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La ikurriña de Leitza y la "subversio armorum"

Joseba Asiron Saez

En fechas pasadas ha sido noticia el ultimátum que el Gobierno de UPN ha enviado a varios ayuntamientos navarros, entre ellos el de Leitza, conminándoles a retirar la ikurriña de sus respectivos balcones consistoriales. Al margen de las consideraciones de tipo administrativo que de ello pudieran derivarse, como el evidentísimo y feroz sometimiento de los poderes municipales a la voluntad central del gobierno, creo que este hecho admite además otro tipo de reflexiones de mayor calado.

1. Un interesante apunte histórico.
Me voy a permitir comenzar con un suceso histórico ciertamente curioso, aunque seguramente desconocido para la gran mayoría de los navarros a los que, entre otras tantas cosas, nos han secuestrado hasta la propia historia. Creo que viene a cuento, y que tiene una especial significación en esta época de guerras de banderas.

Cuando en mayo de 1521 el rey Enrique de Albret intentó reconquistar el reino de Navarra, que en 1512 habían tomado por la fuerza los soldados del Duque de Alba, el reino se alzó en armas contra los castellanos, que en no pocos sitios fueron desarmados, apresados o muertos. En ese contexto violento, los sangüesinos vencieron en el puente de Yesa a una tropa castellana, a quienes arrebataron armas y estandartes. En la celebración de su victoria, pasearon la bandera de Castilla por las calles de Sangüesa, vuelta del revés, es decir que practicaron la llamada "subversio armorum" con la enseña de los castellanos vencidos. Por los mismos días, los sublevados habitantes de Pamplona arrancaron los "escudos de España" (sic) del palacio del virrey y los tiraron al suelo. Es preciso aclarar que la "subversio armorum" o sea "reversar las armas", exhibir y dar la vuelta a los escudos y estandartes de los vencidos, era una antigua costumbre en los torneos y batallas medievales, y constituía la máxima humillación que se podía dar al adversario derrotado (Riquer, 1999). Sangüesinos y pamploneses supieron muy bien cómo vejar a los castellanos que les habían vencido 9 años antes, y pagarían muy cara su osadía poco después, cuando cambiaran las tornas tras la batalla de Noain (junio de 1521). Pero esa es ya otra historia, y remito a quien quiera conocerla al libro de Pedro Esarte (2001).

2. Guerra de banderas, una vez más.
Volviendo al presente y a sus miserias, creo que está muy claro que la reciente decisión de los miembros del gobierno navarro de retomar la ya manida guerra de las banderas en pleno calentamiento electoral demuestra, por si alguien tenía aún alguna duda, que la extrema derecha que nos gobierna ha encontrado su filón electoral en el aplastamiento sistemático de todo lo que huela a vasco en Navarra. No puede ser casualidad, una vez más, que hayan desempolvado este asunto precisamente en el momento actual, en el que cada noticia, cada comunicado y aún cada declaración pública se mide y se valora tan cuidadosamente.

Los miembros del partido regionalista hace ya tiempo que llegaron a la conclusión de que dar caña a los aspectos relacionados con la cultura vasca en Navarra les daba prestigio y buen nombre en ámbitos políticos muy queridos por ellos, al tiempo que, al parecer, les aseguraba una buena renta de votos para su cuenta corriente electoral. De este modo, ver cómo se da estopa al euskara, a las peñas y colectivos populares, al Olentzero, a los coros de Santa Águeda o a la ikurriña se ha convertido en algo habitual entre nosotros. Y, toda vez que "reversar" la bandera vasca por las calles de Leitza sería políticamente incorrecto incluso para ellos, intentan "reversar" a los propios abanderados, a los partidarios de la ikurriña, humillándolos en su mismísima casa.

En suma, que los mismos que en la Comunidad Autónoma Vasca se declaran ideológicamente perseguidos por la mayoría nacionalista, aplastan y machacan en Navarra a todo aquel que no comulgue con sus preceptos.

3. La democracia no es la dictadura de la mayoría
Volviendo al caso de Leitza, imagino que la ikurriña no ondeará en el balcón de la sede local de UPN, si es que la hay, ni en la casa-cuartel, ni en la delegación del gobierno si la hubiera habido, por la sencilla razón de que estas instituciones obedecen a otras voluntades, o a poderes de ámbito superior que no radican en la localidad. Pero da la casualidad de que el ayuntamiento de Leitza es la casa de los leitzarras, y en ella, a efectos de símbolos, no debería primar otra voluntad que la de los propios leitzarras, pues es a ellos a quien en realidad representa. El ayuntamiento de Leitza no es la delegación del Gobierno de Navarra en Leitza, sino más bien la expresión de la voluntad de los leitzarras en su propio pueblo.
Cuando el gobierno de UPN presiona, coacciona, chantajea y amenaza al ayuntamiento de Leitza y a los otros pueblos, nos da toda una lección de su concepción de la política. Confunden interesadamente "democracia" con "dictadura de la mayoría", persiguiendo tenazmente a las minorías, cuando la característica más valiosa de la democracia debería ser, precisamente, la del respeto escrupuloso por las minorías.

