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Nabarralde | Nabarra Papers
Construcción,
o liberación del Estado
nacional propio
Tomas
Urzainqui Mina. Historiador.
Parece
como que humbiera llegado una especie de síndrome de «Obras
Publicas» también al discurso político. Se habla
de construcción nacional como si de lo que se tratara en realidad
fuese la puesta en marcha de un proceso para levantar un edificio ex
novo. Este error, sin embargo, tiene un origen, pues es consecuencia
directa de la situación, todavía no suficientemente visualizada,
de la minorización cultural, social, económica y política
que padece toda nación dominada.
El
mal viene de lejos, de cuando algunos se dieron cuenta que no eran libres;
entonces pensaron que era precisamente desde ese momento del que tenian
que partir para la emancipación nacional, haciendo tabula rasa
de lo que había sucedido con anterioridad. Sin apercibirse que
el proceso de minorización les habia afectado profunda e individualizadamente
también a cada uno de ellos, de tal manera que desconocían
prácticamente todo sobre el ser nacional. Pero como no podian
«construir» de la nada, tuvieron pronto que echar mano de
lo que tenían más a su alcance, precisamente de la mercancía
más varida, que era la arquitectura de la dominación,
es decir, las instituciones conformadas después de las conquistas
para consolidar la ocupación y el sometimiento.
Algunos
de estos nacionalistas «fundadores», sin duda con buena
fé, confundieron el tocino con la velocidad. Supusieron que la
división territorial politico-administrativa en la que ellos
habian nacido era originaria y existía desde el comienzo de los
tiempos, ignorando que eran divisiones sobrevenidas tras la invasión,
surgidas como consecuencia de la dominación nacional. Sobre este
tema se trata con más detalle en «La Navarra maritima».
Pero
no se conformaron con dar por bueno ese error de apreciación
histórica, sino que, dando rienda suelta a la imaginación,
construyeron en el aire el mito de los «Estado Vascos»,
como premisa lógica de las engañosamente justificadoras
teorías político-pactistas. Así, la falsedad ya
había cerrado el círculo completo: «Araba, Bizkaia
y Giupuzkoa, como estados soberanos, habian pactado, de igual a igual,
de potencia a potencia, con Espana, su voluntaria entrega.» Planteamiento
que en la práctica ha tenido un efecto disgregador y secesionista
intra-nacional. Por otro lado ha facilitado el surgimiento del estatutismo
constitucional español. En todo el siglo XX, solo se redacta
un proyecto propio de Constitución estatal en el año 1940
por el Consejo Nacional Vasco en Londres.
Una
de las consecuencias más palmarias de la minorización
de una nación, es que ésta puede llegar a no ser en absoluto
consciente de hallarse minorizada. A no sentirse, no darse cuenta, no
percibir que esta primitivizada, marginada y consuetudinizada. Que su
Estado nacional, su sistema jurídico, su derecho, sus lenguas,
su cultura, su sociedad, su historia, su economía, su población,
su política, su territorialidad... han sido sometidas a un nacionalicidio
permanente y sus consiguientes linguicidio, minorización social
y psicológica, primitivización cultural, consuetudinación
jurídica, marginación de su centralidad, etcétera.
De
ahí probablemente que el actual tempus le falta esta fundamental
matización y constatación, pues como mÍnimo no
es suficiente afirmar que nos hallamos ante un conflicto histórico
de naturaleza política con los estados español y francés;
es preciso dejar bien claro, desde el inicio, que ha sido como consecuencia
de la agresión, conquista y dominación de dichos estados
que aquí se padece una permanente situación de nacionalicidio
y postración, con el proceso de la minorización en todos
los aspectos que hacen referencia en su más profundo sentido
a la salud psíquica y cultural de la sociedad o ciudadanía
y a los derechos humanos individuales y colectivos.
Se
está oyendo con insistencia en estas últimas fechas la
frase «construcción nacional», por cierto -y no por
ingenua casualidad- con bastante eco en los poderosos medios de los
dos estados gran-nacionales dominantes. Ya hace casi 25 años,
en la época de la llamada transición del franquismo, que
se lanzó la idea, desde algunas de las naciones dominadas periféricas,
de «hacer país» y de construir nación, que
al paso del rodillo constituyente, quedó en estatutos de autonomía
para las nacionalidades que conforman la nación única
española, contradicción in terminus dicho sea de
paso.
