Así los textos, como el mencionado, más cercanos a los
hechos han sido postergados en beneficio de otros de origen literario
y retórico senatorial, que se ha demostrado son ficciones. Lo
grave es que en base a unas interpretaciones sesgadas y personales han
desechado otras más verosímiles que han resultado ser
ciertas.
A continuación reproducimos las partes de la alabanza de Pamplona,
"Laude Pampilona epistola", que por su contexto y estilo pertenece
al siglo V y figura a continuación de la carta del Emperador
Honorio "Militie Urbis Pampilonensis", a las milicias de la
ciudad de Pamplona del año 408, todo ello inserto en el Códice
de Roda según Lacarra del año 992. Ha sido apartado por
algún autor con mando en plaza, a pesar de su exactitud y de
ser un documento redactado aquí mismo, por lo que podemos preguntarnos:
¿Cuál ha sido el motivo de este ocultamiento? ¿Qué
interés ha habido en fabricar una imagen virtual y falsa de Pompaelo
y de toda la historia de Navarra?
Esta es la descripción literal que hace un pamplonés
del siglo V de su ciudad:
«Este sitio providencial, ...donde se han descubierto tantos
pozos como días tiene el año. Para que siempre se pueda
sacar agua de estos pozos y ninguno, urgido por la necesidad, se sirva
de otro, para coger agua, porque hay abundante para todos. Las torres
de los muros de la ciudad tienen una anchura de 63 pies. Su altura es
de 84 pies, irguiéndose inmensas. El perímetro de la ciudad
de mil iliestras rodea el feliz ámbito. Posee 67 torres».
«Pamplona está bien fortificada, protegida en tres lados,
con tres puertas delanteras y cuatro traseras, vecina al puerto. No
hablo de las flores de los árboles, de los ríos de oriente
que tuercen hacia occidente con los vecinos próximos y el suburbio
llano y sencillo (primera referencia escrita a la Cuenca de Pamplona)».
«Si la Roma opulenta protege a los romanos, Pamplona no dejó
de proteger a los suyos. Porque es admirable y gran región, más
fructífera que otras, cavada la tierra en canales que conducen
al río. Posee montes en derredor y el Señor protege a
su pueblo ahora y siempre».
Describe, con el detalle de sus medidas, las potentes murallas de la
ciudad que destruiría Carlomagno. Definitivamente esta veraz
fuente documental confirmada con los restos arqueológicos y especialmente
por los que ahora están apareciendo, echa por tierra las elucubraciones
de una Pompaelo virtual, sostenida por algunas personas.
Las medidas de las torres parecieron un poco exageradas, pero a la
vista de lo que ha aparecido en la Plaza del Castillo no lo son tanto.
Para las medidas de las murallas, el pie puede equivaler a 26 centímetros,
lo que supone 67 torres de 63 pies de anchura por 84 pies de altura,
es decir, 16,38 metros de anchura y 21,84 metros de altura. Los lienzos
de muralla intermedios, según la muralla aparecida en la Plaza
del Castillo, tendrían cuatro metros de ancho y podrían
tener la mitad de altura que las torres, unos diez metros.
La frase «si la Roma opulenta sirve a los romanos, Pamplona no
dejó de servir a los suyos», tiene un claro mensaje de
autoestima y realismo. Denota, sin embargo, un matiz de pensamiento
político importante, relaciona a Roma con lo opulento-aristocrático
y a que Pamplona por contra, protege a los suyos. Esta legitimación
ideológica fue mantenida por el Reino de Pamplona y luego de
Navarra.
La descripción de Pamplona y su condición de soberanía
política coincide con las evidencias arqueológicas de
las necrópolis de los siglos VI y VII de Iruña (Plaza
de Toros, c/Arrieta y c/Amaya), Buzaga (Elorz) y Aldaieta (a 13 kilómetros
de Gasteiz).
