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Alepo,¨la princesa del norte de Siria¨ PDF Imprimir E-mail
Tomás Alcoverro   

En el Ramadán del año pasado, Alepo me pareció una ciudad confiada y tranquila, la ¨princesa del norte de Siria¨. Ni en sus calles ni en su aeropuerto al que viajé desde Damasco en un avión de hélices porque me recomendaron evitar la carretera que atraviesa Homs y Hama, se veían patrullas militares ni vehículos blindados. Alrededor de la céntrica plaza del reloj, una torre del reloj, construida en época otomana como en otras ciudades como Homs, Hama, o la Tripolí libanesa, quedé atrapado por miles de alepinos que en una fiebre de consuno de masas, celebraban con alegría el último viernes del Ramadán.

Si en Homs, en Hama, la plaza del reloj fue centro de manifestaciones antigubernamentales, en Alepo era remolino arrollador de gentes que compraban y vendían. Esta población, legendaria ciudad en la ruta de la seda entre el Mediterráneo y el Oceano Índico, antaño políglota, multiétnica, pluriconfesional, presumía de ser inmune a la rebelión Alepo y Damasco eran los dos pilares de la seguridad del régimen.

No había, eso si, ni turistas ni extranjeros, y en sus grandes hoteles vacíos solo se reunían adineradas familias locales en torno al ¨iftar¨, tradicional yantar ofrecido al romperse las extenuantes horas de este mes de ayuno de los musulmanes. Desde la ventanilla del pequeño avión divisé la colina de su magnífica ciudadela medieval, ceñida por una gran bandera nacional siria. La parte antigua de la ciudad es quizá una de las zonas urbanas más interesantes del Oriente Medio con sus extensos zocos cubiertos mejor conservados, y de mayor encanto de los paises árabes. Alepo ha sido y es, sobre todo, ciudad mercantil con más de setenta mil sociedades comerciales registradas. En su centro, en los aledaños de la plaza del reloj se concentra la mayoría de sus tiendas, almacenes y oficinas, regentadas por la ¨gente del mercado¨ Ähl el suk. Pertenecen a antiguas familias comerciales sunis cuya riqueza no está fundada ni en fincas, ni inmuebles ni industrias.

Por sus fábricas textiles que aprovechaban el algodón del valle del Éufrates, por su talante liberal, por la fuerza de su iniciativa privada, por su distanciamiento y reservada actitud respecto al poder político de Damasco, se la había llamado, alguna vez, la Barcelona de Siria.

Hasta la década de los setenta fue la primera ciudad de la república. Con el golpe de estado del Baas en 1963, Damasco se hizo más poderosa. A consecuencia de su política de nacionalización, la gran burguesía alepina, muchos armenios y los más acomodados banqueros judíos fueron abandonando el país. En Beirut he conocido a alepinos que se establecieron en El Líbano pero que nunca renunciaron a su ciudad, reputada entre otros atributos por las exquisiteces, por los secretos de su cocina, como ha escrito en su espléndido libro Florence Ollivry.

La historia moderna de Alepo es la historia de su decadencia, de esta misma decadencia que han sufrido otras ciudades de estilo de vida levantino como Alejandría. Ciudad a setenta kilómetros de la frontera de Turquía, fue víctima de la amputación de su región periférica del golfo de Alejandreta, durante la Primera Guerra Mundial, al desgarrarla el mandato francés para entregársela al gobierno republicano nacionalista de Ataturk. Conservo mapas sirios que incluyen esta zona, donde ahora son muy activos los rebeldes, como si todavía perteneciese a su territorio nacional.

Al final de la década de los ochenta, habiendo ya perdido gran parte de su floreciente colonia armenia, ahuyentada por el genocidio perpetrado por los turcos, fue lugar de predilección de muchos comerciantes de la Unión Soviética. En sus céntricas calles como la de Kuatli, había profusión de rótulos escritos en caracteres cirilicos. Se calcula que hoy viven en Siria alrededor de ciento cincuenta mil personas de nacionalidad rusa.

Hay una zona de la ciudad en la que se tiene la impresión de estar en una ciudad italiana. Al contonear una esquina, creemos encontrarnos en Europa. Las calles son anchas, largas, hay avenidas con espaciosas aceras. Aquí y allí se ven chalets rodeados de jardines, edificios de buena planta. Pero muchas de sus fachadas son decrépitas como las de Alejandría o las de El Cairo de su plano urbano europeo ya degradado. Alepo ha sufrido como otras ciudades árabes la explosión demográfica de las últimas décadas con la construcción de pobres suburbios en los que se hacina gente procedente de zonas rurales. Son barrios en los que se han atrincherado los grupos rebeldes armados.

A cuatro pasos de la plaza del reloj hay un pequeño y pulcro barrio, Jdeide, con viviendas de piedra, recoletos patios interiores, convertidos en hoteles y restaurantes como el barrio damasceno de Bab Tuma, catedrales e iglesias armenias, griegortodoxas, siriacas, maronitas. Una de sus callecitas se llama Sissi. Como en la capital la minoría cristiana de Alepo se siente cada vez más insegura ante el porvenir.



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