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Separatismo PDF Imprimir E-mail
Joan Francesc Mira   

Es muy curioso que ahora mismo, cuando, sobre todo en Cataluña, la idea de independencia parece que se extiende más que nunca, cuando se habla cada día a diestro y siniestro, cuando el independentismo forma parte de los temas habituales de conversación, el concepto y la palabra de separatismo casi hayan desaparecido de la circulación. Hasta tiempos muy recientes, separatismo era una palabra casi fea de pronunciar, como un tabú, y para la opinión general española (y gran parte de la catalana) era el nombre de un pecado, de un peligro o de un delito contra la patria. Cándidamente (al menos hasta la edición de 1968), el diccionario del Institut d'Estudis Catalans lo definía como "opinión, partido, de quien se quiere separar de la comunidad o de la organización a la que pertenece". Así, el pecado nefando se diluía, aplicándolo a quien opinaba que era mejor separarse de un club o de una asociación, al grupo que pretendiera abandonar una comunidad de propietarios o cualquier otra organización. El diccionario de la RAE, sin embargo, va directo al punto crucial: separatismo quiere decir "doctrina política que propugna la separación de algún territorio para alcanzar apoyo independencia o anexionarse a otro país". Nada de opiniones, de organizaciones ni de comunidades: separatismo es la doctrina de quienes quieren separarse de un Estado constituido, para ser ellos mismos Estado o para cambiar de Estado. Y eso mismo afirma, casi exactamente, el diccionario nuevo del Instituto. El 'Concise Oxford' hace una leve alusión dentro de 'separate' -'separar'-, cuando este verbo se refiere a la "independencia política o eclesiástica", en oposición a unionismo. Elemental: separatismo es lo contrario de unionismo. Repasar diccionarios es uno de los ejercicios de lenguaje más útiles que conozco. El Larousse define la palabra como "movimiento, tendencia, de "los habitantes de un territorio que desean separarlo del Estado del que forma parte". Contundente: separar un territorio de un Estado. La idea, pues, es clarísima: en español, en francés y en inglés (que son las lenguas más grandes), separatismo quiere decir lo que quiere decir también en catalán popular y político, pero que no decía, hasta hace pocos años, nuestro diccionario oficial, a saber por qué, quizás por timidez o por ganas de disimular. Y esta es también la historia contemporánea de Europa, cuando la doctrina, el movimiento, o el deseo de separarse de un Estado y formar uno propio han sido tan habituales, tan recurrentes, y con un éxito tan visible , que sin la palabra o el concepto no se puede entender nada de esta historia.

 

Desde 1906, cuando Noruega se separa de Suecia, pasando por el estallido del 1918-1920, cuando se separan Hungría, Finlandia, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Chequia y Eslovaquia conjuntamente, y Eslovenia y Croacia para unirse a Serbia, y Albania, y no sé si me dejo ningún otro territorio. Por cierto, en 1919, los austriacos, que se habían quedado solos, querían justamente ser unionistas: una asamblea -con mayoría socialdemócrata- proclamó la República Alemana de Austria, los aliados impidieron la unión, y la unión se hizo veinte años más tarde por obra de Hitler y con grandes aplausos en la calle. Después, como ustedes saben, se separó Irlanda, y vino la Segunda Guerra, que llevó uniones a la fuerza entre el Báltico y el mar Negro. Después vino 1989, cayó el muro, se separaron otra vez los estonios, los letones y los lituanos, y hubo separaciones nuevas y añadidas como la de checos y eslovacos, la de eslovenos, croatas, macedonios, bielorrusos, ucranianos, moldavos y, si llegamos hasta el Cáucaso, la de armenios, azeríes y georgianos. Esto significa que, sin separatismos ni separaciones, la mayor parte del territorio de Europa estaría aún ocupada por los imperios del siglo XIX, que eran el turco, el ruso, el austríaco y el prusiano. De modo que la historia contemporánea de nuestra madre Europa es una serie de separatismos y de separaciones y, sin embargo, resulta que los pocos separatistas que quedan -los que todavía sostienen la doctrina o el deseo de separarse, tal como han hecho tantos otros en tantos otros lugares con gran éxito y aplauso- son acusados de lo mismo como pecado imperdonable. He recordado esta historia, por si alguien se considera poco o muy separatista (que en el vocabulario habitual ahora se llama independentista) y eso le crea cargos de conciencia. Que pienso que una Europa sin el éxito histórico de los abundantes separatismos del siglo XX resulta tan difícil de imaginar que no sabemos en qué consistiría.

 

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