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Angel Rekalde   

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Lo dijo Joseba Asiron en el reciente Congreso de Historiadores de Navarra, celebrado en la Universidad de Oñati: un pueblo sin memoria es como un niño recién nacido. Indefenso. Desvalido. Incapaz de afrontar los retos y responsabilidades del futuro.

Este tipo de reflexiones revela la importancia que la historia y la memoria histórica juegan en la sociabilidad de las poblaciones en estos tiempos en que la globalización y el modelo postindustrial se imponen en nuestras vidas. Desde luego, si algo quedó claro en el Congreso de Oñati es que la sociedad vasca tiene una larga, intensa y fascinante historia. Y a la vez, en el contexto de dominación que padece, que sufre una evidente voluntad de borrarla, manipularla y devolvernos a la vacía indefensión del recién nacido que balbucea con la mente en blanco.

Del conjunto de ponencias, debates y reflexiones que se reunieron en Oñati se pueden extraer tres hilos argumentales, grosso modo. En primer lugar, se puso de manifiesto un recorrido, una visión transversal, diacrónica, de la historia vasca, que representa a un colectivo humano con una gran personalidad y una continuidad unitaria, a pesar de todas las rupturas y fraccionamientos. El pueblo vasco, o vascón, Euskal Herria, ha sido sujeto de la historia durante siglos. Y se percibe en muchos terrenos. Desde el Estado histórico de Navarra, que integró las tierras habitadas por esta población, hasta la lengua vasca o el patrimonio común del derecho pirenaico, presente en toda la geografía a través de fueros, comunales y otras costumbres y vestigios.

Un detalle significativo lo constituye la historia del territorio alavés, donde desde una época muy temprana destacan los choques violentos y conflictos, orientados hacia el sur y el oeste, lugares de donde procedían agresiones y enemigos. Por deducción, ello indica que hacia el norte y el este se establecían otro tipo de relaciones, lazos de territorialidad, defensa y organización política, cualquiera que fuese el grado. Un simple ejercicio de imaginación espacial nos da como resultado un mapa de pertenencia que se mantiene por encima de las épocas y los siglos.

El segundo hilo argumental del Congreso de Oñati fue la conquista de 1512 y el papel que esos territorios occidentales (conquistados a su vez en 1200) jugaron en la citada invasión. La sorpresa, y la novedad desde el punto de vista historiográfico, la constituye el poco entusiasmo vascongado en dicha empresa; el papel de las élites, las más interesadas en el negocio; las multas, persecuciones, presiones sobre la población para que colaborara, e incluso los conatos de agitación y desafecto. Las villas y los señores fueron a la guerra, más o menos obligados; la población pagó el coste de la movilización. La guerra de 1512 la sufrió todo el país; a uno y otro lado; y el único beneficiado fue el imperio que se quedó con el botín y la colonia ocupada.

El tercer argumento que emergió de las ponencias de Oñati ha brillado durante siglos ante nuestra mirada perdida, pero no hemos sabido desenmascararlo. Y es que, tras la progresiva ocupación del país, paulatina, territorio a territorio (Rioja, Bizkaia, Gipuzkoa, Araba, Sonsierra, Alta Navarra...), Castilla se ha dedicado a borrar el rastro de sus fechorías y a difuminar la memoria de lo sucedido. A inventar otra conciencia del pasado. Ha quemado documentos, que hoy no se encuentran. Hemos de revisar archivos extranjeros para recuperar datos que la toponimia, la ubicación de los castillos y otros elementos patrimoniales ponen sobre aviso. La ponencia de la doctora Idoia Arrieta habla de un documento explícito, con datos de la violenta ocupación de San Sebastián, con una alusión al rey Alfonso VIII de Castilla (“Que dios perdone”, sic), y con una apostilla de advertencia en el margen: “Ojo; habla de la conquista”. Que no salga a la luz; que nadie lo conozca; que permanezca en la sombra por los siglos de los siglos.

Los ponentes Floren Aoiz y Juan Antonio Urbeltz explicaron cómo los mitos, los alardes, las leyendas inventadas o magnificadas al gusto se han empleado para crear símbolos e ideología. Para generar conciencia de una partición, de una frontera militar, una herida de guerra, que en la población –homogénea, continua- no existía. Y así nos han celebrado batallas como la de Beotibar, o San Marcial, para ir sembrando la imagen de una frontera de malhechores, para inventar la idea del enemigo navarro, del peligro guipuzcoano, de la identidad enfrentada y la enemistad recíproca.

Navarra, el Estado de los vascos, fue despiezado y despedazado por Castilla, siglo a siglo. Otros pueblos en esta situación (Flandes, Escocia...) han guardado la conciencia de su integridad histórica. Nosotros no. Nos han dividido en trozos y creemos que Navarra es tan sólo la última -o penúltima- pieza del puzzle. Es una cuestión de memoria. También esto es parte de la batalla. No perdamos esta pugna por dejadez, estupidez o ignorancia.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua