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Nabarralde | Nabarra Papers
¿Es
Navarra una nación?
Mikel
Sorauren. Historiador
El
hecho en sí de que se plantee la cuestión que va por
enunciado de este escrito, trae a la superficie una preocupación
que agita a nuestra colectividad al respecto, colectividad que se
percibe diferenciada de otras entidades humanas que se consideran
nación. Bien es cierto que tal percepción aparece confusa,
porque los avatares históricos han llevado a Navarra, entidad
política que se configuró mediante la organización
de un Estado, a quedar sometida a otro Estado ajeno a ella que pretende
reducirla a una parte constitutiva del mismo.
La
percepción de Navarra por parte de quienes se consideran navarros
es confusa. Todos afirman la especifidad, pero la dirigen a un referente
distinto y encontrado. Navarra es para unos una región española,
irrenunciable y con personalidad inasimilable, para otros una parte
de Euskal Herria y, finalmente, con un planteamiento más coherente,
es la expresión política de esa Euskal Herria a través
de la Historia; Estado que han destruido los otros dos que se han
repartido su territorio: España y Francia.
Intentar
demostrar lo que aquí se afirma es tarea difícil; no
por la falta de argumentos históricos, sino por las convicciones
previas y estructuras mentales, a las que ha dado forma en muchas
individualidades la educación. La historiografía española
tradicional no ve a España como consecuencia de avatares casuales,
auténticas carambolas históricas, sino que pretende
que es el resultado de un magma de realidades humanas y físicas
a las que ha dado forma el paso del tiempo, hasta alcanzar la incontrovertible
realidad actual. Por desgracia esta concepción de la Historia,
de viejo manual, conserva sus partidarios. Los relatos de conquistas
y derrotas, tal y como las ven los autores de las antiguas crónicas,
inclinados a ensalzar las hazañas de sus protagonistas y con
una intencionalidad reivindicadora muy tendenciosa, ocultan la realidad
humana y política de los territorios a los que se refieren.
Por
lo que a Euskal Herria toca, todavía hay quien otorga veracidad
a las crónicas de visigodos y asturianos, cuando éstas
se refieren a los vascos. Las mismas han sido puestas en evidencia
en su pretenciosa dominación de los vascones por la crítica
moderna. Basarse en esta documentación a la hora de reconstruir
la Historia de Navarra denota ingenuidad de principiante. Por lo demás,
el hecho humano y cultural vasco es el ùnico en toda la Península
y costa atlántica hasta la desembocadura del Garona, que presenta
una continuidad desde el Paleolítico superior. Realidad humana
e histórica esta de la que dejan constancia las propias crónicas
visigodas y asturianas, al igual que las francas y las cordobesas.
Todas ellas hacen incontestable la realidad política de los
vascos, a quienes esas mismas crónicas se obstinan en negar.
El
hecho es que el conjunto de los territorios que constituyen Euskal
Herria, si se exceptúan los que quedaron bajo dominio musulmán,
cuando hacen acto de presencia en la documentación de manera
diáfana, forman parte del Reino de Pamplona, nombre primero
del Estado vasco. Cualquier pretensión de dominio de territorios
vascos por parte de asturianos, incluso por el conde de Castilla,
se encuentra envuelto en la oscuridad de confusas noticias, que parecen
reflejar en mayor medida aspiraciones que realidades. A Sancho el
Mayor se le califica por parte de cronistas cordobeses como señor
de los vascos. La realidad humana de este territorio constituye el
factor decisivo de su desarrollo histórico. Vascones, vascos,
vascongados..., son expresiones que se refieren a una única
realidad que se resiste a ser reducida a elucubraciones eruditas,
porque ante todo reflejan lo incontestable de esa misma realidad,
cultural, social y mucho más, que siente la necesidad de crear
su propia organización política, su Estado. Este buscará
salvaguardar precisamente esas características que entidades
políticas ajenas pretenden hacer suyas.
Navarra
es ese Estado, esa nación. La realidad humana que se da en
torno al Pirineo desde la Prehistoria ha podido llegar a nuestros
días porque ha sido salvaguardada por tal Estado. Al contrario,
la entidad de los territorios circundantes, semejantes en origen,
ha quedado diluida como consecuencia de la actuación de las
entidades estatales que se impusieron en los mismos desde el inicio.
