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NAVARRA: TAN LEJOS, TAN CERCA

Erlantz Urtasun Antzano. Historiador

Lejanos valles pirenaicos al norte de Andorra pagaban impuestos a los reyes de Navarra tiempo después que las tropas castellanas se apoderaran de nuestra principal ciudad. Los papeles de tan desconocidos archivos recogen el número de monedas que enviaban los habitantes de aquellos pueblecitos para mantener viva la resistencia e intentar la reconquista. Como inicio de los pergaminos, en la vieja tinta de la época, tenían a bien dibujar el escudo de las cadenas. Eran, pues, navarros.

Nueve días antes que el duque de Alba comenzara la invasión, los más altos tribunales franceses no tenían duda en reconocer por escrito que las extensas y fértiles llanuras del Bearne, con su rica capital en Pau, pertenecían a los reyes de Navarra y sus predecesores, sin que tan amplios territorios hubieran tenido ni tuvieran relación alguna con el Reino de Francia. Bearneses. Ellos fueron los muertos por miles defendiendo cerca de Noain la independencia de Navarra aquel fatídico 30 de junio de 1521, fecha en la que, siguiendo al cronista Alesón, "Navarra desapareció del catálogo de las naciones". Los conquistadores llamaron a los fallecidos "franceses". Los libros de historia más al uso en Navarra no tienen reparo en llamarlos "invasores franceses". Pero eran bearneses. Eran, pues, navarros.

Porque, pese a las ocultaciones, tanta Navarra había a un lado como a otro del Pirineo. Y en medio de las dos vertientes de la gran montaña navarra, el Pirineo que unía por la Bardena, los ríos Aragón y Adour a Tudela con Pau en una misma patria, el Estado Pirenaico de Navarra, la voz más maravillosa de su tiempo, Julian Gayarre, cantaba muchos siglos después en el contexto de la pérdida de nuestros fueros. ¿Cree alguien acaso que es casualidad, pues, que al repasar en la enciclopedia más conocida de la comunidad foral la vida del roncalés, no aparezca en el texto dato alguno sobre las cartas que remitía a su familia desde los más apartados lugares del mundo? ¿Tiene algo que ver que dichas cartas estuvieran redactadas en la lengua de los navarros?

Somos testarudos, pues, decididos a sobrevivir pese a que hace siglos se decidió que habíamos dejado de existir. Nuestra lengua es hermosa si está en un diccionario dentro de la vitrina de un museo, pero se encuentra estrictamente prohibida en la universidad. No importa que nadie de diez o quince años tenga noticia sobre Pablo Sarasate, Hilarion Eslava, Florencio Ansoleaga, Juan Iturralde y Suit, Perpetua Saragueta, Remigia Echarren, César Muñoz Sola, Fernando Aire o Pablo Fermin Irigaray. Aquí, lo lógico es, a los de trece añicos, mandarles un trabajo de tres folios mínimo sobre "Atila y los hunos" (verídico) o, ya puestos, volver a releer el Cantar del Mío Cid, hoy en DVD, siempre que no se les mencione que el Cid a su hermano le llamaba "anaia", o sea, que se entendían en navarro, como todos sus antepasados que, para más inri, habían sido ciudadanos navarros desde tiempo inmemorial.

A las criaturicas, asustadas ante lo que se les viene encima, si no saben colocar en un mapa la capital de Rumanía, o distinguir entre el mar Adriático y el Jónico, les cae suspenso. Y no digo que no les venga bien saberlo, pero, ay amigo, nadie les exige saber dónde está Murchante o qué es una cendea. Si se me apura, si no se les ocurre preguntarlo nunca, se respira alivio en el ambiente. Y no te digo nada si saben una lengua tan vital como el inglés en vez del inútil "navarro", aunque los tudelanos firmaran en 1540 que dicho idioma era "la lengua natural de la tierra".

Hoy es el día en que, con las manos vacías, sin nuestra territorialidad, lengua y cultura, apenas balbuceándose una tímida recuperación, asistimos atónitos al espectáculo diario de comprobar cómo multitud de personas nacidas a miles de kilómetros se instalan en nuestro solar y las autoridades y progrerío se preocupan como nadie en acogerlas. Por un lado, se les ofrecen sueldos de esclavos para que los autóctonos que se unan al conquistador puedan obtener unas criadas que respondan a la procedencia de moda. Que vengan, que vengan, pobrecitos, hay que ayudarles, pero nadie les paga doscientas mil por ocho horas. Ilegalidad e hipocresía. Y si lo mencionas, que no quieres que vengan, que quieres que tengan industria y felicidad en sus países de origen, entonces eres racista. Si no tomas parte en la rapiña, socialmente eres bobo.

Por otro lado, se crean magnos planes de estudios para su inmersión en la lengua y cultura de los conquistadores. Millones y millones son destinados para que los nuevos esclavos no den problemas en las calles, sino que puedan obtener un piso donde comer y dormir con más facilidad que los oriundos sin recursos, proliferan sus lugares de ocio, bonitos ghettos contrarios a la integración, sindicatos amarillos al acecho, así como asistentes sociales o profesores de apoyo por la especificidad de los problemas que puedan tener sus niños en la escuela.

Algo, por otra parte, supuestamente lógico en la realidad actual, salvo que recordemos que, entre tan extensos presupuestos no se dedique un roñoso céntimo de euro a promover la cultura y lengua navarra entre ellos, pese a que en menos de diez años la mitad de los niños pequeños de la capital navarra provengan de remotos lugares. O, precisamente, por ello. Vaya chollo para los conquistadores, ahogar demográficamente a los conquistados a la vez que se enriquece a los colaboracionistas o, simplemente, a todo aquel que no muestre querencias culturales navarras.

Lo señalo porque, en Francia, todos los hijos de emigrantes saben quién es Víctor Hugo o Rimbaud, pero algo me dice que los que acaban de instalarse aquí no sabrán quién era el padre Moret o Yanguas y Miranda ni cuando séan abuelos. Eso es carca y aburrido, mientras que promover la falta de raíces es fashion. Y, mientras, ni un solo niño navarro tiene derecho en la práctica a que un médico le escuche en su lengua, ni en Fitero ni en Zugarramurdi. Y aun y todo, fíjate lo que son las cosas, hay recién llegados que miran, distinguen, y acaban comprándose la camiseta del Nafarroa Oinez.

Navarra, tan lejos, tan cerca. Pues habrá que hacer algo. Los navarros, digo. Y todos los que se animen, ya séan nacidos en otros continentes o quienes recuperen la memoria histórica. Como sucedió el pasado tres de diciembre en tantos lugares, como los que se adhieren desde los restos vivos aún en los antiguos territorios del reino. Navarra tiene cadenas, las del escudo son nuestras.

2003 Enero