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Nabarralde | Nabarra Papers

La reconstrucción nacional

Jon Urrujulegi

El 12 de setiembre de 1988 se firma el Acuerdo de Lizarra, como fruto de una labor de consenso, que crea grandes expectativas de cara a la normalización política en Euskal Herria. Un mes más tarde, Aznar lo califica como «una burla para la sociedad vasca».

El 17 de setiembre del mismo año, ETA declara en su comunicado una tregua unilateral e indefinida, manifestando explícitamente que desde ese momento «su deseo es que los acontecimientos futuros puedan determinar el carácter definitivo de esta suspensión». Los acontecimientos futuros debían plasmarse en una declaración por parte del Estado español de la aceptación de la democracia vasca. Mayor Oreja habla de tregua-trampa.

Al inicio de este proceso democrático vasco, los firmantes del Acuerdo de Lizarra con su voluntad de sintetizar el contenido del mismo, adoptan como expresión más característica, la de «construcción nacional». Además de la labor diaria de los amplios sectores populares acordes con el nuevo preceso democrático, la construcción nacional debía materializarse en la creación del ámbito vasco de decisión y en el reconocimiento por parte del Gobierno de Madrid del ejercicio del Derecho de Autodeterminación. De todos es conocida la respuesta hipernacionalista española que el Gobierno de Madrid, en total consenso con el PSOE, dio a la gran iniciativa de ETA, negándose rotundamente a iniciar serias negociaciones bilaterales. Su actuación ha consistido, lamentablemente, en redoblar, si cabe, sus esfuerzos contra la organización armada de liberación nacional vasca.

Sin embargo y como otros muchos, pienso que la «construcción nacional» como expresión actual, siendo muy plausible por la intención que conlleva, no es afortunada y que debería sustituirse sistematicamente por la de «reconstrucción nacional». Y la alternativa no es cuestión baladí.

La personalidad nacional de Euskal Herria es innegable. Con diferentes denominaciones, Euskal Herria ha estado poblado por diversos grupos humanos: vascones, várdulos, caristios, autrigones, berones... En tiempos de la dominación romana, los vascones ocupaban un amplio territorio cuyos linderos eran «al Norte el Pirineo y al Este una línea que arranca en el Pirineo bastante más a Oriente que la ciudad de Jaca, y pasando entre ésta y Huesca, terminaba al otro lado del Ebro, cerca de donde este río recibe las aguas del Jalón». Al Ebro se le llamaba en el siglo III «río de los vascones». En el ámbito circumpirenaico, pues, nadie pone en duda que el verdadero protagonismo en el periodo de los siglos V a VII, lo tuvo «un colectivo humano conocido desde antiguo en las fuentes escritas de la época romana, que alcanzará en este periodo una relevancia notable, los vascones». Se puede leer en La Navarra Marítima (Pamiela, 1998) que los vascones estuvieron más tarde presentes en lugares tan distantes entre sí como las riberas del Garona, incluso más al norte».

De la resistencia de los vascones a los visigodos y a los francos, surgió el Reino de Pamplona. Siguiendo a la misma fuente, vemos que fueron los francos quienes, para distinguir a los vascones plenamente independizados de los dominados por ellos, comenzaron a llamar a los primeros navarros. Así, conforme se iba ampliando el territorio vascón libre, se iba extendiendo la denominación navarro. En cambio, para los visigodos, que no dominaron establemente a los vascones, el nombre fue el mismo.

Pasado el poder de los Aritza a los Semenones, éstos y en especial Sancho Garcés (905-926) recuperaron de los musulmanes las antiguas tierras vasconas de Viguera, Albelda, Calahorra y Nájera. Con este rey el Reino de Pamplona llegó a su mayor apogeo.

A partir de 1162 se impone, tanto en los documentos de la Chancillería navarra como en los de los demás poderes soberanos (Papado y demás reinos), únicamente la denominación de Navarra para referirse al conjunto de los territorios que formaban el Reino (Iruñea, Araba, Bizkaia, Gipuzkoa, Errioxa y Tutera). Navarra era, pues, un Reino europeo.

Así podemos hablar sobre el Derecho Navarro o sobre la singularidad del Derecho Pirenaico en contraposición al Derecho Germánico. El sentimiento étnico germánico se sustentaba en los vínculos personales y gentilicios con el jefe, que eran de índole privada. En el Derecho pirenaico, el apelativo «vascones» hace referencia a un sentimiento de pueblo, a la pertenencia de todos y a la defensa de los intereses de la colectividad. Este concepto de pueblo se desarrolla, pues, en el ámbito del Derecho público y el germánico en el Derecho privado. El Derecho Pirenaico, «ceñido a la Cordillera Pirenaica y extendiéndose hasta el río Garona y hasta el Ebro, por encima de las actuales mugas estatales, regionales y provinciales, coincide con una cultura, con un pueblo, con unas lenguas propias del país». El derecho navarro fue precisamente “donde el sistema jurídico pirenaico llegó a su mayor plenitud, porque conformó el sistema completo de un Estado propio». Acuñamos moneda en Jaca, en Pamplona.

El respeto a nuestra historia nacional, tantas veces manipulada, tergiversada, sustituida por los conquistadores castellanos y sus actuales herederos, y reconociendo el Estado que fuimos sustentado en el sistema jurídico navarro, requiere que el discurso actual recupere la expresión de «reconstrucción nacional». Esta reconstrucción nacional y social debe conllevar centros de poder propios, espacio económico propio, capacidad juducial y policial propia, cultura y educación incluidas escuelas infantiles hasta la Universidad. Pienso que ya ha llegado la hora de tomar decisiones políticas contundentes. Nos hallamos ante una situación límite. El estado es negociable, la nación vasca es innegociable.La democracia no tiene que estar legitimada sólo por las mayorías, también por las libertades. El PNV debe abandonar su ambigüedad y decantarse de una vez para siempre ante la urgente solución a nuestro problema nacional. Necesitamos plena soberanía para ser. Decía Ardanza en el Club Siglo XXI en 1994 ante la presencia y aplausos de Xabier Arzalluz.: "No vengo a reclamar la independencia de Euskadi, sino a hacer renuncia expresa de ella". Mientras perviva la violencia estructural, omnímoda y omnipresente, que por secular e interiorizada no es menos violencia -seamos sinceros y coherentes-, el pueblo vasco no puede ni debe renunciar a ningún instrumento de lucha en tanto no se sientan las bases para la solución negociada del contencioso, hasta que no se acuerden los soportes para una futura reconstrucción nacional.

2000-01