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Una lengua del mundo PDF Imprimir E-mail
Joan F. Mira   

 


Los humanos, tras el desastre de la torre de Babel, debieron experimentar un profundo desconcierto y una profunda alegría: no llegarían al cielo, pero se esparcirían y ocuparían la tierra entera. Habían perdido la lengua divina, la lengua de Adán, la lengua primera, pero ya podían inventar todas las lenguas del mundo. Dieron nombres diversos a las diversas formas de la nieve y del hielo, los colores del desierto, los terremotos, los dolores del alma y del cuerpo, los desengaños y la nostalgia, los odios y los amores. Y todo ello de maneras infinitas, impensables antes de ser pensadas, y sobre todo antes de ser pensadas con palabras, que seguramente es la única manera que tenemos los humanos de pensar, y quizás la única manera de sentir. Ser humano significa sentir y pensar con palabras, ver el mundo con el idioma , que en griego quiere decir "cosa propia": y cuanto menos "cosas propias" nos quedan, menos maneras tenemos de ser humanos. No quiero imaginar aquel día infeliz que quedaremos reducidos a una sola lengua universal, como antes de Babel, cuando todas las culturas del mundo, todas las literaturas, para ser comprensibles deberán ser traducidas a esta única lengua. Los que de vez en cuando traducimos literatura, sabemos lo empobrecedora la mejor traducción: como perdemos, a cada paso, alguna parte de lo que Dante quiso expresar en cada verso. De cosas así escribí hace algunos años en el ejemplar revista Método , donde había también una entrevista con Noam Chomsky (personaje que acierta en lo que sabe y que yerra a menudo en lo que no sabe), el cual, cuando le preguntan por qué la diversidad lingüística es valiosa y merece ser protegida, responde: "Por la misma razón por la cual estoy a favor de proteger la ciudad de Venecia de su destrucción por las inundaciones". La ciudad de Venecia, antigua, pequeña, poco práctica, es como la lengua catalana: está en peligro permanente de inundación y de ruina. Sobre todo si, como en Baleares y el País Valenciano, la autoridad pública revienta poco a poco los diques de protección. Y así, cuando hayamos destruido todas las lenguas empezando por la propia, cuando todos hablemos con las mismas palabras, no será un retorno al paraíso gozoso de Adán, será un infierno tristísimo.

 

 

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