Griegos PDF Imprimir E-mail
Joan F. Mira   

Visité Atenas por última vez en la primavera de 2007, y la ciudad conservaba ese aire de haber gastado mucho dinero en restauraciones, embellecimiento de calles y plazas y pintura de fachadas, que suelen tener los lugares por donde ha pasado poco tiempo antes una Olimpiada. Como Barcelona después de 1992, pero de otra manera. El aeropuerto, por ejemplo, donde tuve que pasar algunas horas muertas, me pareció un despropósito inmenso: enorme y casi vacío del todo. Como el de Sevilla tras la Expo famosa, como el nuevo de Barajas, después de Álvarez Cascos. Me preguntaba, dados los recursos financieros de los griegos, quien había pagado toda aquel gasto suntuario. Ahora, por lo visto en los noticiarios, la ciudad de Atenas ha cambiado bastante: no es escenario de alegrías y fiestas olímpicas, sino de manifestaciones de amargados, de nuevos pobres, y de bandas numerosas de muchachos que deben pensar que rompiendo y quemando arreglarán las cosas. En el centro, hay docenas de edificios quemados y señales de batallas y destrucciones recientes, entre otras cosas porque el gobierno del Pasok prefirió no sofocar las revueltas violentas, no complicarse la vida. Algunos escritores conocidos firmaron un manifiesto afirmando que aquella era la peor solución posible, y muchos intelectuales de izquierda les criticaron violentamente. Ahora dicen: ya veis qué ha pasado. Y que no resulta admisible justificar la violencia llamada de izquierdas (ilusiones neoanarquistas, neotrotskistas o de indignados incendiarios) y condenar la de extrema derecha. Esto es ideología barata, afirma un novelista famoso: ¿o es que resulta que aquí todos somos inocentes? En Grecia, dice, la inocencia se ha convertido en una profesión. Parece que allí nadie tiene la culpa de nada: ni los grandes navieros que no pagan impuestos, ni los gobiernos sucesivos que han falseado las cuentas y han mentido y han colocado sistemáticamente amigos, parientes, conocidos y afiliados a cobrar del presupuesto, ni los profesionales como médicos, abogados y arquitectos que ocultan la mayor parte de sus ingresos (en esto tienen numerosos colegas en el otro extremo del Mediterráneo...), ni la ciudadanía en general que considera que no pagar impuestos (y si puede ser no pagar billete en el transporte público) y engañar al Estado es como una antigua virtud que hay que preservar por encima de todas las cosas. Ni la Iglesia Ortodoxa, propietaria de infinidad de inmuebles y de tierras que ni siquiera figuran en ningún catastro público (institución que, allí, parece que es casi inexistente, por incierta o incompleta), y que preside ritualmente la vida política y pública. Ustedes habrán visto, hace pocas semanas, el juramento del nuevo jefe de gobierno y de los nuevos ministros, ante obispos y archimandritas varios vestidos de pontifical y cantando bendiciones y salmodias con voz sonora y solemne de abajo. El presidente y los ministros, mientras (los últimos, conservadores, como los anteriores, socialistas), hacían repetidamente la señal de la cruz con tres dedos, tal y como toca, significando las tres personas de la Santa Trinidad.

 

El escritor conocido recuerda que, cuando entró en la Unión Europea, Grecia era un país pobre, frugal y disciplinado. Que entonces empezó a llover dinero, y que fue como si a alguien que ha pasado mucha hambre le dieran de pronto grandes ollas de carne y muslos de cordero. Grecia, afirma, se puso enferma. Es decir: los gobernantes dedicaron el dinero europeo a engordar más aún el sistema clientelar. El dinero, pues, no se invertía, se repartía. Y así el Estado se convirtió en un monstruo hinchado, acostumbrado a comer demasiado. Ahora, dice el escritor, los sindicatos del sector público abandonan el Pasok y se pasan a Syriza, la izquierda radical, que hace mal en acogerlos porque son gente corrupta, viciada con las prácticas que nos han llevado al desastre. Si Grecia sale del agujero, será gracias a la mucha gente que todavía trabaja decentemente: la que no está contaminado por el sector público todavía tiene futuro, afirma. Acabaré recordando que los párrafos más duramente descriptivos de esta página, y las frases más duramente críticas, no son directamente obra mía (que podría pasar, falsamente, por más derechista que izquierdista), sino declaraciones expresas -como más de un lector habrá descubierto- del novelista Petros Márkaris, que no es precisamente un escritor reaccionario. Es, simplemente, un griego lúcido y con los ojos abiertos.

 

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