4. Ser vasco en Baiona, en Caracas o en Leitza.
Estoy absolutamente persuadido de que los leitzarras, como el resto de pueblos navarros que han decidido exhibir la ikurriña, no van a dejarse avasallar por los tics tardofranquistas de determinados políticos, y no van a retirar la enseña vasca de sus edificios representativos. Ellos sienten que la ikurriña forma parte de su bagaje cultural y político, y así lo quieren manifestar, con pleno derecho. Ojo, personalmente creo que la ikurriña vale exactamente lo mismo que la bandera de Navarra, tanto si ondea en Leitza como en Pamplona o en Hondarribia, donde por cierto cada vez se ven más banderas de Navarra. Ambas enseñas representan la esencia vasca de Navarra, de toda la Navarra histórica. Pero, dicho esto, afirmar que la ikurriña no debe ondear en ningún pueblo de Navarra porque es la bandera de otra comunidad autónoma, sólo puede obedecer a la ignorancia o a la mala fe. O, lo que es peor, a ambas cosas.

La ikurriña representa a una unidad cultural llamada Euskal Herria, que a estas alturas no necesita que ningún político de tres al cuarto venga a legitimar, puesto que ya los primeros geógrafos romanos describen sus usos, lenguaje y costumbres. Definitivamente, la enseña vasca es anterior a la creación de las autonomías, y por eso no sólo ondea en la Comunidad Autónoma Vasca, sino que también ondea en el llamado País Vasco-francés, y está presente en cualquier rincón del mundo en el que haya vascos, como puedan ser las Euskal Etxeak de Idaho, de Nevada o de Uruguay. Y debería poder ondear libremente en cualquier pueblo de Navarra cuyos habitantes así lo quisieran, sin mediar el permiso de estos demócratas de última hora. Sería ciertamente triste que los vascos navarros de París, Montevideo o Caracas pudieran hacer pública ostentación de su vasquidad haciendo ondear la ikurriña en sus edificios representativos, mientras que ni siquiera la voluntad mayoritaria de los leitzarras puede hacer ondear la ikurriña en su propio ayuntamiento.

5. Consideración final y resumen.
La clase política mayoritaria en Navarra ha diseñado una ley pensada ex profeso para colocar en situación de ilegalidad a toda ikurriña que ondee en los ayuntamientos navarros. Curiosa práctica democrática, consistente en amoldar las leyes a las posturas de partido. Y no es la primera vez que esto sucede, toda vez que también en el vergonzoso caso de Itoiz se creó una ley nueva que posibilitara un pantano que con la ley antigua en la mano habría sido absolutamente inviable. O sea, que si los planteamientos del partido son ilegales... se cambia la ley y punto.

El partido gobernante en Navarra, discípulo aventajado de sus patrones de la villa y corte, se ha apuntado a la consigna de moda: a ver quién la hace más gorda. Es la cultura del pelotazo mediático, donde todos los excesos, y no sólo los verbales, son válidos si dan votos.

Mucho más civilizados y correctos que en el siglo XVI, en esta Navarra de nuestros dolores ya no se arrancan escudos ni se arrastran por el barro las banderas del Duque de Alba. Los descendientes de tan aguerridos personajes agasajan y obsequian solícitos con grandes comidas y homenajes al futuro Duque de Aznar, riéndole todas sus gracias. Y el escudo que los pamploneses de 1521 arrancaron del palacio del virrey es seguramente el mismo que ha sido repuesto en la fachada remozada del antiquísimo edificio, al que han arrebatado su antiguo nombre, "Palacio Real", para pasar a llamarlo simplemente "Archivo de Navarra". Otra rueda de molino con la que atragantarnos.

Por concluir de manera concisa lo arriba expuesto, y para los aficionados a los mensajes directos, he aquí un resumen final. La guerra de las banderas que nos anuncian hoy renovada comenzó en Navarra en mayo de 1521, aunque en el presente asalto no es precisamente la bandera del conquistador la que vapulean y reversan. La terrible "subversio armorum" del medievo es practicada hoy de manera institucional, desde el propio gobierno navarro, adaptando sus formas a los nuevos tiempos. Y la bandera reversada es una enseña que no pretende sino representar los valores de la cultura euskaldun en Navarra.

Termino. Un antiguo slogan turístico de los años 70 rezaba "Navarra, tierra de contrastes". Y es que, efectivamente, en Navarra no han faltado nunca héroes y esforzados personajes, pero tampoco han escaseado los tramposos, renegados y vendepatrias.