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Nabarralde | Nabarra Papers
La
falsificación imperialista de
Sancho III "El Mayor"
Tomás
Urzainqui Mina
En
estos últimos días los tercios literarios, tras el toque reglamentario,
han iniciado una nueva contraofensiva, dirigiendo esta vez sus hoscos
arcabuces contra el bien pensado monumento que el Ayuntamiento de Hondarribia
(Fuenterrabia) va a levantar al rey Sancho III el Mayor en el centro
de lo que fueron sus dominios, desde el Garona hasta el norte de la
cordillera ibérica (Garrai-Montes de Oca-Atapuerca), en medio de toda
Vasconia, entre la continental y la peninsular.
Sancho
III reinaba en un territorio que en más de las dos terceras partes era
norpirenaico, siendo el resto la parte más pequeña la surpirenaica,
Pamplona (incluida Araba, Bizkaia, Gipuzcoa), Nájera (La Rioja Alta)
y las tierras surpirenaicas centrales (Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y
Pallars). Los musulmanes dominaban la Ribera, incluida Tudela y el Valle
medio del Ebro.
En
tiempos del citado Rey de Pamplona Sancho III (1004-1034) llamado "El
Mayor", España era musulmana y entonces se adjudicaba el nombre de hispanos
a los musulmanes de la península ibérica.
Como
se refleja en el Códice de Roda, del año 992, el Reino de Pamplona tenía
su propia legitimidad, centralidad y territorialidad circumpirenaica,
figurando de manera preferente los reyes de Pamplona y a continuación
dependiendo de ellos los condes de Aragón, Pallars y Gasconia. Sin mención
alguna a los reyes de León ni al Conde de Barcelona, en cambio sí habla
de los condes de Toulouse y a los reyes francos. El vasallaje posterior
y coyuntural de los condes de Castilla y Barcelona y del rey de León,
bajo la protección del rey vascón, no supone una modificación del Reino
de Pamplona.
Sancho
III gobernaba sobre toda Vasconia, tanto la norpirenaica como la surpirenaica,
en esta última con la excepción de las tierras ocupadas por los musulmanes.
En cuanto a que era rey y emperador de España es otra de las imposturas
históricas interesadas.
El
Rey de Pamplona Sancho III el Mayor sostuvo una organización jerárquica
con una sumisión de Barcelona, Castilla y León a Pamplona, pero sin
una idea de imperio medieval, como ha querido ver Ramón Menéndez Pidal.
Gran parte del siglo X se desarrolla con la sumisión de León a Pamplona
en contraposición de lo sostenido falsamente por la historiografia española
sobre una Pamplona como vasalla del supuesto "Imperio" leonés.
Con
cierta periodicidad afloran, de forma recurrente, los tópicos historiográficos
que constituyen las falsarias bases del folclore político español. Uno
de ellos, junto con los de la hispania visigótica, la cuna del español
y los reyes católicos, es el supuesto testamento de Sancho III "El Mayor".
En
tan fantástica historiografía se repite como algo básico que los reinos
de Castilla y Aragón nacieron por un testamento del Rey de Navarra,
Sancho III el Mayor, quien habría dividido su reino al morir. Dicha
falsedad repetida desde el siglo XII ha influido en la conformación
de dicha creencia absolutamente errónea.
Los
historiadores españoles, Ramón Menéndez Pidal y Justo Pérez de Urbel,
se convirtieron en adalides de esta patraña. La visión de estos dos
autores, como han probado José Mª Lacarra y Antonio Ubieto Arteta, se
basa en el examen de una documentación, que no distingue los documentos
originales de las copias, los auténticos de las falsificaciones y que
en el caso de Justo Pérez de Urbel presenta incluso el fallo de la carencia
de una edición crítica de cada texto.
"Lo
cierto es -continúa Lacarra- que la tradición jurídica pirenaica -establecida
ya en el siglo X por la dinastía de Sancho Garcés- se basaba precisamente
en la no desintegración del Reino, es decir, en trasmitir al sucesor
todos los territorios. En el Reino de Pamplona territorios distantes
como Aragón y Nájera se mantienen bajo las mismas riendas a la muerte
de Sancho Garcés I (905-925). Ahora bien, aún cuando el primogénito
era el único que heredaba los bienes patrimoniales, es decir, el Reino,
con los acrecentamientos que éste hubiese obtenido, el deseo de dotar
a los demás hijos había introducido la costumbre de constituirles un
patrimonio con bienes territoriales que podían trasmitir a su herederos,
aunque sin desvincularlos del Reino, ya que éstos estaban sometidos
a la fidelidad debida al Soberano, y los bienes eran tenidos "sub manu"
del primogénito".
Sancho
III el Mayor no tuvo que adjudicar nada a su hijo Fernando en forma
testamentaria, ya que el condado de Castilla lo había recibido éste,
en 1029, directamente por los derechos de su tío el "infant" García,
derechos que habían correspondido a la madre de aquél doña Mayor.
Concluye
Lacarra "Ramiro recibió, en vida del padre (Sancho III el Mayor), unos
territorios para gobernar en "tenencia" o por delegación suya, que en
parte coincidían con el antiguo condado de Aragón, a los que se agregaron
otras tierras y tenencias repartidas también entre Pamplona y Castilla.