Concibe a Pamplona como al conjunto del territorio de la civitate
pampilonensium, no es exclusivamente el casco urbano, hable del
suburbio (la Cuenca de Pamplona), de la región (Vasconia) y de
las montañas. La misericordia divina la salvaguardan de las gentes
bárbaras y enemigas. Que a lo largo de los siglos serán
especialmente los visigodos, francos y más tarde los musulmanes.
El detalle de la dirección de los cauces fluviales que vienen
de oriente y tuercen hacia occidente con los vecinos próximos,
está describiendo el curso de los ríos Arga, Ulzama y
Elorz, y los afluentes Egües y Sadar.
Todo el texto refleja consciente pertenencia al mundo romano. Eso es
precisamente la clave. Roma legitima a Pamplona frente a los invasores
germanos. Los dirigentes edilicios de Pamplona evidentemente se consideran
romanos, cuya civilización e intereses están contrapuestos
a los invasores bárbaros, ya sean germanos o después musulmanes.
La «ilíestra» podría tener unos diez pies,
por lo que el perímetro amurallado de Pompaelo sería de
alrededor de tres mil metros con 67 torres cada cincuenta metros aproximadamente.
Pamplona en época romana ocuparía una superficie cuatro
veces superior a la señalada por M.A. Mezquíriz.
La ciudad de Pamplona y sus murallas fueron derribadas el año
778 por Carlomagno, como lo recoge su propio cronista Eginhard: «Destruida
Pamplona, subyugados los hispanos y vascones, también los navarros,
regresó a las partes de Francia». (Annales Regíi).
«Arrasó al suelo los muros de la ciudad a fin de que no
pudiera revelarse y, determinando regresar, se internó en el
paso de los Pirineos». (Nuevos Annales Regíi).
La destrucción de las murallas de Pamplona por los ejércitos
de Carlomagno está representada en la arqueta relicario de Carlomagno,
en Aquisgrán (Aix-la-Chapelle). Relieve en cobre dorado, fechado
entre 1200 y 1215. Como consecuencia de dicha terrible agresión
de tierra quemada, los pamploneses con el resto de los vascones infringieron
una ejemplar derrota al Ejército de Carlomagno el 15 de agosto
de 778 en Orreaga (Roncesvalles).
La ciudad de Pamplona, en época romana, tenía una organización
municipal con su Foro donde se reunían los ciudadanos, los duoviros
y los cargos edilicios, se decidía sobre la construcción
y mantenimiento de las infraestructuras, servicios y obras públicas;
abastecimiento de agua, conducciones, depósitos, desagües,
puentes, calles, pavimentación, pozos, termas, teatro, circo,
mercados, murallas... Pamplona tenía una vitalidad propia favorecida
por su estratégica situación en el cruce de calzadas y
por ser cabeza del área circumpirenaica, la Vasconia tardo-antigua,
que tenía una dinámica diferenciada.
En los últimos treinta años la relectura de las fuentes
históricas y el nuevo examen de los materiales arqueológicos
han producido un cambio completo en la historiografía referente
a los siglos II al VIII. Sin embargo, ha habido quienes, con responsabilidad
sobre el patrimonio de Navarra, no han querido enterarse.
En la época Bajoimperial romana se observa un enfrentamiento
entre la jerarquías eclesiásticas y administrativas del
Bajo y Medio Valle del Ebro de un lado, y los obispos y el poder civil
y político del Alto Valle del Ebro de otro. Son dos mundos que
paulatinamente se alejan y se separan definitivamente. La «versión»
ascética de este primer cristianismo parece haber encontrado
eco entre los «possessores» de la zona circumpirenaica,
según Juan Manuel Tudanca, todo ello lejos de la simbiosis que
unifica al aparato del Estado romano con la organización cristiana
como nueva religión oficial del Imperio, donde serán los
cargos eclesiásticos los que pasan a asumir y desarrollar las
labores de patronazgo y las actividades públicas. Con la progresiva
crisis de los valores urbanos y las nuevas condiciones que determinan
la estructura de una Iglesia que pasa a ser oficial, suplantando el
ejercicio del poder de la administración romana.
