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Filosofía del verano PDF Imprimir E-mail
Joan-Carles Mèlich   
Lunes, 17 de Julio de 2017 09:46

Esperando a Godot es una de las piezas dramáticas más importantes del siglo XX. Su poder de seducción se encuentra en la magnífica descripción que su autor, Samuel Beckett, realiza de la condición humana. Beckett no es sólo un escritor, también es un gran pensador. Su literatura es una filosofía literaria. En Esperando a Godot, se expresa con maestría la condición deseante de los humanos. Y sobre esta cuestión vamos a reflexionar en lo que sigue. No se tratará de pensar en el verano, sino de pensar el verano. ¿Cómo hacerlo? La respuesta es desde el tiempo, porque el verano es un modo de ser del tiempo humano, un trozo de tiempo, una organización del tiempo con la que cada año nos encontramos. El verano es un tiempo de espera, porque es en este tiempo que esa condición deseante se palpa de forma más intensa. El verano es el tiempo que antropológicamente está dedicado a cumplir una espera, a culminar una espera.

1. El verano y el deseo

Si hay humanidad –y por supuesto también inhumanidad– hay también tiempo y espacio. Los seres humanos somos cuerpos en contextos, en situaciones, en relaciones, en narraciones. La espacio-temporalidad es estructural a la vida humana. Esto significa que existir es habérselas con un espacio y con un tiempo concretos, históricos, biográficos; existir consiste en organizar y desorganizar ese tiempo y ese espacio, es dividirlo y clasificarlo. De estas clasificaciones resulta, a veces, lo mejor, aunque, en ocasiones, pueda surgir todo lo contrario, porque, para decirlo con Jorge Luis Borges, cualquier instante puede ser el cráter del infierno o el agua del paraíso. En cualquier caso lo importante aquí es darse cuenta de que nadie crea estas clasificaciones a voluntad. Son heredadas. Heredamos una organización del mundo, una organización del espacio y del tiempo. Es la herencia gramatical (compuesta por signos, símbolos, gestos y normas) que todo ser humano recibe al venir al mundo. Un ser finito, precisamente porque es finito, no podría sobrevivir en un mundo sin marcos, sin clasificaciones. Ningún ser finito podría habitar un mundo que no esté estructurado gramaticalmente.

En esta línea puede decirse que un mundo humano necesita, para poder ser habitado saludablemente, ser cortado. Algo así significa que lo habitual, lo cotidiano, tiene que ser, en determinados momentos, transformado en algo distinto, en algo otro, esto es, en algo no habitual. Es verdad que el ser humano no puede vivir sin rutinas, sin hábitos, sin costumbre. En una palabra: sin repetición, pero, al mismo tiempo, tampoco puede habitar su mundo sin la ruptura de sus rutinas. Sólo con la rutina el tiempo se vuelve opresivo, y la vida puede llegar a ser asfixiante. Por eso, si no hay transformación del tiempo y del espacio, si el tiempo y el espacio son siempre idénticos, si no hay cambio, la existencia se vuelve insoportable porque irrumpe una de las amenazas más importantes de la existencia: el aburrimiento. Es cierto que el corte, el cambio, la transformación, no nos asegura superar el aburrimiento, pero lo que sabemos con certeza es que sin esas transformaciones el riesgo de aburrirnos es altísimo. Más adelante volveremos sobre esta cuestión.

Uno de los modos que los humanos tenemos (al menos en el mundo occidental) de organización, o planificación, del tiempo es el de trabajo/ocio, o mejor todavía, la diferencia entre un tiempo de obligación y un tiempo abierto. La mayor parte de la vida (que marca el calendario) la pasamos viviendo en un tiempo de obligaciones, que corresponde no solamente al trabajo, sino también a las atenciones sociales. En este tiempo debemos trabajar, pero también tenemos otras obligaciones, no menos importantes, como por ejemplo atender a otros. Esta atención es de orden social y moral. Tenemos que asistir a comidas familiares, comuniones, cumpleaños, bodas, entierros, etcétera.

Ahora bien, existe otro tiempo, otra espacio-temporalidad, que compensa la obligación. Se suele llamar tiempo libre, pero la li­bertad es algo filosóficamente demasiado complejo e importante como para usarla en este contexto. Por eso en lugar de tiempo libre, pre­fiero referirme a este momento del tiempo-espacio humano como un tiempo abierto, es decir, como un tiempo no estructurado por el deber, sino solamente por el deseo. El verano se inscribe en esta se­gunda estructura espacio-tem­poral. ¿Por qué esperamos el verano? Sencillamente porque sabemos que será aquel momento del año en el que –supuestamente– vamos a sus­pender el deber y va a irrumpir el deseo. Uno podrá ocupar el tiempo estival en lo que desea y no en lo que debe. Es verdad que muchas veces el deber es tan poderoso que coloniza el deseo, pero en tal caso el verano deja de ser verano.