Pero Ramiro, al igual que se había hecho en el siglo anterior con el
supuesto "rey de Viguera", aún cuando podía trasmitir estos bienes a
sus descendientes, quedaba sometido a la suprema autoridad y lealtad
de su hermano primogénito García el de Nájera, a quien algún documento
designa como "príncipe por la gracia de Cristo en Pamplona", mientras
que a Ramiro y Gonzalo califica sencillamente de "regulos" en Aragón
y Sobrarbe. Otros documentos de Pamplona aplican tanto a Ramiro I como
a su hijo Sancho Ramírez, el calificativo de "a modo de rey" (quasi
pro rege in Aragone), aunque lo normal es que se les dé a ambos el título
de rey, según era costumbre en la dinastía pamplonesa dar a los hijos
de los reyes".
La
primera vez que se recoge la falsa versión del sedicente testamento
de Sancho III el Mayor, otorgado entre sus hijos antes de morir, con
el reparto de los reinos, es de más de un siglo después de su muerte.
Así el supuesto reparto de origen legendario aparece citado inicialmente
en la Crónica del monasterio castellano de Santo Domingo de Silos pensando
en la contemporánea política exterior del rey de Castilla Alfonso VII,
redactada a mediados del siglo XII, después surge en la Crónica Najerense.
Tal falso reparto testamentario se precisa interesadamente en la narración
que señala lo supuestamente ocurrido tras la muerte de Alfonso I el
Batallador, es decir, un siglo después de la muerte de Sancho III el
Mayor, donde se habían fijado entre los reinos de Aragón y Pamplona
las fronteras que a su vez también supuestamente había establecido el
rey Sancho III el Mayor.
En
tiempo de Ramiro I los límites del dominio del Rey de Pamplona incluyen
en su interior las comarcas de Arrosta (Ruesta), Petilla y los nacimientos
de los ríos Arba de Luesia y Biel. Mientras que Ramiro I, siempre dentro
de la unidad del Reino de Pamplona, se adjudica la zona comprendida
entre la villa de Martes, al oeste, y Matirero, al este, con los castillos
de Cacabiello, Agüero, Murillo y Loarre, al Sur, límites que incluían
el viejo condado de Aragón, Sodoruel, Val de Rasal, y el Serrablo. Gonzalo
se adjudicó los condados de Sobrarbe y Ribagorza, más la ribera del
Cinca y Tierrantona, desde Matirero, al oeste, hasta Llort (Espot) al
este, lindero con el condado de Pallars.
Los
notables que en Vadoluengo pretendidamente fijaron las mugas entre Pamplona
y Aragón en 1135 no la división del Reino, necesitaron dar cierta autoridad
a la línea de demarcación que ellos habían decidido, y se la inventaron
mediante su atribución a alguna supuesta división hecha cien años antes
por el Rey de Pamplona Sancho III el Mayor, ya que habían oído que el
gobierno de la tierra de Aragón lo había adjudicado Sancho III el Mayor
a su primogénito natural Ramiro. La necesidad de precisar esa muga iba
a hacer surgir una supuesta y falsa división de estados cien años antes
por Sancho III el Mayor.
Tal
supuesta división estaba en relación directa con la política de profunda
intromisión seguida por Alfonso VII de Castilla, el autoproclamado Emperador,
con respecto a Pamplona y Aragón, política que culmina tras una larga
guerra con la separación en dos reinos en 1150. Unieron el mito de la
separación con las leyendas épicas que hablaban de un supuesto adulterio
de la esposa de Sancho III el Mayor, Dª Mayor. Así se sostenía que la
división se produjo en igualdad de circunstancias, todos los hijos serían
reyes, en reinos distintos, algo que es absolutamente falso.
Sin
embargo, los documentos existentes demuestran con toda precisión que
Sancho III el Mayor no dividió el Reino, que quedó en su totalidad bajo
el dominio de su primogénito legítimo García el de Nájera.
El
monarca navarro Sancho III el Mayor no repartió la "potestas", el mando,
el gobierno sobre esos territorios. Se confunden dos conceptos como
son el "territorium" y la "potestas". Sancho III el Mayor podía dar
sus tierras como dueño particular de las que tuviere en Aragón, desde
Vadoluengo hasta Matirero, sin dar por ello la "potestas" que como rey
tenía sobre esas tierras.
Al
morir Sancho III el Mayor, García el de Nájera se encontraba en Roma;
en Castilla Fernando continuó sus funciones administrativas como Conde,
bajo la "potestas" del rey de Pamplona su hermano Garcia; igualmente
en Aragón, Ramiro se encontró en las mismas circunstancias, como dueño
de unas tierras, pero supeditado al rex Garcia el de Nájera.
Hoy
en día, en cuanto los que ostentan el poder cultural deciden tocar cualquier
punto de la cultura dominada de Navarra, surge el esperpento y se descubre
la impostura. Hace un par de años fue la cacareada "reforma de las humanidades"
presentada a bombo y platillo en el Monasterio de San Millán, pues se
basaban en la supuesta cuna del idioma español, falsedad que pronto
quedó a la vista. Ahora de nuevo vuelven a la carga con el imaginado
agravio al "emperador" Sancho III el Mayor.
Estos
gobernantes tienen un irresoluble problema, pues toda su cultura
política descansa sobre las arenas movedizas de una gigantesca
impostura. Dicha debilidad les lleva a adoptar actitudes en
lo histórico-cultural, dogmáticas, autoritarias y agresivas.
October
2002
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