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Gobernar
no es asfaltar
Mikel
Sorauren de Gracia. Historiador.
En esta
España que nos ha tocado sufrir, la forma de gobierno más corriente
ha sido la Dictadura intermitente.
En la
década de 1920 correspondió el mando en plaza -y en el resto-
al Excmº. Don Miguel Primo de Rivera. El citado tuvo una inclinación
enfermiza por cubrir con asfalto los tradicionales caminos de
herradura que unían las provincias con la capital de la Monarquía,
reduciendo el buen gobierno a su trabajo de caminero mayor
del Reyno. Por supuesto, siempre hacía las cosas bien y
no era amigo -tampoco- de que se cuestionase su bien-hacer.
Los plumillas de la época se las ingeniaban para la crítica
En cierta ocasión un diario de los de entonces diseminó a lo
largo de sus paginas, a modo de separador de párrafos, la expresión
...gobernar, no es asfaltar... .
Sus sucesores
actuales por lo civil, como lo es al presente Don José Maria
Aznar, han reconvertido la pasión por el asfalto en querencia
por el hormigón -betún que dicen los franceses- y se encuentran
empeñados, y lo consiguen habitualmente, en poner paredes al
campo, como la presa de Itoiz, seccionar el campo mismo con
las estructuras viarias y convertir el subsuelo urbano en un
emmental suizo, saturado de aparcamientos, sin ninguna consideración
por los restos artísticos y arqueológicos. A los actuales gobernantes
-y lo mismo cabe decir de Felipe González- se les llena la boca
con la expresión visión de Estado. En realidad ésta se
concreta en potenciar la acumulación de las grandes empresas,
con aspiraciones a multinacionales, mediante la concentración
empresarial; aprovechando las concesiones de grandes obras públicas
y operaciones de especulación financieras.
En el
terreno propagandístico se proclama la unidad de España bajo
el nuevo orden democrático. A este nuevo orden se opone
E.T.A. y -en general- el Nacionalismo vasco etnicista.
El sistema ha hecho bandera de la lucha anti-terrorista,
aprovechando la indignación justificada que produce en la ciudadanía
la pertinacia de tal organización en atentar contra bienes materiales
y vidas humanas. Esta circunstancia lleva a los gobernantes
a justificar la represión sobre el conjunto de la izquierda
abertzale, a hostigar permanentemente al nacionalismo moderado
y a imponer una manera de ver la realidad uniforme; calificándose
de traidor y desleal a quien disiente.
Es el
mismo poder nacido de la violencia franquista el que decide
quién es víctima y quién no merece serlo, atendiendo a la peculiar
percepción que los gobernantes tienen de quienes han sido objeto
de violencia y reconociendo únicamente este carácter a los que
considera que son muertos suyos. En este sentido, siguen
ignorando todas las víctimas de la represión a partir de la
desaparición del Dictador Franco porque, en definitiva, no pueden
ocultar que son sus albaceas testamentarios y que han impuesto
lo que denominan Democracia mediante la violencia y el
amedrentamiento de una sociedad que ansiaba la tranquilidad
y el progreso material.
Nada
se ha opuesto, y opone, a las pretensiones del poder tanto como
las aspiraciones soberanistas de Euskal-Herria -Navarra-; de
ahí el reduccionismo tan ramplón al que han llegado en su visión
de Estado. Aznar recuerda por su manera de dirigir el Estado
a un hijo de papa a quien han regalado un potente coche
nuevo. El niño pijo se ha sentido satisfecho al volante,
apretando el acelerador a tope, cuando le ha tocado marchar
por una autopista nueva, amplia y sin dificultades... Ha llegado
a pensar que era mérito suyo y exclamado ...España va bien;
la economía va bien... Cuando la autopista ha terminado
y toca marchar por un carretil de tercera, mal asfaltado, con
curvas y fuerte pendiente, se ha comportado como el conductor
altivo e incompetente que es. Ya no funciona el flamante coche,
que ha averiado su ignorancia, y recurre sin mala conciencia
a las disculpas de los malos conductores. Él ha actuado como
debía... Los demás son unos oportunistas al criticarle... Nadie
era capaz de resolver los problemas que se le han presentado
en la conducción...
Lo que
queda patente en esta manera de actuar es la falta de perspectiva
de Estado de los gobernantes de la democracia española.
Todos ellos -los presentes y sus antecesores- defienden la necesidad
de estructurar un Estado potente y unificado, como garantía
para hacer frente, con mayor eficacia, a los retos planteados
por el mundo actual de la globalización. La unidad de las Comunidades
autónomas, bajo la dirección del Gobierno del Estado, permite
una mayor acumulación de medios. El uso racional de los mismos
posibilita el alcance de objetivos más amplios en beneficio
del conjunto, en modo alguno alcanzables -se afirma- con la
dispersión de fuerzas que supondría la fragmentación del actual
Estado español... De ahí lo pernicioso del Nacionalismo vasco
que pone en riesgo este proyecto colectivo.
Todo
palabrería de charlatanes, porque no se pretende otra finalidad
con el conjunto de estos recursos que conceder mayores facilidades
a los grupos sociales y colectivos que controlan los procesos
de concentración financiera que tienen lugar en el Estado. A
decir verdad se descuida olímpicamente una planificación del
Estado que plantee la potenciación del espacio y colectividades
del territorio en su conjunto. Se ha descuidado totalmente la
atención de los recursos tradicionales y su renovación con la
mirada puesta en que siguieran siendo viables y competitivos.
Agricultura, pesca, sectores cooperativos artesanales e industriales;
en los que una adecuada inversión en I + D habría permitido
modificaciones estructurales de las bases económicas que fomentarían
un crecimiento sostenido, diversificación y organización territorial.
Tales estructuras se encontrarían en mejor disposición para
hacer frente a las crisis. Todos estos aspectos se han descuidado,
con el pretexto de que no resultaba rentable la renovación de
las bases económicas previas. Únicamente se ha prestado atención
a las operaciones de especulación; operaciones que han permitido
los grandes fraudes, pagados siempre por el conjunto de la ciudadanía,
con alto precio financiero y traumático coste social.
Todo
lo que precede lo ha puesto de manifiesto, desgraciadamente,
la situación creada por el Prestige. A pesar de existir
medios técnicos sobrados; a pesar del alto riesgo que existía
de que sucediese una situación de esta índole -situación que
en ningún caso era novedosa en Galicia-, el Gobierno español,
el Estado, carecía de plan y medios para hacer frente a la misma.
Barcos especializados de otros Estados han abordado el problema,
mientras el Gobierno español se ha mostrado incapaz de actuar.
Al final ha sido la sociedad civil quien ha hecho frente a la
situación. Los propios afectados y el voluntariado.
La lección
es clara ¿Qué utilidad tiene un Estado que no puede responder
a un problema que afecta tan brutalmente a los recursos materiales
de tantas colectividades? ¿Cuáles son los verdaderos objetivos
de este Estado; el conjunto de la ciudadanía que forma parte
de él, o quizás solamente determinados grupos y comunidades,
que se benefician de una real centralización por encima de la
cacareada estructura autonómica del mismo?
En definitiva,
gobernar no es asfaltar..., ni dejar que el chapapote
se adueñe del mar.
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