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Nabarralde | Nabarra Papers
El
estatutismo es la negación de la soberanía
Tomás Urzainqui Mina. Abogado e historiador. Coautor
de "La Navarra marítima", Pamiela 1998
Vuelve
de nuevo el mito del pacto político como sustento básico del
último proyecto del Gobierno de Gasteiz. Así, se afirma que
enmarcarán el proceso por un lado en "el cumplimiento íntegro
del Pacto Estatutario de 1.979", y por otro en la remisión al
cumplimiento de la legalidad constitucional y estatutaria vigentes.
Esto no es soberanista, hasta ahora al menos.
La
apelación a la democracia se convierte en un brindis al sol,
si no se cuestiona previamente el llamado pacto político con
el Estado español y su dependiente estatutismo.
El
estatutismo se basa en un falso pacto político con el Estado
anfitrión y dominante, que exige la desmemoria y siempre es
desigual con respecto al objeto dominado. Aunque el estatutismo
comienza por negar lo evidente: que haya nación dominante y
nación dominada. Toda Sociedad con mayúscula, para poder ser
democrática, tiene que ser soberana. Cuando una Sociedad es
mayoritariamente consciente del problema que padece, es intolerable
que se le ofrezcan soluciones ficticias.
La
propuesta del tripartito (PNV, EA, IU), acorde con la sintonía
del Pacto de Barcelona, busca, en el fondo y en la forma, una
reforma de la Constitución española que refleje la plurinacionalidad
en un nuevo Estado español, contando con la esperanza de que
determinadas fuerzas políticas españolas, IU y sobre todo el
PSOE, estén por la labor en el momento preciso. Otra cosa muy
distinta es que el desencadenamiento de las contradicciones
hasta ahora soterradas pueda convertir a medio plazo la confrontación
política en un proceso soberanista, si se dan las premisas que
a continuación expondremos.
Ni
es propiamente un proceso soberanista ni secesionista como han
querido tildar desde España; pues se trata solamente del desarrollo
de una interpretación de la disposición adicional primera de
la Constitución española. Es decir, una reforma estatutaria
que no cuestiona la Constitución española y consolida su sistema
de dominación.
Se
ha hablado también de cosoberanía o de estatus de libre asociación,
que no son más que otra impostura política. No cabe la soberanía
compartida dentro de un Estado. Una autonomía estatutaria, por
amplia que sea, jamás será cosoberana con el Estado al que pertenece.
Ni tan siquiera en un Estado confederal o federal existe cosoberanía
ni estatus de libre asociado con respecto al Poder central.
La
ratificación del proyecto "se realizará atendiendo a la mayoría
democrática de la sociedad vasca, mediante referéndum". Más
adelante se dice "sólo a las navarras y a los navarros les corresponde
decidir su propio futuro". Otra vez la infernal dicotomía, sociedad
vasca o navarra. Quiénes son los vascos y quiénes son los navarros.
Quiénes son los portugueses y quiénes son los lusitanos. Quiénes
son los alemanes y quiénes son los germanos. Quiénes son los
suizos y quiénes son los helvéticos. Quiénes son los húngaros
y quiénes son los magiares. Alto a la impostura, lo primero
por ser antidemocrática.
Hacer
caso omiso a la dura realidad -obviando las causas originarias
de la dominación por las sucesivas espadas de los Alfonso VIII,
Duque de Alba, Espartero o Franco- para fabular sobre una inexistente
pluricéfala arcadia democrática que acuerda pactos entre poderes
aparentemente diversos de igual a igual, se convierte en un
ejercicio de ocultación autoritaria, que vicia de raíz, como
no democrático, cualquier proyecto político.
Faltan
tres ingredientes para que la propuesta del tripartito tenga
eficacia soberanista o de recuperación de la soberanía: a) el
referente estatal propio, b) su legitimidad y legalidad y c)
la sociedad soberanista. Sin la presencia de estas bases sólo
se está dentro de la dialéctica política española. Por lo que
es imprescindible oponer formalmente a la falsa legalidad e
ilegitimidad que se quiere sustituir, la legalidad y legitimidad
que se quiere recuperar y desarrollar. Pero siempre con la acción
del conjunto de la sociedad que es realmente la que busca, necesita
y ejerce la soberanía.
