Francesc Pujols en la prisión Imprimir
Enric Vila   

Aunque no he tenido nunca coche propio, me saqué el carnet de conducir recién entrado en la universidad. Del examen teórico no guardo recuerdo, me lo debí sacar sin demasiado trabajo. El práctico, en cambio, ya fue otra cosa. Para consolarme, la abuela Mercè me decía: "Tú piensa que los taxistas y los camioneros que duermen en moteles aprueban a la primera". No sé hasta qué punto el comentario sonaría hoy demasiado clasista. Dicho en un aula donde haya niños, quizás te puede llevar a declarar ante un juez, tal como están las cosas.

En aquella época estudiaba Historia por la tarde y Educación musical de buena mañana. También iba a clase de guitarra y tocaba en un grupo de rock, a duras penas me quedaban horas libres para perseguir a alguna chica. Hacía las prácticas con un Opel Corsa blanco, de siete a ocho, antes de entrar en clase. El profesor era un hombre con bigote que siempre hacía cara de fastidiado. La mata de pelo rancio que lucía bajo la nariz parecía acentuar su mal humor y la peste que hacía de café y de nicotina me obligaba a conducir con el anorac puesto y la ventana abierta.

El día que aprobé, el profesor estaba más contento que yo. Me parece que fue la única vez que lo vi sonreír. A mí, después de tres intentos fallidos, ya sólo me hacía ilusión una cosa y no tenía nada que ver con el coche de segunda mano rojo que me había propuesto comprarme. Mientras iba hacia la universidad, sonreía pensando: "te imaginas que, cuando te ha dado la mano, le hubieras dicho: "Muchas gracias por la paciencia, me sabe mal porque yo no volveré nunca más y, en cambio, tú te tendrás que quedar hasta el día que te jubiles."

Pasaron los años y el Fèlix Riera me encargó escribir unas memorias políticas de Macià Alavedra. El libro era agradecido de hacer porque Macià habla con una claridad de senador romano y ni siquiera me hacía falta utilizar la grabadora para recordar sus peripecias. De todas las anécdotas que me explicó, esta que transcribo es una de las que me divirtió más. Cuando lo acaben de leer entenderán por qué me sorprendió y por qué hace días que pienso en la autoescuela. También verán que ha cogido una actualidad inesperada y que ya no suena exactamente tan pintoresca como el día que la oí por primera vez.

Los caminos de la inteligencia son insospechados; en cambio la brutalidad es aburrida como una mala cosa.

Francesc Pujols —se me explicaba Macià Alavedra- era un espíritu de estos que da nuestra casa, como Dalí o Rusiñol, no sabías nunca por dónde te saldría. Al principio de estar en Prada de Conflent, la Gendarmería nos citó a la comisaría para hacer un censo de exiliados. Los nazis ganaban la guerra y todo el mundo estaba acojonado. Había una cola larguísima y los amigos le decían: «Ahora Pujols no metas la pata, que es un mal momento. Cuando os pregunten si trabajáis, sobre todo haced el favor de decir que no. ¡Recordad que nos lo tienen prohibido! Sólo faltaría que nos volvieran a Catalunya». Y él: ¡«No sufráis! Ya sabéis que, cuando hace falta, me sé comportar como una persona seria. Soy un hombre de orden, por quien me tomáis»!.

Con eso le tocó el turno y el gendarme, que era uno de estos roselloneses un poco inflados de cara, tostados por el sol de los Pirineos, le preguntó:

-Monsieur. ¿Comme vous appelez vous?

—Pujols.

—Bueno.

—Pero cuenta —lo interrumpió: tendríais que escribir Poujolse, porque si, ahora, en este papier, escribís Pujols, pronunciaréis a Pujol, y yo no quiero que me llaméis a Pujol, quiero que me digáis Pu-jols. O sea que tenéis que escribir pou-jol-se.

El gendarme levantó la vista de la mesa y continuó, con la mosca en la nariz:

—Bueno. ¿Vous travaillez?

¡-Oui!

Desde la cola gritaban: «Pujols, venga, no fastidiéis»!.

—Eh vous travaillez, où? —le preguntó al gendarme, que al fin y al cabo era catalán y, viendo por dónde iba, empezaba a mirarlo ya con los ojos burlones.

—En el cementerio de Prada.

¿-Comment? —soltó el gendarme haciendo ver que se había enfadado, con un puñetazo sobre en la mesa que hizo temblar media cola

—Sí, sí —respondió Pujols sin alterarse. Trabajo exactamente bajo un ciprés del cementerio de Prada, que es mi sitio predilecto. ¡Piense que soy filósofo y que trabajo día y noche!

¿-Nuit te jour, eh?

-Oui. Los filósofos siempre pensamos, no podemos hacer nada. Y el cementerio de Prada tiene unos cipreses maravillosos, los mejores del Mediterráneo. ¡No sabe cómo me inspiran!

Pujols era un hombre creativo y no aflojaba nunca la cuerda. Al volver a Catalunya los franquistas lo cerraron en la prisión y cuando, después de muchas gestiones, lo consiguieron sacar de ahí, le dijo a su abogado: ¿«Y ahora por qué me sacáis tan temprano? ¡No hacía falta que hicierais tan bien el trabajo, hombre! Muy bien, nos marchamos, pero antes quiero ir a ver al director de la prisión, le tengo que decir una cosa importante». El abogado temblaba: «Va, Pujols, no mareéis la perdiz, que hemos tenido que remover cielo y tierra». Como no bajaba del burro, al final lo llevaron al despacho del director del centro: «Mire, le vengo a agradecer los días que he pasado aquí». El director se lo miraba sin entender nada, enroscándose el bigotillo de falangista. ¡«Han sido unos días magníficos, magníficos! De verdad. Muchas gracias. He podido reflexionar mejor que nunca. La verdad es que, ahora mismo, Usted me da bastante envidia. ¿Y sabe por qué? —le dijo dándole la mano, cordialmente— Porque yo ahora me tengo que ir y, en cambio, usted se queda».

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