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¿Puigdemont o Fudgedemont? PDF Imprimir E-mail
Joan Ramon Resina   

Esta mañana, a las 6.45 hora de la costa del Pacífico, el canal CTV de la TV canadiense me ha llamado para cancelar la entrevista en directo programada para media hora más tarde. Ya se había hecho pública la respuesta de Puigdemont a Rajoy y el tema se caía de la agenda. Cataluña ya no es noticia. O sólo residual. A falta de confirmar la declaración de independencia, Puigdemont gana tiempo, pero Madrid también, y el 1 de octubre va quedando atrás, las cargas policiales sepultadas por otros hechos tanto o más dramáticos que se van produciendo mientras el parlamento deshoja la margarita.

En su artículo del viernes pasado, el corresponsal del New York Times, Raphael Minder, se burlaba del presidente llamándole 'Fudgemont'. 'Fudge' significa 'liarla' y, en un contexto político, desdecirse de las promesas electorales. Minder, autor de un libro sobre el conflicto catalano-español que ha merecido aplausos de lectores tan objetivos como Josep Piqué y José Álvarez Junco, en una entrevista en VilaWeb confesaba tranquilamente que, de lo que pasa en Cataluña, se informa sobre todo por la prensa de Madrid, pero también por la Vanguardia, y que de los diarios en catalán mira 'de vez en cuando' la portada. La imparcialidad de Minder es tal que incluso lectores no familiarizados con el conflicto no tardan en darse cuenta del juego sucio. Le basta con el tono y la elección de las palabras para escorar la empatía y la antipatía en un juego de construcción del relato. El New York Times ya hace tiempo que en esta cuestión sólo guarda con la prensa de Madrid la distancia obligada con la torpeza de la expresión. Si algún día el diario cambiara la línea editorial, de repente leeríamos a un Raphael Minder muy diferente. El periodismo es, por desgracia y con excepciones tan admirables como heroicas, una profesión venal.

En honor a la verdad, sin embargo, hay que decir que el sarcasmo con que Minder remataba su reportaje tiene una base psicológica real. Como otros periodistas extranjeros, Minder esperaba sangre y tripas y quedó decepcionado. Puigdemont esquivó el probable asalto al parlamento por parte de las unidades especiales de la policía española que corrían por las calles haciendo sonar las sirenas y que habrían podido dar unas magníficas portadas en los periódicos. Cuando dice que los 'separatistas' (término cariñoso que da a quienes se habían congregado para defender el parlamento) que ya habían destapado latas de cerveza para celebrar la independencia marchaban clavandoles irritadas patadas, parece que es más bien él quien, irritado por la frustración de un artículo dramático, de los que dan comida, se rehacía con una patada impresa a todo el mundo independentista.

No hay duda. El pasado martes se perdió un oportunidad de mantener a Cataluña en portada. Se ha aducido la vía eslovena para justificar el frenazo, pero la comparación no se sostiene. La Generalitat no controla el territorio. Y el patriotismo de los principales agentes económicos ha quedado demostrado en cosa de horas. En este contexto, debatir si hubo declaración o no es como discutir sobre el sexo de los ángeles, una manera como cualquier otra de expresar el deseo de cada uno. Sin embargo sirve, para que incluso dentro del independentismo vayan cayendo un puñado de caretas. Ese día Europa respiró aliviada: el independentismo cedía, la coalición estaba tocada, afloraba la flaqueza por la que Madrid ha apostado en todo momento. Los mismos que la víspera exigían diálogo, al día siguiente cerraban filas con Madrid y, como mucho, pedían una reforma constitucional sin fecha ni garantías.

Se ha dicho y repetido, pero hay que insistir en ello ante las voces que estos días proponen la estrategia de la derrota, la de los que piden elecciones, poner el reloj a cero, volver al redil autonómico, como si el Estado estuviera dispuesto a premiar la sumisión con una descentralización prístina y rehacer el pactismo que no ha exhibido nunca excepto en la desesperación y con la íntima reserva de recuperar más adelante el terreno perdido. No se puede negociar sin guardarse un 'triunfo'. El Estado tiene su "triunfo" en la fuerza y en la inmovilidad aparente del mundo. Cataluña lo tiene en la legitimidad de un referéndum legitimado por la resistencia democrática ante la agresión y la conculcación de derechos. Y esta legitimidad hay que imponerla en Europa, que no es nada más que una convergencia de intereses conjurados en la 'realpolitik'.

Cataluña sólo tiene dos cartas buenas: la declaración de independencia a todos los efectos y el trastorno económico que atemoriza a Europa por los efectos sobre la prima española, la estabilidad del euro y la generalización de la crisis en la eurozona. Esto implica aumentar el dolor propio para amplificarlo en el Estado y en el continente. Pero hay que tener claro que cada vez que alguien reciba por haberse manifestado pacíficamente es un golpe moral para quien lo administra y un paso más en la descomposición de la autoridad del Estado. Y que hay que aguantar hasta que el faraón ceda.

Todos los partos son dolorosos, y ninguna revolución ha triunfado sin sacrificios. Una vez se agote el plazo del jueves, sabremos si Puigdemont pasa la prueba de fuego y se convierte en un líder como King, como Ghandi, como Mandela, o bien prefiere rebajar la tensión para reconducir el error de dos millones y pico de votantes, como le piden voces ponderadas, animándole a tirar el 1 de octubre en la papelera de la historia. De momento, el Estado va extendiendo el terror. Sánchez y Cuixart han sido encarcelados en un juicio político. El mayor Trapero, ejemplo de profesionalidad y de fidelidad a la institución a la que se debe, está en libertad con cargos y sometido a control judicial, así como la intendenta Teresa Laplana. Ya no hay margen razonable para terceras vías y quien hoy las proclama en Cataluña es un insensato o un malhechor.

La independencia se habrá declarado el día en que los requerimientos de los juzgados españoles ya no encuentren respuesta en Cataluña. Mientras los encausados ​​por el proceso continúen aceptando sus criterios de justicia, continuaremos revolviendo la madeja, pero nadie lo creerá, fuera de nosotros mismos. Ahora, sin embargo, el Estado ha hablado a través de una jueza y la respuesta ya está en la calle. ¿Puigdemont o Fudgedemont? He aquí la cuestión.

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