Navarra no surge como resultado de la desagregación feudal
que afecta a los Estados creados por los germanos en el Occidente
europeo, sino por la dinámica que lleva a la sociedad vasca
a defender la libertad propia.
Se
argüirá que Navarra fracasó en este intento. En
cierta medida, sí. España y Francia desgajaron el territorio
en diferentes fases; conquista de los territorios occidentales, conquista
de la denominada alta Navarra, incorporación forzosa de Iparralde...
A pesar de todo, los diversos territorios seguirán conservando
parcelas de soberanía originaria que no está el conservarlas
en la mente de los conquistadores. Estos llegarán a anular
esos residuos o reducirlos a la mınima expresión, representados
hoy por las competencias en materia fiscal que el Estado español
se ve obligado a reconocer a las instituciones actuales del país.
A
este estado de cosas se ha llegado mediante la imposición violenta
de los estados dominadores; primero a través de la fuerza militar,
luego por la violencia política. En ningún caso puede
hablarse de voluntad de integración por parte de los vascos;
por el contrario, la resistencia ha ocasionado un conflicto permanente
que ha alcanzado los tiempos actuales. En un afán por ignorar
esta realidad, se intenta desviar la atención de la cuestión
principal, como es el hecho indiscutible de la existencia de una nación
vasca, a la que ha dado forma Navarra, entendida ésta en su
auténtica dimensión, muy diferente de la Navarra residual,
provincia española. Se discute la unidad histórica vasca,
o el rechazo de la dominación española. Son todos fuegos
de artificio ante lo incontrovertible de la resistencia. El denominado
«conflicto vasco» no tiene otra causa que la persistencia
de los estados español y francés en mantener su dominación
sobre otro Estado, el vasco, que jamás ha renunciado a serlo.
Con
estas bases es posible afrontar en las coordenadas correctas la cuestión
de la nacionalidad Navarra. Para que se dé el hecho nacional
se hacen precisas una serie de condiciones de tipo humano, cultural
y territorial que permitan la configuración de un Estado. Estas
son unas condiciones históricas, en las que aparece de un modo
permanente la conciencia colectiva de que se cuenta con una especifidad
nacional diferenciada, con independencia de que las circunstancias
históricas hayan ocasionado la pérdida de esa independencia
de manera temporal. El hecho nacional ha de ir aparejado necesariamente
con la exigencia de un Estado que formalice la soberanía. En
el caso de Navarra se dan históricamente todas estas circunstancias.
La reclamación de Navarra como nación no puede concluir
en el sometimiento a otro Estado, ni en la aceptación de su
ley fundamental, por ejemplo, la Constitución española.
Esto es más cierto, si se tiene en cuenta que España
es el agente fundamental que en mayor medida ha contribuido a destruir
la territorialidad e instituciones de Navarra. Estas no podrán
ser reconstruidas sino cuando dejen de ejercer presión sobre
ellas los estados español y francés, permitiendo dar
vuelta al proceso histórico por el que se ha llegado a la anulación
del Estado vasco.
Algunos,
en un afán de encontrar una solución al conflicto que
les convulsiona, porque pretenden que la provincia de Navarra tenga
la más alta consideración dentro del Estado de las autonomías,
pero sin ningún proyecto que rebase los límites de éste,
reclaman para Navarra la condición de «Nación».
Los tales no tienen en cuenta que la Constitución española
no reconoce sino las nacionalidades, término conceptualmente
hablando equivalente a las regiones tradicionales. La consideración
de un territorio del Estado espaol como nacionalidad o región
no dependerá nunca del territorio mismo, sino del carácter
de la Constitución española del momento. Hoy Navarra
podrá ser una nacionalidad, ayer fue una provincia. Afirmar
que Navarra es una nación y aceptar la Constitución
española, aunque sea la del 78, constituye una incoherencia.
Afirmar que la Historia de Navarra pone de relieve que ésta
es una nación y «demostrar» que es España,
es una frivolidad.
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