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Nabarralde | Nabarra Papers
No
basta con Euskal Herria
Tomas
Urzainqui Mina. Historiador.
Es
muy penoso que, a pesar de todo lo que ha llovido, y de lo que todavía
podrá caer, se siga insistiendo en concebir la nación,
fundamentada, por un lado, tan sólo con importantes elementos
culturales lingüísticos, étnicos y folklóricos
y, por otro, con estructuras administrativas foralizadas, pero viciadas
desde su origen por la violenta dominación y la voluntad integradora
de dos estados extranjeros. Pues, testa- rudamente, continuamos en la
ya centenaria ceguera de los fracasados esquemas y erróneos planteamientos.
Mientras
no se descubra la profunda, palpable y omnipresente nación política,
repito, no hay nada que hacer. Los estados, tanto el español
como el francés, lo tienen fácil. Seguirán con
los orquestados y reiterados, hasta la saciedad, calificativos deslegitimadores
y vejatorios, a través de sus poderosos aparatos de poder y mediáticos;
como si se tratara, no de lo que ciertamente es, un problema entre naciones,
sino del conflicto interno causado por el desquiciamiento de un «sano
regionalismo» o «particularismo identitario».
En
cambio, si descubrimos y asumimos la condición de que nos hallamos
en una sociedad política, que tiene su estatalidad hibernada,
los problemas que nos atenazan se solucionarán de forma ineludible
por la vía en que se plantea la resolución de los conflictos
entre una nación dominante y otra nación dominada, o un
estado gran-nacional expansionista y un estado nación ocupado.
Seguir
la pretensión de repintar a la comunidad cultural de sociedad
política, es un empeño patético y de estética
autista, con carencia de resultados positivos, abundancia de trabajos
estériles y colección de fracasos. Es continuar con la
actitud de la avestruz ante un problema de naturaleza jurídico-política.
No hay que tener ningún miedo a sumergirse y empaparse en la
sociedad política del estado nacional propio.
Los
puzzles y montajes de rompecabezas, sólo con las competencias
institucionales de la Constitución española, no conducen
a nada, como ya se ha comprobado repetidamente, son juegos de arquitectura
que siempre conservan la situación de dominación. No se
sale de la inanidad. A la postre el estatutismo y el autonomismo, caldo
de cultivo para los oportunistas, consagran el estatus de minorización,
dependencia y marginación.
La
calculada y estereotipada formulación de la supuesta división
entre navarros y vascos, nacionalistas y no nacionalistas, vascos y
españoles, es un planteamiento interesado, no real, y mucho menos
integrador de la sociedad. Estos taimados supuestos, lo que de verdad
buscan es la desintegración de la sociedad política nacional
dominada, en beneficio único y exclusivo de las gran-nación
dominantes, tanto española como francesa.
Navarro
y vasco son la misma cosa. Hacen referencia a la misma gente, a la misma
sociedad, a la misma nación. Separarlos, o diferenciarlos, es
tan ignorante e incoherente como distinguir a los alemanes de los germanos,
a los franceses de los galos, a los portugueses de los lusitanos, a
los húngaros de los magiares o a los suizos de los helvéticos.
La
ignorancia, fomentada y aleccionada, mediante la falsedad y la ocultación
hasta el paroxismo, por los aparatos de los Estados gran-nacionales
dominantes, comenzando por los educativos, es utilizada políticamente
para partir, distorsionar y dividir a la sociedad de la nación
dominada, debilitándola todo lo posible ante el fracaso de su
buscada muerte.
Hasta
ahora no se ha salido del espejismo de la nación cultural, porque
se confía únicamente en la cultura étnica, no dándose
la importancia que tiene a la cultura política. Sin embargo,
la sociedad política que conforma la nación, sí
es realmente integradora, plural e intercultural; la única que
con naturalidad ejerce la constitucio- nalización de su sistema
jurídico, en garantía de los derechos ciudadanos, y la
verdadera recuperación de su Estado nación soberano, que
la protege.
Todos
los partidos políticos, que se dicen más o menos soberanistas,
continúan sin asumir, en sus discursos, la verdadera cultura
política de este país, ya que la confunden con un provincialismo
sedicentemente foral, que en la realidad es precisamente el fruto de
la dominación política desde fuera. Hoy los mitos de los
«estados vascos», de la «voluntaria entrega»,
del «pacto político» y de «los derechos históricos»
evidentemente no son cultura política, sino crueles falsedades
y trágicos errores, a descubrir y rechazar, cuyo objetivo en
la práctica es la integración en el Estado español.
La
cultura de la sociedad política está articulada en el
acervo de la estatalidad de Navarra. Los actuales territorios, llamados
históricos Araba, Bizkaia, Gipuzkoa, Laburdi y Zuberoa,
son divisiones forzadas de la territorialidad política de la
Navarra entera. Dichos terri- torios, ya desde antes de que se configuraran
como tales, eran políticamente navarros. Sólo el proceso
nacionalicida, a base de sucesivas conquistas militares, ha quebrado
la territorialidad.
En
cualquier caso, la centralidad y la legitimidad histórica de
la soberanía nacional, se halla en Navarra. Es decir, estos territorios
al igual que la Navarra reducida tenían su propia centralidad
navarra, por lo que cuando quedan bajo el dominio de otra centralidad
ajena se convertían en periféricos, dependientes y marginales.
En la geopolítica histórica europea, la centralidad política
pirenaica se halla en el Reino de Pamplona, después llamado de
Navarra. Los territorios con títulos condales y señoriales,
o se hallan dentro de su centralidad navarra, o violentamente arrancados
de ella son sometidos a la dependencia de la centralidad de otro estado
extranjero; pero a pesar de ello siempre conservan su derecho inalienable
a rehabilitarse en su propia estatalidad, que es la Navarra.
El
profesor inglés Adrian Hastings en su reciente libro titulado
"La Construcción de las Nacionalidades", además
de dejar sentado que las naciones europeas son anteriores a 1789 y
en un buen número se constituyen desde la caída del Imperio
Romano y a lo largo de la llamada Edad Media recuerda cómo
en la Europa occidental desde la Edad Moderna existen dos naciones adormecidas,
que pueden despertar, son Navarra y Escocia. Son dos estados que tienen
su imprescriptible derecho a recu- perarse y a que se respete su puesto
en el tablero de ajedrez europeo. Por lo que, olvidar u obviar el propio
estado de la nación dominada hace imposible la solución
del conflicto.
99.02.12
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