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Arqueología del Corazón PDF Imprimir E-mail
Mikel Zuza   
Viernes, 19 de Mayo de 2017 12:52

En el marco de las celebraciones por el Día Internacional de los Museos, el de Navarra añadirá este próximo sábado a su exposición permanente uno de los círculos de dragones provenientes de las excavaciones realizadas en el palacio real de Tiebas el año 2009.

Por el material en que están hechas estas baldosas –barro vidriado- podría decirse que son sólo una humilde muestra de decoración medieval. Pero por su calidad artística y por quién las encargó –el rey Teobaldo II en 1260- son además testimonio importantísimo de una época y de un contexto histórico concreto –el Reino de Navarra– y como tal es una noticia estupenda que puedan ser conocidas y apreciadas por toda la ciudadanía.
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No son estos buenos tiempos para la lírica. En realidad, ¿cuándo lo han sido? Así que no faltará quien diga que mejor hubiera sido haber dejado que estas baldosas continuasen bajo el medio millón de toneladas de escombro del que, milagrosamente, los arqueólogos las hicieron emerger. ¡Hay otras necesidades mucho más acuciantes!, alegarán algunos. ¡Son sólo piedras viejas!, pontificarán otros. Y finalmente, la pregunta más repetida y no por ello menos garrula: ¿es que el arte nos va a dar de comer o qué?

Habiendo estudiado una carrera de lo que hoy se denominan “Humanidades”, estoy más que acostumbrado además a escuchar otra variante de esa última cuestión: y eso, ¿para qué sirve?

Pues he de decir que, al menos a mí, el arte me sirve como último refugio ante el caos y la atroz fealdad que nos rodea por doquier.

En otro de mis artículos ya cité la opinión del doctor Samuel Johnson sobre el patriotismo: “el último refugio de los canallas”. Eso se ve bien en una tierra como la nuestra, donde para muchos el mayor pecado es no marchar detrás del abanderado.

Pero no les hables a los que se envuelven en banderas –en las que sean, porque aquí el orden de los factores tampoco altera el producto- de otros símbolos mucho más importantes, de los que realmente siembran esa identidad que tantos dicen defender, aunque únicamente conozcan de ella lo que los predicadores de la ignorancia más genuina les repiten como loros.

En esos casos, como casi siempre, me acabo acordando de una película clásica. Una que los críticos menos avisados suelen miopemente clasificar como exclusivamente “bélica”, pero que a mi parecer es la que mejor muestra esa importancia del arte en momentos de caos de la que vengo hablando.

A “El tren”, de John Frankenheimer, me estoy refiriendo. Recordemos: es el último año de la segunda guerra mundial, los nazis se saben derrotados, pero siguen saqueando los países ocupados. En París, el coronel Von Waldheim, ordena incautar toda la colección del Museo del Jeu de Paume. Estamos hablando de obras de Gauguin, de Picasso, de Braque, de Miró, de Utrillo, de Seurat, de Van Gogh

Entonces la conservadora del museo acude a pedir ayuda a la Resistencia para que traten de impedir semejante robo, pero el ferroviario Labiche le responde que no pondrá en riesgo la vida de uno solo de sus escasos efectivos para salvar unos cuadros.  Entonces ella le explica que no son sólo unos cuadros, sino también un símbolo, la belleza que nos legaron las generaciones anteriores, “el orgullo de Francia”, algo que verdaderamente da sentido a nuestra existencia.

Afortunadamente la guerra quedó atrás, pero el desconocimiento sigue campando a sus anchas entre nosotros. Por eso es tan importante y necesaria la labor arqueológica de quienes (en medio de muchas dificultades e incomprensiones) año tras año excavan lugares tan icónicos como los castillos de Amaiur, Irulegi o Garaño; de quienes intentan localizar el hospital de peregrinos de San Salvador de Ibañeta; de quienes se lanzan a encontrar en el entorno de Auritzberri la antiquísima ciudad de Iturissa; de quienes ponen finalmente ante nuestros ojos el impresionante y hermoso yacimiento romano de Santa Criz, junto a Eslava.

Y sí: por supuesto que creo que el más auténtico y genuino orgullo de Navarra reside en esos lugares enterrados y en esas baldosas devueltas a la luz. Pero no porque el rey Teobaldo II las encargase en 1260 para decorar las estancias de su palacio de Tiebas, sino porque tener la oportunidad de contemplar la belleza y de asimilarla, de sentirla definitivamente parte de nosotros, es una de las contadísimas y más sinceras alegrías que podemos tener como seres humanos.

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