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Irak ¿Presagios de grandes cambios?

Mikel Sorauren - Historian

La Historia muestra que las grandes transformaciones se ven precedidas por disfunciones y desajustes ­crisis- en los sistemas de poder vigentes. En el momento presente existe un orden mundial que se impuso en la última década del siglo y milenio que acabamos de abandonar, al venirse abajo el Bloque Soviético y quedar como aparente vencedor el Bloque denominado Occidental. Este Bloque Occidental lo integran los países tecnológicamente más desarrollados, que han dominado el orden mundial en las dos últimas centurias. Bajo el liderazgo de Norteamérica se agrupan en el mismo el conjunto de los territorios de Europa Occidental y Central, otros Estados dirigidos y constituidos básicamente por población anglosajona, como son Canadá, Australia y Nueva Zelanda y, finalmente, aspiran a integrarse en él los territorios de Europa Oriental escapados del control soviético.

Las personas cuya vida ha transcurrido principalmente durante el perÍodo histórico que ha precedido al actual, conocido como el sistema de los dos Bloques ­Occidental y Oriental- teníamos la convicción de que el triunfo de uno de ellos daría paso a un mundo en el que se impondría sin discusión la hegemonía del vencedor, junto con las normas de organización socio-económica que le eran propias. Es claro que venció el Bloque Occidental y muchos saludaron como insoslayable el triunfo de la economía de mercado y del sistema político denominado democracia parlamentaria.

En Occidente se ha dado por hecho que nuestro sistema era norma de obligado cumplimiento para el resto del mundo, sin que nos hayamos apercibido del recelo con que era contemplada esta pretensión. El motivo, el aspecto agresivo que no ha dejado de tener en ningún momento el mundo Occidental frente a otras civilizaciones, apenas contenido durante medio siglo por la presencia de la U.R.S.S. como superpotencia. El hecho es que la hegemonía occidental está siendo cuestionada en diversas áreas de la Tierra. Potencias con una impresionante capacidad demográfica y productiva se están configurando en China, la India...., mientras el Mundo islámico se encuentra en ebullición. Éste parece débil por desestructurado; pero muestra una capacidad desestabilizadora ­para el Orden Mundial Occidental- que sería insensato desdeñar.

El liderazgo norteamericano busca imponer una estrategia que permita el control de los recursos energéticos a nivel mundial; pero al mismo tiempo el dominio de posiciones fundamentales con el fin de vigilar los posibles escenarios de futuras rebeliones contra la hegemonía americana o de conflictos abiertos con superpotencias emergentes. Las dos circunstancias se dan en el Continente asiático.

Por lo que se refiere a Irak, la victoria americana está cantada; en modo alguno el triunfo a medio plazo. No ya la población iraquí, sino el Mundo árabe y musulmán se opondrán al intento de sojuzgar a una parte de ellos, que, a la postre, quiere ser la imagen del sometimiento que se pretende imponer al conjunto de ese Mundo. U.S.A. corre el riesgo de sobrevalorar su potencia, como en otras épocas históricas lo hicieron otros grandes imperios; España con Flandes y Europa, Napoleón... Por el momento el ejército americano no controla Afganistán. A medio plazo puede encontrarse en este escenario con un conflicto abierto ­rebelión generalizada de los afganos- que haga peligrar el punto de apoyo más importante de su estrategia en Asia; El escenario de Mesopotamia abrirá un nuevo frente y absorberá importantes esfuerzos. Es posible la constitución de una alianza antiamericana de potencias regionales, temerosas de ser las siguientes víctimas de los intrusos. A esta alianza pueden verse arrastrados Estados amigos -Egipto, Arabia- cuyas poblaciones sientan la solidaridad cultural y de creencias, identificados con sus hermanos agredidos por el satán occidental.

Todo este conjunto de circunstancias puede ayudar a explicar las reticencias de las potencias europeas líderes -Alemania y Francia- igualmente conscientes del rechazo a la agresión contra Irak que existe en la población europea. George Bush ha sido torpe a la hora de justificar la aventura del Golfo. Se aprecia una obstinación en su propuesta poco presentable y tampoco se comprende la necesidad de una aventura bélica en unas sociedades que todavía tienen memoria histórica, conocedores como son de los riesgos y calamidades de guerras recientes y lejanas. Aquí aparecen los síntomas preocupantes de la coyuntura. Norteamérica está viendo cuestionado su liderazgo en el Mundo occidental. La ruptura que amenaza surgir en éste, es resultado de la prepotencia de Bush, al parecer decidido a que se reconozca la hegemonía americana. Los dirigentes estadounidenses actúan sin tomar en cuenta el potencial humano y producción creciente que se ha generado en el conjunto de Asia. En el caso de que sean conscientes de tal realidad, podrían estar pensando en contener el desarrollo del mismo. A este objetivo respondería una actuación preventiva, que permitiera a América el control del citado territorio, especialmente por lo que se refiere a las reservas energéticas, que a medio plazo podrían quedar al alcance de las potencias emergentes asiáticas. Todos los comentaristas coinciden en que este es el motivo que mueve a la estrategia americana en el momento presente. Asia en modo alguno constituye hoy en día un área marginal del Mundo, como pueden serlo América del Sur o África.

Planteemos, no obstante, el futuro, aunque parezca arriesgado. Los estrategas, aunque sean Napoleón, son los peores previsores del futuro ­peores incluso que los economistas-. A los mejores les sale bien la primera batalla, pero nunca han acertado como transcurrirá una guerra, cuánto va a durar y el coste de la misma en vidas humanas y recursos materiales. Nadie puede estar seguro de que la derrota de Irak y desplazamiento de Sadam Hussein traiga el final del conflicto. A veces las victorias fáciles son preludio de las más terribles derrotas; Napoleón y Hitler son la prueba. La actitud segura de éstos desencadenó procesos bélicos que supusieron las más profundas transformaciones de los escenarios en que intervinieron. En el caso de Irak, con la intervención americana subirá la tensión en un área ya muy tensionada y convertirá en un polvorín el territorio desde Egipto a Pakistán. El interés estratégico y económico del escenario llevará a la intervención de otras potencias ­China entre ellas-, y América ­ tal vez también el conjunto de occidente-. Todos pueden verse abocados a un enfrentamiento generalizado, generado en última instancia por la negativa a reconocer que el Mundo es una realidad más compleja que como la contemplamos desde Occidente.

¿Qué va a suceder a medio plazo? Destrucciones masivas, seguro. Sin embargo deberíamos pensar en la posibilidad de modificaciones profundas en la relación de fuerzas estratégicas actual y el cambio del panorama mundial. Puede que nos encontremos ante el inicio de un proceso de cambio ­consecuencia de la perspectiva de una guerra larga y mundial- que destruya, o desgaste, el poder hegemónico de Occidente y surja un nuevo orden mundial del que formen parte fundamental otras zonas emergentes. Sería terrible, que por el empecinamiento nuestro en mantener el dominio del Mundo y la negativa a reconocer que deben aparecer otros centros del poder, la realidad nos pusiera a los occidentales en nuestro sitio a través de una espantosa guerra.

2003 Febrero