Las supuestas devastaciones y desolaciones generalizadas de ciudades
y campos del siglo III no fueron tales, en la realidad los bárbaros
sí que efectuaron acciones de pillaje y piratería, como
las hubo siempre, incluido el Alto Imperio. Pero verdaderamente el cambio
en la vida urbana tiene su origen en las transformaciones socio-económicas
y religiosas no en las invasiones.
La vida ascética y luego monástica tienen unas características
propias en esta área circumpirenaica con claras repercusiones
sociales y geopolíticas. De ahí nacerán los monasterios
alto medievales de Leire, Alaón, Albelda y San Millán
y otros muchos más pequeños.
Los «possessores» desempeñan un papel importante
al convertirse en los protectores de dicha sociedad y de sus monasterios.
De entre ellos surgirá la clase militar y gubernativa. De la
simbiosis entre comunidades vasconas, monasterios y «possessores»,
como en otros países, en los Balcanes, Cáucaso, Irlanda,
nacerá la clase dirigente que se enfrenta a los invasores bárbaros
en la antigüedad tardía y que crea después la monarquía
del Reino de Pamplona.
No tiene nada que ver la tradición de Prudencio de Calahorra
con la de San Isidoro de Sevilla. La primera adapta el cristianismo
a la historia universal y a una praxis ascética y rural. La segunda
adapta el cristianismo al poder Imperial y aristocrático pero
en manos de sus nuevos detentadores étnicos, el pueblo visigodo.
Las noticias respecto a destrucciones y alteraciones supuestamente
debidas a las invasiones del siglo III francos y alemanes
o a las bagaudas, llevaron a muchos autores a mantener ese decimonónico
sentido de crisis teñido de carácter apocalíptico.
Lo que les indujo a creer que los abandonos y cambios en el mantenimiento
de las ciudades tenían su origen en las incursiones bárbaras.
Interpretación que en la actualidad se ha superado, pero que,
sin embargo, el autor Blázquez, invitado como autoridad por la
Sra. Mezquiriz, la ha mantenido en la práctica totalidad de su
obra.
Blázquez mantiene además en sus obras el falso tópico
de que la zona vascona se halla muy poco romanizada y cristianizada
tardíamente en el siglo V y que en la misma existe un sistema
gentilicio. Sin embargo, autores más serios creen que a partir
del siglo III se mantiene la estructura socioeconómica vascona,
conectando con las nuevas relaciones socioeconómicas propias
de una sociedad romana progresivamente más equilibrada entre
lo rural y lo urbano.
Su impostura les ha llevado a dogmatizar sobre una virtual Pompaelo
que en los últimos treinta años han impuesto a la realidad,
encajándola en su imagen tergiversada, aunque para ello hubiera
que demoler, malinterpretar, ocultar y tapar elementos arqueológicos
para ellos insignificantes que han ido surgiendo durante estos últimos
años. Aseguraron tajantemente que donde se iban a hacer las excavaciones
en la Plaza del Castillo no iba a aparecer nada de valor y mucho menos
de época romana. Dando cobertura al proyecto de aparcamiento
subterráneo que por ellos ha de ir ubicado en medio de un yacimiento
arqueológico de la máxima importancia. Cuando la realidad
es que la meseta donde se asienta la Plaza del Castillo alberga un núcleo
fundamental de la Pamplona pre romana, romana y medieval.
Por todo ello, estas personas, con reincidencia, se convierten en las
principales responsables de que los ciudadanos de Pamplona, Navarra,
Europa y el mundo se vean privados del testimonio patrimonial y monumental
de lo que fue la ciudad de Pamplona desde el siglo II A.C. hasta el
siglo XVI. Las barbaridades que se están haciendo aquí
escandalizan ya a los órganos competentes de la UNESCO y la Unión
Europea, no se hacen ya en ninguna parte del mundo, pues en otros sitios
la conservación del patrimonio histórico está por
encima de las obras públicas y privadas, por muy necesarias que
sean aparentemente.
Febrero 2002