Quizás
sea por eso mismo, que a los medios propagandísticos les han
dado la instrucción de aparentar farisaica indignación
ante la «construcción nacional» que pretenderían
los dominados. Así, de tapadillo, se sigue manteniendo lo esencial,
que se plasma en conceptos intocables como «el Estado»,
«la Constitución» y «el Gobierno central»,
que se dan por supuesto como si fuesen indiferentes y hasta compatibles
con la «construcción nacional». Aquí se halla
el meollo de la cuestión, pues, de esta manera, la recuperación
de la nación dominada la tienen asegurada. Se trataría
de una nueva reedición de la vieja receta con el contradictorio
y antitético circumloquio de «la nación de naciones»,
la falangista «unidad de destino en lo universal», el «plebiscito
cotidiano» o la última consigna del« proyecto común».
Hoy,
«el conflicto politico con los estados español y francés»,
«la territorialidad» y otros problemas evidenciados, no
se pueden contemplar por separado, pues todos ellos se reducen a uno:
la realidad del Estado nacional propio secuestrado por los estados español
y francés. De ahí, la importancia fundamental de no entrar
en el juego del discurso político tergiversador de las dos naciones
dominantes. Si realmente se pretende la liberación de la sociedad
nacional, dominada, lo primero que tiene que hacer ésta es adquirir
y utilizar un lenguaje democrático, que no es precisamente el
de los estados dominadores.
Los
conceptos preelaborados con la intención de sustraer, o impedir,
el ejercicio del libre adbedrío a los ciudadanos de la sociedad
dominada, deben ser corregidos o reemplazados por conceptos no condicionados
por el discurso dominante y su estructurada jerarquía de valores
políticos, que están dirigidos a reforzar su representación
referencial del Poder. Cuando se habla de «el Estado», ahora
se da por descontado que se refiere al español, o al francés.
Lo mismo ocurre con «la Constitución» o con «el
gobierno central». También estos conceptos hay que rescatarlos.
En
un proceso de clarificación democrática, que ése
es el verdadero sentido de la puesta en práctica del soberanismo
por la ciudadanía, es preciso quitar de los conceptos políticos,
los condicionantes que les sustraen a la libre decisión de los
ciudadanos. En una sociedad que busca la democrática liberación
de su Estado nacional, los referentes conceptuales no pueden continuar
estando condicionados por significados impuestos desde fuera. Así,
si se hace mención de «la nación» a secas,
lógicamente se está hablando de la propia, pues de lo
contrario se deberá decir «la nación portuguesa»
o «la nación española», etcétera. Lo
mismo ocurre con «el Estado», si se dice así solo,
se está haciendo referencia al navarro (que en este tema es más
apropiado que decir vasco); si lo que se quiere es tratar del dominante,
se deberá decir siempre «el Estado español»
o «el Estado francés», nunca «el Estado solo».
La «Constitución», evidentemente, se referirá
a la carta de leyes fundamentales del Estado-nacional propio, pues cuando
se quiere hacer referencia a una «Constitución» extranjera,
se deberá decir siempre la del país que corresponda.
No
se trata de construir la nación, sino de liberar el Estado nacional.
Liberal, en el más amplio sentido. El de liberar todas las potencialidades
sociales que posibilita el funcionamiento del Estado-nación propio,
a la vez que se libera de las ataduras que le someten a los estados
gran-nacionales dominantes español y francés. El Estado
nación propio existe, aunque se halle con su soberanía
reducida e hipotecada, parado, en desuso, ocupado y dominado. La tarea
es poner en marcha el proceso de liberación o arranque del referente
legitimador estatal.
Mantener
conceptos como «construir la nación» supone en la
práctica admitir la legitimación de la minorización
y primitivización que se padece. Los estados dominantes reinterpretan
y asimilan dicho concepto al de construir las regiones, las nacionalidades
o las autonomías. Construcción y liberación son
antitéticas. Porque no se puede liberar lo que no está
construido, ni se puede construir lo que no está liberado. De
ahí que lo primero es la liberación integral. Es decir,
la plena asunción de la realidad del Estado nacional propio,
al que ineludiblemente hay que liberar. Pero, al mismo tiempo, se inicia
el desarrollo -en un proceso liberador y democrático- de liberar
todas las potencialidades sociales que solo permite el propio Estado
nacional. Es preciso romper la rueda infernal legitimadora del Estado
dominante, pues la insumisión y la desobediencia civil, aun sin
quitarles ningun mérito, como hemos podido ver, pueden ser finalmente
asimilados y han servido en varios casos para perfeccionar el ordenamiento
jurídico dominante.
