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Pactismo y partes
Pedro Esarte Muniain. Historiador.
He leído estos días sendos artículos de J.L. Orella Unzué y
Xosé Estévez, colegas a los que aprecio y leo, pero de los que
discrepo absolutamente de los planteamientos expresados. Ambos
avalan la existencia de una tradición "pactista" de los vascos
con España, y realizan consideraciones sobre dicho "pactismo"
que, a mi juicio, no coinciden con la realidad histórica.
Tradicionalmente los vascos hemos sido engañados por las promesas
de los gobernantes porque hemos confiado en sus palabras. Por
poner un solo ejemplo: la cantidad de promesas hechas de respeto
a los fueros de Pamplona (1512) por el Rey Católico (más de media
docena el primer año), no equivalen a su cumplimiento, sino a
que, cuando menos, ese número de veces se denunció que no eran
cumplidas.
El intervalo entre una y otra reclamación revela que las vivencias
de los navarros en su propia casa no eran las del disfrute de
las "gracias" reales, sino las desgracias del sometimiento a la
espera del debido respeto que ni en aquella ocasión ni en las
posteriores llegó. Por tanto, no se cumplía la voluntad del administrado
sino la del ocupante. Esta misma reflexión podría valer para cualquier
ejemplo histórico al que nos quisiéramos referir desde entonces
y hasta la actualidad.
Entre los autores que dan por válido "el pacto", los hay de
dos clases: los que gozaban de prebendas en Madrid, y los que
lo defendieron desde aquí con la esperanza de salvar los restos.
A los primeros ni los nombraré; son tantos los bufones!
De los segundos, sólo citaré dos ejemplos: Arturo Campión (historiador
y político), y Oroz Zabaleta (57 años de secretario de la Diputación
de Navarra y recopilador legislativo). Cada uno defendió "el pacto"
desde su campo. Ambos confesaron que lo defendieron para no seguir
perdiendo potestades a manos de un Estado, el español, que nunca
terminaba de saciar su hambre al respecto.
Con todas las competencias hoy en manos del Estado español,
la cuestión ya no es la misma. Para ver el cambio ocurrido, basta
comparar las redacciones de una Constitución del siglo XIX con
la actual. Al Estado actual ya no le quedan más competencias que
abarcar. Y me explico.
La Constitución española está hecha para favorecer la labor
del ejecutivo. En su corsé (de goma, no de mallas), permite a
los gobernantes españoles interpretar las leyes que en cada momento
les conviene aplicar. La interpretación del Gobierno sólo puede
ser reconvenida por jueces instituidos por éste o por su mayoría
parlamentaria; es más, la parcialidad judicial en las decisiones
de Estado -o cuando conviene a una razón pragmática del mismo-,
queda demostrada en la actualidad por numerosos ejemplos que evito
enunciar y que así están siendo apreciados hasta por los propios
componentes del Gobierno de la CAV.
La limitación de un artículo de prensa no permite una detallada
exposición de ejemplos, por lo que me limitaré a apuntar el silencio
o connivencia de los miembros del Tribunal Constitucional y del
Fiscal General del Estado en temas como la pérdida de soberanía
constitucional en las materias que absorbe la Unión Europea, o
la improvisación de un gobierno cuando participa en una guerra,
sin siquiera posibilitar que dicha participación sea sancionada
por las Cortes. Una Constitución que tiene la goma suficiente
para estirarse hasta las últimas necesidades del gobernante.
En el reciente caso del Estatuto de la C.A.V., y en el no tan
reciente pacto de los gobernantes de la Alta Navarra con el gobierno
de Madrid (1841), el sistema empleado para prostituirlos fue el
mismo: la emisión de Leyes Generales Orgánicas de igual rango,
por medio de las cuales se anularon las leyes y artículos "pactados"
por los gobernantes regionales. Y a esto no hay Tribunal Supremo
o Constitucional que se oponga. La razón es clara: el Gobierno
necesita administrar el día a día y debe emitir leyes sin que
las anteriores coarten su "derecho". Así, y según las necesidades
o deseos del ejecutivo o legislativo español, pueden aprobar leyes
de igual rango a las previamente "pactadas", lo que supone la
anulación de las anteriores, y así anula el supuesto derecho de
la otra parte del "pacto", que tal como están las leyes, forma
parte del todo.
Así pues, sólo se puede buscar el acuerdo de igual a igual -eso
sí sería pacto-, y no concebido dentro de la ley de una de las
partes, con intereses propios en la negociación y con potestades
para anular las de la otra parte. Repito que no voy a aludir a
los escritores que han defendido la existencia del "pacto", porque
excedería de este artículo, pero sí quiero recordar lo dicho por
Moret: "la nación de los vascones fue tan desgraciada con los
escritores en Francia como en España".
Y aunque a mi no me preocupa que nos tilden de provenientes
de cultura tribal por considerar los derechos del pueblo vasco
como tal, independientemente de los de España y Francia, creo
tener, como otros muchos, memoria clara de los incumplimientos
de éstos en el pasado (y de ahí los conflictos). Por tanto, tenemos
el derecho actual a decidir sobre si optamos por estar dentro
de la Constitución española o decidimos libremente quedarnos fuera
de ella.
Desde una posición de libertad de opción, la mesa debe ser igual
para ambas partes, las sillas de la misma altura y la desnudez
igual para todos. Debatir sacralizando una Constitución tan permeable
para una de las partes, la cual puede romper los acuerdos por
la potestad jurídica que le reserva aquella en cualquier ámbito,
es hurgar en la herida sin preparar el proceso real de un Pacto
-entre iguales y sin comillas en este caso-, para la convivencia
en buena vecindad.
Pedro Esarte Munian is autor, entre
otras obras, de: "Navarra 1512-1530. Conquista, ocupación y sometimiento
militar, civil y eclesiástico". Pamiela, 2001.
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