Si
se trata de recuperar la soberanía, es un craso error no hacer
referencia a la realidad estatal propia de los vascos que se
concreta en el Estado de Navarra. La difusa categoría étnica
de un pueblo, según la actual doctrina del derecho internacional,
es conducida hacia soluciones de autonomía política y reconocimiento
de derechos culturales como minoría nacional; en cambio, si
se trata, como en nuestro caso, de un milenario Estado europeo
-conquistado, ocupado y dominado- no cabe otra salida que la
recuperación de la soberanía de dicho Estado y su vuelta a la
comunidad internacional de Estados. Aquí se trata de dilucidar
un conflicto internacional, no interno de uno o dos Estados.
Así como una recomposición del tablero de ajedrez europeo en
su parte occidental.
La
estrategia presentada por Ibarretxe ante el Parlamento Vasco
en la Navarra Occidental, podría ser válida si de verdad iniciara
el proceso soberanista. Lo que exigiría de forma inmediata la
fijación del referente estatal propio, pues de no ser así no
se saldrá del estatutismo y por lo tanto de los marcos estatales,
español y francés. Me remito a mi intervención del 8 de Mayo
de 2002 ante la Comisión de Autogobierno con el título de "Recuperación
del Estado propio".
Falta
una ineludible referencia que debe ser previa al Estatuto y
a la Ley Paccionada con su Amejoramiento y a sus respectivos
incumplimientos. Es decir, la constatación de que esta sociedad,
o este pueblo, tiene negada su existencia por los ordenamientos
jurídicos de los dos Estados ocupantes. Que primero fue la soberanía
con el Estado propio independiente, después la conquista y ocupación
y, por último, la vía muerta del pactismo o estatutismo que
busca perpetuar la dominación.
Pedir
sólo la continuidad y cumplimiento del Estatuto y de la "Ley
Paccionada amejorada" es incongruente con la recuperación de
la soberanía y con una sociedad democrática. La soberanía, y
el proceso soberanista, exige que todas las instituciones (incluidas
las estatutarias-autonómicas) estén supeditadas al referente
del Estado propio, aunque se halle en trance de recuperación,
no a los extranjeros.
La
autodeterminación en este país no tiene otro significado que
recuperar el elemental estatus democrático de sociedad soberana,
que pueda decidir cotidianamente, de forma libre y autodeterminativa,
lo que en cada caso le conviene más a sus intereses; y esto
sólo se da poseyendo el ordenamiento jurídico del propio Estado,
no el de los Estados dominantes.
Falta
por completo en la propuesta del Lehendakari Ibarretxe una "conditio
sine que non" de su buena fe, la de formar parte de una nación
dominada con su propio Estado hibernado, por lo que con dicha
carencia se observan confusiones y contradicciones evidentes.
En
cuanto a los objetivos a conseguir con lo propuesto no se sale
del círculo vicioso, igual que el dicho de "la pescadilla que
se muerde la cola". El pactismo y el estatutismo no pueden ser
referentes. El único referente válido es el Estado soberano
propio, negado por España y Francia. Nuestra sociedad sufre
el conflicto permanente generado por España y Francia desde
hace ochocientos años. El conflicto no surge hace 100 años ni
hace 200 años.
Las
referencias jurídicas imprescindibles, para saber de qué estamos
hablando, se hallan en los actos de fuerza e ilegales que iniciaron
la negación por parte de los Estados dominadores de la soberanía,
de la legalidad y de la propia estatalidad. Por eso, en todo
proyecto sensato, no autoritario, deben figurar las fechas de
las ilegalidades internacionales: 16 de agosto de 1.202, 7 de
julio de 1.515, 20 de octubre de 1.620, 8 de octubre de 1.789,
16 de agosto de 1.841 y 21 de julio de 1.876, ya que son los
momentos concretos en que se ordena la dominación, se cercena
la soberanía y se van desmantelando las instituciones del sistema
jurídico estatal propio.
España
y Francia ya han fracasado en sus proyectos de negación, absorción
y asimilación del Estado europeo de Navarra, pero prefieren
dejarse engañar por sus propias mentiras, tal vez confiando
en que sus dioses hagan un milagro. Pero como ellos bien conocen,
frente al poder de la verdad, la soberanía, la democracia, el
derecho y la libertad, no hay milagros que valgan.
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