2. El verano, tiempo abierto

El verano es un tiempo abierto, aunque no absolutamente abierto, porque en los seres humanos no hay nada absoluto. Como advirtió Nietzsche, no hay hechos sino sólo interpretaciones. Esto no significa una especie de sálvese quien pueda, como muchas veces se piensa, sino que todo, en un universo humano, es en perspectiva, en situación, en relación. Hay prejuicios sociales, culturales, epocales, que limitan, a veces de manera opre­siva, la apertura de este tiempo ­estival.

Es verdad que vivimos en un tiempo calificado de incierto –o de líquido, como lo calificó con acierto Zygmunt Bauman–, pero a menudo esta incertidumbre no se soporta, y aparecen nuevos imperativos, nuevos deberes sociales que no son percibidos como tales y que funcionan al modo de cierre de las aperturas propias de la condición humana. Pero veamos algún ejemplo. Concretamente vamos a considerar tres aspectos que surgen en verano y que asedian la vida cotidiana. No significa esto, claro está, que todo ser humano lo viva, ni mucho menos que lo viva en toda cultura, pero sí al menos en el mundo occidental a principios del siglo XXI, en un universo sobreacelerado, un universo en el que los espacios se han vuelto anónimos, como constató el antropólogo francés Marc Augé.

El primero será el del viaje, el segundo la lectura, y el tercero, el más inquietante, el aburrimiento. Verano, pues, como un tiempo distinto, como un tiempo esperado, pero que, aunque parezca que es un tiempo libre, un tiempo de creación, se convierte para muchos en un tiempo también organizado, en un tiempo problemático, en un tiempo incierto. Esto sucede porque la humanidad de los humanos no puede eludir ni la incertidumbre ni la ambigüedad.

3. El verano y el viaje

Nadie se atreve a sostener en una reunión que no le gusta viajar. El viaje se ha convertido en un im­perativo social, y una de las preguntas que surgen cuando el calendario indica que se acerca el tiempo estival es “¿dónde vas este verano?”. Parece como si en este tiempo uno tenga que ir a algún sitio, y si es un lugar exótico mucho mejor. Una reflexión sobre el verano tendría, pues, que ser también una ­reflexión sobre el viaje, sobre las formas y modos que tenemos de viajar.

Al final de uno de sus libros más relevantes –Emilio, o de la educación–, Jean-Jacques Rousseau habla de los viajes. Para el filósofo ginebrino, la lectura no basta para una buena educación. Es necesario también leer el gran libro del mundo. Pero, como dice Rousseau, “hay que saber viajar”. Muchas personas creen que viajan, pero, en realidad, no lo hacen, y, por eso, a estas personas los viajes les forman todavía menos que los libros. Pero, en tal caso, ¿qué es un viaje? ¿Qué significa viajar? ¿Hay alguna característica que posea el viaje que no pueda ponerse entre paréntesis?

El verdadero viaje siempre sorprende. Si a uno no le sorprende, no le altera de algún modo lo que ve, es que no está realmente viajando, es que no ha salido de casa. Si al viajar nos llevamos la casa a cuestas, como una especie de caracol, entonces el viaje se convierte en un puro traslado, en el que no acontece ninguna experiencia, porque nada altera la cotidianidad, y la rutina se impone de nuevo. Por eso, a menudo los viajes estivales se convierten en un ver lo que hay que ver. Pero ¿acaso ese ver lo que hay que ver no es también una forma de no ver nada, o de ver solamente lo que dice la guía de viajes?

Es evidente que uno puede viajar como le plazca. No pretendo de ninguna de las maneras prescribir una forma de viajar. Lo que se plantea es otra historia, se plantea una especie de fenomenología del viaje. La cuestión sería la siguiente: si uno no vuelve a casa transformado ¿podría decirse en sentido estricto que ha viajado? ¿Cuántos viajes realizamos de tal modo que al regresar uno ya es otro? ¿O bien ese viaje para lo único que ha servido es para llenar un tiempo de ocio, un tiempo que se ha llenado sin salir de casa aunque nos hayamos trasladado a la otra punta del planeta? En un viaje organizado, programado, uno ve, ciertamente, pero es probable que no vea otra cosa que lo que tiene que ver, que lo que alguien ha establecido que vea. Incluso las sorpresas ya están programadas. Es algo así como aquellas series de televisión en las que se oyen risas en off de distinta intensidad, que le indican a uno cuando tiene que reírse.

Una experiencia del viaje como la que se describe aquí, un viaje transformador, se parece a la experiencia del leer. Porque no me parece descabellado sostener que, en general, leer y viajar son las dos actividades que uno se propone en verano. Pero mientras que la primera es socialmente obligada, la segunda está, cada vez más, reducida a unos pocos.

4. El verano y la lectura

Mi primer recuerdo veraniego es una playa con un libro. Las aventuras de Los Cinco y de Los Siete Secretos me acompañaron durante ese tiempo que empezaba a finales de junio y no terminaba hasta septiembre. Dos largos meses para bañarme en el mar y leer. Esa lectura era un auténtico viaje. Y esa es una buena metáfora del leer: la aventura. No hay viaje sin aventura, no hay lectura sin aventura, no hay verano sin aventura, no hay formación sin aventura. En este sentido merece la pena recordar algo que escribió hace muchos años Elias Canetti en su libro de apuntes titulado La provincia del hombre: “El aprender debe seguir siendo una aventura, de lo contrario habrá nacido muerto. Lo que aprendas en el momento deberá depender de encuentros casuales y deberá continuar así, de encuentro en encuentro, un aprendizaje en metamorfosis, un aprendizaje en el placer.”

