Van Gogh y sus maestros

Quiere la leyenda que Vincent van Gogh (Holanda, 1853-Francia, 1890) fuera un genio excéntrico atormentado que en un arrebato de locura se cortó parte de la oreja. Que se refugiara del mundo viviendo aislado de sus coetáneos en condiciones precarias porque no vendía ni un cuadro. Que antes de su prematura y trágica muerte en 1890 no recibiera el reconocimiento artístico que tanto anhelaba.

Con motivo del 125.º aniversario de su muerte el magnífico y elegante museo Kröller-Müller -situado en el parque nacional De Hoge Veluwe en el centro de Holanda- pone en tela de juicio esta pertinaz idea romántica del pintor maldito presentando la muestra Vincent van Gogh & Co.

A primera vista, los cuadros de Van Gogh pueden dar la impresión de que salieron de la nada, de que son el trabajo de un genio adanista. Es el caso de Campos de trigo y luna poniente (1889) con sus primitivas formas, sus divididas y ásperas pinceladas y su temática elemental. Y es el caso, asimismo, de otro cuadro destacado en la muestra, Campo de trigo amurallado con sol poniente (1889), pintado cuando Van Gogh estaba internado en el hospital psiquiátrico de Saint-Rémy, recuperándose de un grave ataque de nervios.

Sin embargo, en una de las numerosas y reveladoras cartas que escribía a su hermano Theo afirma lo siguiente sobre el origen del cuadro: «A través de la ventana con sus rejas de hierro veo un campo de trigo amurallado, es como una imagen panorámica de Van Goyen (…)». En realidad, no es de extrañar que la vista desde su ventana le trajera a la mente la obra de un maestro holandés del Siglo de Oro, famoso por sus cuadros bucólicos, mucho antes de dedicarse por completo a la pintura, Van Gogh ya era un gran conocedor y amante de la pintura, del arte y de la literatura. Era un autodidacta muy dedicado que junto con su hermano Theo trabajaba en Goupil, una empresa que compraba y vendía obras de arte. Devorando libros sobre el arte y revelándose como un asiduo visitante de museos se convirtió en un gran experto de la pintura contemporánea y clásica. Van Gogh tenía una memoria excepcional. Décadas después de haber visto un cuadro era capaz de recordar hasta los detalles más diminutos. En base a todo lo que había visto el pintor se montó un museo imaginario que en el curso de los años resultó ser una fuente fundamental de inspiración y aprendizaje.

En este museo mental figuraban pintores como Rembrandt, Frans Hals, Renoir, Manet y Millet. Los últimos dos pintores quedan eminentemente representados en la muestra. Su interés por las figuras humanas y sus maneras de representarlas en sus cuadros dejaría huellas profundas en la obra de Van Gogh, como queda ejemplificado inequívocamente en El sembrador (1883), un cuadro que dista poco de ser un palimpsesto de la litografía homónima de Millet.

Los paralelismos entre el dibujo de Millet y el cuadro de Van Gogh muestran la escrupulosa, concienzuda y ardua manera de trabajar del pintor holandés. Nada más lejos de él que ser un maniaco. Pertinaz en el propósito de perfeccionar las técnicas que no se le daban bien, Van Gogh estudiaba meticulosamente la obra de los que consideraba sus maestros, como son Monticelli, Fantin-Latour y Millet. Así lo justifica este pasaje de otra carta a su hermano, con motivo de una obra en vías de desarrollo: «Al fin y al cabo no me queda más remedio que aplicar espesa la pintura siguiendo el ejemplo de Monticelli. A veces me parece que continúo la obra de Monticelli, aunque hasta ahora yo no haya pintado a amantes, como él».

Otro mérito de la muestra es que revela los vínculos artísticos y contactos con pintores coetáneos como Gauguin, Signac, Seurat, Lucien Pissarro, que pertenecían al grupo de jóvenes e innovadores pintores que Van Gogh había bautizado Petit Boulevard. Estos tenían sus talleres en el barrio parisino de Montmartre donde exhibían sus cuadros en bares y restaurantes. La denominación acuñada por Van Gogh refería al Gran Boulevard, los consagrados pintores impresionistas (Monet, Renoir, Degas) que exhibían sus cuadros en las renombradas galerías situadas en las lujosas avenidas cerca de la place de l’Opéra.

Más evidentes y reconocidas son las huellas de Van Gogh en el arte del siglo XX, otro tema de la exposición. Esto no quita que sea única la oportunidad de ver cuadros de pintores como Charley Toorop, Teixeira de Mattos, Breton y Ribot al lado de los trabajos de Van Gogh a los que remontan. Quizás el ejemplo más impresionante sea Tres girasoles (1924) y el más abstracto Girasoles (1925), ambos de Van der Leck, dos cuadros inspirados por Cuatro girasoles marchitos (1887) del holandés, una de las piezas más destacadas de la muestra.

Helene Kröller no dudaba de que Van Gogh era un genio. En 1912 compró nada menos que quince obras, contribuyendo no poco a que este pronto fuera catapultado a la fama universal. Según Kröller, «más que ningún otro pintor Van Gogh era capaz de conseguir que el hombre se entendiera a sí mismo». El museo Kröller-Müller -que posee la segunda colección mas importante de Van Gogh del mundo- es un lugar idóneo para exhibir la obra del holandés. Era el explícito deseo de su fundadora Helene Kröller que la importante colección de cuadros que había adquirido a lo largo de su vida -entre ellos muchas obras de Van Gogh- se mostraran al público en un sitio tranquilo en plena naturaleza. Esta muestra es, pues, más que un gran homenaje al pintor holandés que se convertiría en uno de los valores más consagrados de la pintura moderna. Es, asimismo, un homenaje a la gran Helene Kröller.

 

LA VANGUARDIA