| De la gamazada al soberanismo |
|
|
|
| Josu Sorauren | |||
|
El cansancio y desgaste de las guerras carlistas parecían haber sumido al pueblo vasco en la inoperancia. Era como si, más que abulia, la inercia de una aparente extenuación le impulsara al olvido de sus legítimas aspiraciones. Pero los hechos, contumaces, reflejaron que la nueva mutilación del fuero que proponía Gamazo en 1893 volvía a remover las entrañas de Euskal herria. Inmediatamente se vio que la supresión del régimen fiscal foral no era el único argumento de la movilización. Ni mucho menos. Exceptuando a los conservadores, los más reaccionarios y españoles, y a los liberales, siempre ensuciados en medias tintas, los demás partidos, incluso la mayoría republicana -a pesar de su existencia ambigua y dividida- admitía la reintegración foral. “Una ley –decían- que proporciona a vascongadas y Navarra, administración honrada, instituciones verdaderamente populares, calor para las cuestiones públicas, vida regional honda y fuerte” Hasta La voz de Guipuzcoa, nada sospechosa de elucubraciones foralistas, exigía desestimar los propósitos del ministro: “Antes de establecer en el país vasco la vergonzosa administración española, el pueblo vasco llevará la resistencia hasta el sacrificio”. Los vascos éramos conscientes de que, allí donde el pueblo pudo resistir el poder absorbente de los reyes, logramos administrarnos con acierto y eficacia. Era una de las razones esgrimidas en todos los frentes: La corrupción de la administración española. Pero, efectivamente, no la única ni la más profunda. Y las movilizaciones, espontáneas o no, convulsionaron la patria vasca... En la “Sanrocada Bizcaína” del 16 de Agosto, el grito “viva Euskeria independiente”, surgió entre los manifestantes, como preludio de una futura conciencia que lentamente se gestaba. Previamente, en Gasteiz, y Laguardia, muchos ciudadanos ya habían expresados sus sentimientos fueristas. Incluso la diputación planteó efectuar una declaración expresa de apoyo a Navarra. La respuesta de los políticos –acostumbrados a compadrear con la corte- que mangoneaban las otras dos diputaciones, más que un escape diplomático, fue cobardía: “Aun estando de acuerdo, no estaban capacitados para apoyar estas propuestas”. En Donostia, el 27 de agosto de 1893, la banda municipal se negó a interpretar el habitual Gernikako arbola. El presidente Sagasta se alojaba en el Londres. La espontánea manifestación frente al hotel supuso la intervención de la guardia civil. El resultado, tres patriotas asesinados, varios heridos y veinte detenidos. Días después, en Bilbo, se denunció los sucesos donostiarras e incluso se llegó a pedir armas a Pero donde la respuesta popular se fraguó más unánime, encendida y multitudinaria fue en Navarra. Supuso la “Gamazada”, hecho histórico, que a pesar de ocultaciones y tergiversaciones, permanecerá como una efemérides en nuestro periplo hacia la soberanía. La actitud de las demás diputaciones vascas –dominadas por partidos dinásticos y élites políticas, bastante cómodas con los mejunjes cortesanos- fue bastante fría y comedida. En contraposición, el apoyo y los ánimos que los vascongados manifestaron a sus hermanos navarros, ejemplar. La revuelta debió ser tan enérgica y masiva, que conmovió la corte de los borbones. La propia Reina regente analizaba con el jefe del ejército la posibilidad de la intervención. “Si se tratase de otra provincia –le asesoraba el General-, podíamos pensar en imponer la ley General empleando la fuerza... Si se tratase de Navarra se podría ir por ese camino. Pero Navarra, tiene a su lado a las tres vascongadas y harán causa común”. Efectivamente, uno de los primeros efecto de De la exigencia prácticamente unánime de la reintegración foral, hacia la reivindicación de la soberanía, solo había un paso. Sabino Arana y muchos dirigentes vasquistas, lo dieron. Entendieron perfectamente que una reintegración foral dentro de las estructuras del estado español era inviable. No se veía en España un estado mínimamente serio y democrático, sino más bien un estado convulso, con una historia resuelta entre invasores, inquisidores, pícaros y truhanes... Un imperio cuyas relaciones con el país vasco marcaban un tormentoso camino de ruptura de pactos, palabras y promesas, no era garante de las instituciones políticas y administrativas que nos otorgaba el fuero. La única posibilidad que garantizaba nuestra existencia como pueblo, era