dividida, sin libertades, si no
fundamentalmente una sociedad sin soberanía.
La
falta de soberanía se evidencia en la incapacidad para normar,
para decidir sobre cualquiera de los aspectos que hacen referencia
a la propia sociedad, como la imposibilidad real de decidir
en materias lingüísticas, educativas, mediáticas, culturales,
económicas, sociales o políticas.
Los
profesores Iñigo Bullain y Juan Luis Crucelegui desde su análisis
técnico-jurídico han prevenido sobre la imposibilidad de ejercer
las competencias económicas, administrativas y fiscales de
la C.A.V. y de la C.F.N, sin estar presentes como Estado,
recuperado, en la UE, lo que cierra definitivamente el último
argumento de los estatutistas.
Ya
Ferdinand Tönnies distinguía entre la comunidad cultural y
la sociedad política. Nuestra sociedad política nacional es
evidentemente negada por el Estado español, pero a pesar de
ello es una realidad, existe, aunque más o menos anestesiada.
Es esta sociedad la que padece directamente las agresiones
desde la sociedad dominante y su aparato estatal, cuyos efectos
padecemos de continuo, en un permanente estado de excepcionalidad
pintado de supuesta normalidad, sólo sobresaltado por renovadas
agresiones como el cierre de medios de comunicación periódica:
ilegalidad de Euskalherria Irratia en Iruña, cierres de Egin,
Egin Irratia, Ardi Beltza, Egunkaria...
La
soberanía, como la vida, la salud o la libertad no pueden
negociarse ni pactarse. Las sociedades europeas han dado muestras
de estar atentas a la defensa de su soberanía. El plante de
Alemania y Francia ha supuesto el ejercicio de las soberanías
nacionales europeas frente a la trágala que impone la administración
Bush.
La
sociedad española también padece la falta de su soberanía.
Lo que se manifiesta desde la imposibilidad de desengancharse
del carro de la guerra de Bush, hasta todo lo que conlleva
vivir en el sistema político del tardofranquismo prolongado
y su renovado imaginario nacionalista y hegemonista. El turno
bipartito que sustenta esos valores es una exigencia del régimen
predemocrático que se impuso por medio de la legislación electoral
vigente en el Estado español.
Nuestra
sociedad padece la propia privación de su soberanía por la
imposición de las sociedades dominantes y sus Estados respectivos,
el español y el francés, y además por añadidura las privaciones
de soberanía que también padecen los ciudadanos de dichos
Estados en mayor o menor medida.
En
la limitación de la soberanía en las sociedades española y
francesa existe una causa de la máxima influencia cual es
la necesidad de ejercer a través de sus respectivos Estados
un permanente tutelaje y control sobre los individuos de las
sociedades dominadas, léase navarro/vascos, catalanes, gallegos,
corsos, bretones u occitanos. Pero el corsé para imponer y
dominar a otros también les afecta a los dominadores.
No
solamente niegan la soberanía los grupos nacionalistas de
extrema derecha con su partido político el PP y sus medios
ABC o La Razón, sino que todo el sistema político vigente
está estructurado y programado hasta el mínimo detalle para
configurar y perpetuar el diseño autoritario. Así, el llamado
hoy en España constitucionalismo y sus constitucionalistas
no son más que la ideología que sustenta un régimen predemocrático
configurando un Estado de derecho no muy alejado del que tenía
Franco en los años sesenta.
Esta
sociedad mártir debe de hacer un dramático llamamiento a las
demás sociedades soberanas de Europa. Pues como diría Bertolt
Brecht: primero les ocurrirán las desgracias a los vecinos,
pero después nos sucederán a nosotros. Aviso para navegantes.
Así como la sociedad europea está a punto de verse arrastrada
a la guerra de Irak, si no consigue defender su soberanía
imponiendo el Stop a Bush-Blair-Aznar, también tendrá que
verse reflejada como una auténtica premonición en lo que ahora
está ocurriendo a esta sociedad directamente dominada por
el régimen de Aznar.
Febrero
2003