La lectura del verano tiene que empezar con la elección de un libro. Ciertamente hoy en día hay dispositivos electrónicos que permiten no elegir. Pero una experiencia de lectura comienza con una elección, con un viaje a la librería, con un sumergirse en un aroma, en un espacio, en una isla… La elección de un buen libro comienza con un perderse en una librería. Dice Walter Benjamin en un libro maravilloso, Infancia en Berlín hacia 1900, que importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad, como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje. Una buena lectura, como un buen viaje, como una buena formación, tienen que vivir una situación de pérdida, de desorientación. No hay lectura interesante si uno simplemente se reconoce en lo que lee, si el libro le reafirma en sus convicciones. La buena lectura abre muchos más interrogantes y dudas.

¿Por qué escogemos un libro? Quizá no lo sabremos nunca. Uno viaja por la librería y, de repente, algo llama su atención. Es posible que sea la forma, la materialidad del objeto, pero inmediatamente lo abrimos y leemos, por ejemplo, la primera frase. Siempre he pensado que, salvo algunas notables excepciones, todo gran libro tiene una gran primera frase. El ejemplo más evidente es el Quijote, pero recordemos En busca del tiempo perdido, La metamorfosis, Cien años de soledad , y tantos otros. ¿Cómo resistirse a seguir leyendo, cómo negarse a entrar en ese universo único e irrepetible después de un impresionante inicio?

Leer en verano puede ser leer para pasar el tiempo, leer para descansar, para desconectar. Pero también puede ser leer para vivir, leer para no saber, leer para nada, porque la lectura también es eso, algo que se hace simplemente porque se hace, sin proyecto ni finalidad alguna. A menudo tengo la sensación de que, en círculos académicos, ya no se lee, sólo se busca información, y buscar información no es leer. Michel Foucault reclamaba al final de la introducción de La arqueología del saber que le dejasen en paz cuando se trata de escribir. Algo muy parecido podría decirse de la lectura: que nos dejen en paz cuando se trata de leer.

5. El verano y el aburrimiento

El ser humano es un ser que se aburre, que puede aburrirse, y el verano también es (o puede ser) un tiempo de aburrimiento. Algunos filósofos se han ocupado de esta cuestión. Pero ¿qué es aburrirse y por qué a veces tenemos la sensación de que el verano es un tiempo propicio en el que muchos hemos vivido, y todavía vivimos, esta experiencia antropológica fundamental?

El aburrimiento muestra una relación antropológica fundamental con el tiempo. Es un sentimiento del tiempo, una vivencia del tiempo, una vivencia de un tiempo largo, un tiempo que no pasa al ritmo que consideramos tendría que pasar para que la vida fuera interesante. Por eso, como diría Heidegger, nos esforzamos para superar el aburrimiento encontrando ocupaciones importantes que nos llenen el tiempo.

El verano es un cambio de tiempo, pero un cambio que no está, al menos en un principio, ya dado. Nadie nos dice qué debemos hacer en verano, porque el verano no es el tiempo del deber sino del deseo. De ahí que el aburrimiento sea el gran peligro que nos invade. En el verano el tiempo puede abrirse ante los ojos como un campo desierto en el que cada uno de nosotros no puede sino inventar un quehacer. ¿El aburrimiento provoca angustia?

El filósofo Vladimir Jankélévitch, en su libro La aventura, el aburrimiento, lo serio, responde a esta pregunta negativamente. Según él, no solo nos aburrimos cuando nos faltan aventuras y peligros, también podemos aburrirnos por falta de angustia. Un futuro sin riesgo ni azar, sin aventura, una vida cotidiana exenta de tensión, son también causas de aburrimiento. Y es precisamente ahí el lugar en el que el verano puede surgir no como un tiempo de goce, sino como un tiempo esperado que se convierte en un tiempo aburrido.

Ahora bien, este es el precio a pagar por ser humanos, porque sólo un ser que existe –y no solamente que es– puede aburrirse. Ni las ­cosas, ni las plantas, se aburren. El tedio es el resultado, según Jan­kélévitch, de nuestro carácter semiangelical. También podríamos decirlo con Nietzsche: somos seres no fijados. Y algo así significa, entre otras cosas, que no tenemos más remedio que inventar y que crear, que inventarnos y que crearnos. El aburrimiento es un signo –a veces dramático, es verdad– de existencia. Si hay verano, en cualquier caso, hay ambigüedad y riesgo. Pero es un riesgo al que pocos estarían dispuestos a renunciar.

Joan-Carles Mèlich es filósofo; profesor de Filosofía de la Educación en la UAB. Su último libro publicado es ‘La prosa de la vida. Fragmentos filosóficos II’ (Fragmenta)

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