la soberanía. Sin duda, este fue el logro más crucial de la gamazada. Algo que marcará en el futuro, los bioritmos de toda Vasconia y que meridianamente encarnará las raíces del actual conflicto. En definitiva, las insidias de Gamazo y de la corte quedaron en suspenso hasta por lo menos 1927. Lo cierto es que, en pleno siglo XXI, no parece haberse alterado el estado de las cosas, al menos en su meollo. La sociedad vasca ha cambiado. Ha cambiado en las formas, quizás no tanto ni muchísimo menos en el fondo. Naturalmente, no podemos comparar una sociedad, eminentemente rural – a pesar de, como pionera, industrializarse con tanto vigor- con la actual sociedad de consumo, donde la cibernética y las tecnologías amenazan con robotizarnos. La tecnología ciertamente ha transformado profundamente el “modus vivendi” del ciudadano. Sin embargo, las relaciones económicas y políticas del pueblo, si se quiere del proletariado, con la oligarquía y con las instituciones del poder, si no han empeorado, en muchos casos, persisten. Esto lo es hasta tal punto que nos permite pensar que, dada la agresividad actual contra el pueblo vasco y el poco respeto a nuestras instituciones, vivimos en una contenida, insoportable y a duras penas silenciada, gamazada. Posiblemente, en determinados ámbitos vascos, por ignorancia, intoxicación, miedo o pura comodidad, no existe esta conciencia. Pero hay poderosas razones que lo explican. Vivimos una trágica dictadura. Y constatamos que la personalidad de un pueblo con la estratégica dialéctica de las dictaduras, deforma su mente, sus aspiraciones e incluso se contagia de cierta indiferencia. El terrorismo de estado, con sus múltiples redes, destruye los pueblos. Añadamos a esto que en las décadas posteriores a la transición, la agresión del estado, de la judicatura y de los medios, contra nuestro pueblo, ha mantenido los mismos ritmos que el franquismo. Pero el hecho es, que las causas y el entorno de la gamazada, no han cambiado tanto. Donde había Cánovas, hay Aznares, conservadores del PP, donde Sagastas, Zapateros y Rubalcabas, donde liberales, PSOE, donde republicanos divididos, taifas comunistas o lo que sean, etc. Lo que no ha cambiado es la monarquía. Estaban los Borbones y, gracias al franquismo, aquí los tenemos... Una profunda transformación sí parece haberse dado en los antiguos vasquistas. Que cada quien haga la lectura que crea oportuna, a la hora de interpretar cómo de carlistas e integristas surgió todas esta gama, hoy tan ferviente, como deshilachada, de abertzales de derechas, de centro o de izquierdas... En mi modesta opinión, fue más la urgencia soberanista, que la estrictamente lucha de clases, la que en Euskal Herria ha determinado tan dispar fragmentación. Lo cierto es que el conflicto que Euskal Herria mantiene con el estado no parece haber modificado los parámetros de antaño. La postura española sigue absolutamente bloqueada en su pertinacia tan injusta como agresiva, con sólo dos argumentos, la fuerza de sus instituciones y la brutalidad mediática. Pero algo sí ha cambiado, y mucho. La determinación de muchos patriotas vascos a mantener nuestra dignidad y nuestro irrenunciable derecho a disponer de un estado propio. La legitimidad que, tras la proclamación universal de los derechos humanos, posee cualquier pueblo o comunidad para proponer y diseñar su personalidad y su futuro. Sabemos el respeto que el estado español –y otros estados- profesan hacia estos derechos, universales e irrenunciables. Sin duda el mismo que a las recomendaciones de organismos internacionales, como la oficina de derechos humanos de Los vascos tenemos bien asumidos nuestros derechos y obligaciones. España parece inamovible. Pero las grandes torres son las que más estrépito producen en su caída. El futuro juega a nuestro favor, sólo hace falta que los vascos nos unamos y nos lo creamos. Mantener un “statu quo”, como decía Hermilio Oloriz, sólo utilizando el derecho de la fuerza, un día resultará insostenible. Será ese día, finalizaré con las palabras –evidentemente hoy necesitaríamos, probablemente con el mismo espíritu, un aggionamiento- del patriota Oloriz, cuando decía “...revivirán nuestras cortes, tendremos tribunales de justicia propios, serán nuestros los rendimientos de aduanas... nombraremos maestros amantes de Navarra, no daremos quintas ni contribuciones...” (H. Oloriz, Cartilla Foral). Publicado por Nabarralde-k argitaratua
|













