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Más que banderas
Amaia Arrieta (Iruñea)
Las polémicas y disquisiciones sobre la legitimidad y representatividad
de los símbolos son, habitualmente, poco edificantes. Algunos
dirían incluso estériles en comparación con cuestiones de calado
social o económico que, éstas sí, influyen directamente en lo
cotidiano de cada individuo. Sin embargo, no podemos obviar que
toda nuestra vida está rodeada de símbolos con los que consciente
o inconscientemente nos identificamos.
Símbolos
Un trapo más o menos coloreado es, ante todo, un símbolo más;
como puede serlo el piercing, determinado peinado, el tipo de
ropa que usamos o la camiseta de nuestro equipo de fútbol. La
diferencia, sustancial por otra parte, estriba en que los escudos
y banderas han ido asumiendo durante la historia el cometido de
representación colectiva política por antonomasia. Las enseñas
representan colectividades que comparten características de diverso
tipo, o se sienten unidas por intereses comunes.
Los símbolos que han representado a los habitantes de este país
(wasconia, vasconia, Reino de Pamplona, Reino de Navarra, Euskal
Herria, Pays Basque… Navarra al fin y al cabo), no han sido muchos;
y no lo han sido porque en pocas ocasiones han tenido todos sus
habitantes de forma constante una estructura política con la cual
se identificaran de forma continuada durante largos períodos.
Ello no quiere decir que no haya existido dicha estructura para
todo el país en diversos momentos históricos, que sí, o para partes
del mismo continuadamente, que también (nos referimos, naturalmente,
al Reino de Navarra). El único elemento que aglutina desde tiempos
inmemoriales a los habitantes de este convulso pedazo de tierra
es su idioma. Y el idioma es más que un símbolo. Es la plasmación
de su cosmogonía. Bien es cierto que ese elemento tampoco ha permanecido
invariable en lo geográfico, ya que, como ocurre con todas las
culturas y lenguas, éstas sobreviven, se extienden, encogen o
mueren en función de vicisitudes históricas de todo tipo.
Banderas
El Gobierno acaba de presentar su propuesta sobre el uso institucional
de las banderas en la Comunidad Foral, en el que se considera
ilógico que la bandera inventada por los Arana-Goiri cuelgue de
los mástiles de algunos ayuntamientos. Esta actitud es perfectamente
coherente con sus postulados políticos y los de su partido, aunque
peca de irrespetuosa con la sensibilidad mayoritaria de los habitantes
de los municipios en cuestión. Por otra parte, pese a querer vestir
con el aura de la defensa de los símbolos de Navarra la propuesta,
es evidente que de lo que se trata es de que no se ponga la ikurriña
pero sí la española. No olvidemos que la opción política en el
gobierno ha disfrazado siempre su acendrado espíritu rojigualda
bajo una tan cuidada como falsa imagen navarrista. No hay más
que observar su actitud servil ante los recortes a nuestros paupérrimos
restos de soberanía para llegar a la conclusión de que quienes
ostentan el poder autonómico permitido por Madrid son herederos
ideológicos directos de quienes apoyaron la conquista a sangre
y fuego hace poco menos de 500 años.
Pero el tema da para más. Desde que Luis Arana-Goiri afirmara
que "imponer la bizkaitarra a todo el país sería un delito de
lesa patria" (pronto saldrá a la luz una publicación que recogerá
las vicisitudes de las banderas de los Arana-Goiri dentro de un
repaso a la evolución de la bandera de Navarra), ningún independentista
que haya puesto en cuestión la virtualidad del símbolo bicrucífero
para representar a todos los vascos ha tenido éxito hasta la fecha.
Sin embargo, no cabe ya duda de que el éxito fulminante de la
ikurriña en buena parte del país no ha arraigado en su conjunto.
La razón, muy probablemente, no se basa en el propio símbolo,
sino en el discurso al que representa. El aranismo ha sido el
núcleo discursivo sobre el que se han desarrollado las alternativas
políticas de corte autonomista e incluso independentista durante
el pasado siglo XX. La ikurriña es el símbolo propuesto por ese
discurso para representar al país que desea "CONSTRUIR".
Planteamientos políticos
En ese verbo, construir, descansa, creemos, buena parte de la
incapacidad del discurso nacionalista no español. El generalmente
llamado "nacionalismo vasco", que en realidad no es sino el desarrollo
de las más que discutibles bases históricas, culturales, étnicas
y lingüísticas aportadas por el aranismo, plantea la construcción
de una entidad política nueva, cuya referencia histórica fundamental
es la pérdida de poder sufrida por los diversos territorios que
reclama (al sur de los pirineos), a partir del siglo XIX. Pero
considera pecata minuta que dicho poder se ejerciera bajo el manto
de otra unidad política; en este caso España. Siguiendo con dicha
argumentación, la reivindicación aranista no hubiera surgido en
el caso de que España hubiera respetado el estatus jurídico que
ostentaban dichos territorios a principios del siglo XIX. Evidentemente,
el aranismo aporta otra serie de ideas fuerza que pueden ser consideradas
de igual o mayor calado que la simple referencialidad histórica:
étnia (raza) y lengua, fundamentalmente.