La
estrategia política de construcción nacional se halla
sumida en una rueda fatal que impide avanzar en el proceso liberador.
Se confunden elementos corrientes en una sociedad normalizada, con objetivos
estratégicos y a la vez se relegan el ejercicio de instrumentos
esenciales, como las elecciones, al momento en que no haya condicionantes
del Estado gran-nacional dominante, a cuando se haya alcanzado la independencia,
a cuando funcione el Estado soberano propio. Este es el fenómeno
de la pescadilla que se muerde la cola. La justa oposición a
legitimar el sistema ocupante, puede llevar a no utilizar correctamente
los mecanismos electorales, que son específicos de la legitimación
democrática.
Es
de todo punto necesario, por todo ello, romper con esa rueda infernal,
y la única forma de hacerlo es recuperar la legitimidad del Estado
nacional propio. La recuperación de la soberanía estatal,
la legitimidad del Estado nacional, que hasta ese momento había
estado secuestrado o hibernado por el Estado gran-nacional ocupante,
tanto el español como el francés. A partir de ese momento
el Estado nacional propio es el referente legitimador de toda actividad
social. Asi, las elecciones solo tendrán legitimidad si se celebran
de conformidad y en relación con el citado referente legitimador.
Lo mismo ocurrirá con las relaciones de los ciudadanos, entre
ellos y con la Administración, que serón realmente democráticas
y plurales en la sociedad del Estado-nación propio.
La
recuperación del tiempo robado o perdido no es sólo una
necesidad acuciante para la nación dominada, sino que lo es también
para las naciones dominantes. Con respecto a la primera porque deberá
liberar sus potencialidades sociales y recuperar la soberanía
arrebatada, restaurando su referente legitimador que es el Estado nacional
propio, para poder hablar y negociar en un indispensable plano de igualdad
con los otros dos estados interlocutores, forzosos por no buscados libremente.
A
estos segundos, porque necesitan recuperar el tiempo perdido para homologar
sus imaginarios colectivos y sus ordenamientos jurídicos a los
principios democráticos y al respeto a los derechos humanos,
y más concretamente a recibir e integrar en sus Derechos internos
los tratados que han suscrito nominalmente, pero que hasta ahora han
sido incapaces de formalizar y promulgar para que tengan valor dentro
de su jurisdicción; por ejemplo, en lo referente a las naciones
y la lenguas minorizadas, el derecho a la independencia de las naciones,
las libertades democráticas, etcétera.
Cuando
se habla de contencioso vasco, en realidad se está haciendo referencia
desde un punto de vista político a la dominación de los
Estados gran-nacionales español y francés sobre el Estado-nación
europeo de Navarra, o nación política, siendo Euskal Herria
la nación cultural; ambas denominaciones obedecen a dos conceptos
de la misma sociedad, pues navarro o vasco hacen referencia al mismo
pueblo, pero mientras uno es un concepto jurídico-politico, el
otro es un concepto cultural.
Por
último, el engaño de la desaparición del Estado
se fomenta especialmente desde los aledaños de la globalización
neoliberal dirigida por las naciones dominantes. La desregulación,
la homogenización cultural, la liquidación de las conquistas
sociales o el desmantelamiento parcial del Estado, forman parte del
bagaje ideológico de la cacareada mundialización, cuyos
eslóganes se oyen por cierto en alguna voz muy cercana.
El
Estado se metamorfosea, sin embargo, su función es insustituible;
pero, según Pierre Bourdieu, los seguidores de la gran utopia
neoliberal pretenden «la destrucción de todas las instancias
colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina
infernal, de ellas en primer lugar el Estado, depositario de todos los
valores universales asociados a la idea de lo público, y la imposición,
a cambio, en las altas esferas de la economía y del Estado, o
en el seno de las empresas, esta especie de darwinismo moral que, con
el culto del ganador, formado en las matemáticas superiores y
en el salto de la cama elástica, instaura la lucha de todos contra
todos y el cinismo en norma de todas las practicas», y concluye:
«la mundialización es ante todo un mito justificador, que
solo es real en los mercados financieros y la globalización no
es una homogenización sino al contrario es la extensión
de la empresa de un pequeño número de naciones dominantes
sobre el conjunto de las plazas financieras nacionales».
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