El discurso ha tenido gran arraigo, decíamos, en buena parte
del país durante los últimos 100 años, y con él su símbolo, la
ikurriña. No obstante, los resultados políticos están a la vista.
Para algunos -no hay más que leer los periódicos-, han sido positivos.
Para otros -y este es nuestro caso-, han llevado al país a uno
de los períodos de división interna más amargos. Con el debido
respeto, el discurso aranista y, consiguientemente, el de las
diversas ramas políticas desarrolladas a partir del mismo, no
ofrecen el corpus preciso para aglutinar en la senda de la recuperación
de la libertad a la mayoría de los territorios y ciudadanos del
país. Y no lo ofrece porque: 1) no ha sido capaz de asumir las
referencias históricas que permiten argumentar legítimamente en
favor de la recuperación de la soberanía, de la RECONSTRUCCIÓN
nacional del Estado de los vascos, del Estado europeo de Navarra;
2) porque su marcado etnicismo no ha tenido en consideración las
múltiples, variadas, aculturizadoras y/o enriquecedoras aportaciones
que desde el exterior han ido dando forma a las poblaciones de
los territorios más desvasconizados (en el sentido étnico, cultural
y lingüístico del término), y 3) porque no ha tenido en consideración
que la estructura política de la que en el siglo VIII-IX se dotaron
los éuskaros, Reino de Pamplona-Navarra, en caso de no haber sido
conquistada y dominada, y una vez constituida en Estado-Nación
moderno, hubiera tenido en sus manos los instrumentos políticos,
institucionales y administrativos necesarios para salvaguardar
las características propias de sus pobladores. Y a nadie se le
escapa, tal y como ya apuntaba la corte de nuestros últimos monarcas,
que esa estructura política habría apuntalado la idiosincrasia
cultural de los vascones como característica que le permitiera
mostrar su singularidad frente a otros Estados-Nación más grandes
y poderosos, que hicieron precisamente eso -¡y cómo!-.
Somos étnicamente descendientes de los vascones; de su relación
con celtas, romanos, godos, árabes, judíos, francos y castellanos
hasta hace 200 años. Somos descendientes de españoles y franceses
que en estas tierras se han asentado fundamentalmente en los últimos
150 años; y seremos descendientes de sudamericanos, subsaharianos
y magrebíes que ya están con nosotros. Debemos ofrecer una alternativa
real y atractiva para todos. Una alternativa que ilusione en lo
social y económico, que aglutine en lo político, y que garantice
en lo cultural y lingüístico la pervivencia de esa cosmogonía
de la que antes hablábamos. Cosmogonía que, como nos demuestra
la evolución de nuestra lengua, se va enriqueciendo con las aportaciones
que nos llegan.
Hemos ido bastante más allá de las telas de colores. Y no quisiéramos
terminar sin osar hacer una propuesta, que creemos a todas luces
conveniente en lo simbólico, para un devenir fructífero de cara
a la consecución de nuestra propia entidad política: la bizkaitarra,
la ikurriña, no da más de sí. Y no ha dado lo suficiente como
para representar las ansias de libertad del conjunto del país.
La culpa, repetimos, no es de la tela, sino del discurso al que
ha representado y representa. Ese discurso y esa bandera han tenido
100 años de preeminencia entre quienes han apostado por la creación
de una nueva entidad política para este pueblo. Es más que suficiente
para llegar a la conclusión de que no valen.
Se confundieron quienes ignoraron al viejo e hibernado Estado
de los vascos. El día que este pueblo recupere la conciencia de
su identidad política navarra, pisoteada por la fuerza de las
armas con la inestimable ayuda de buena parte de sus habitantes,
ese día nos daremos cuenta del tiempo perdido. Para entonces,
como dice el presidente Miguel Sanz, las ikurriñas ya habrán desaparecido
de las fachadas de nuestros ayuntamientos (de Villava, Laguardia,
Gernika, Hernani, Mauleon, San Juan de Pie de Puerto o Anglet),
y ese día ondeará la bandera de Navarra, la del Viejo Reino Pirenaico,
la del Estado europeo de Navarra. Pero no olvidemos que entonces,
por fin, tampoco ondearán ni la rojigualda española ni la tricolor
francesa.
Será la víspera de la independencia.
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