Turbulencias entre Navarra y Roma Imprimir
Angel Rekalde   
Jueves, 12 de Noviembre de 2015 09:58

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En tiempos de tribulación...

La época de Francisco de Xabier e Íñigo de Loiola resultó muy turbulenta en Europa. La Edad Media declinaba y no sólo por la invención de la imprenta, la traducción de la Biblia de Martín Lutero o los progresos irreversibles del Renacimiento en pensamiento, arte o ciencia. El viaje de Colón sirvió de espoleta para la aparición de los grandes imperios coloniales, el primero el español, que se abrió espacio a codazos frente a otras potencias europeas. En lo que nos atañe, este imperio incipiente nos llevó por delante al invadir las tierras de Navarra y acabar con su independencia hasta el presente.

Es natural que la literatura beba de estas fuentes turbulentas. “Iñigo de Loiola. Tribulaciones entre Navarra y Roma” es una novela basada en aquellos acontecimientos del pasado. Nietzsche sostenía que algunos enturbian las aguas para que parezcan más profundas. Fernando Sánchez Aranaz nos ofrece una narración, situada en este período de profunda transformación histórica, que no necesita enturbiar nada que no estuviera, de por sí, suficientemente turbio y enfangado (alguien diría, incluso, que de aquellos polvos estos lodos que hoy arrastramos; pero ésa sería otra historia).

Al contrario, podemos agradecer a Fernando que, en medio de tanto fango y torbellino, nos ofrezca estas páginas de una sorprendente claridad. Iba a poner iluminación o transparencia; pero me temo que ello daría a más de uno que pensar en términos de mística, ya que estos personajes acabaron enrolados en una aventura vital de transcendencia religiosa. Pero los orígenes de esta historia no puede ser más mundanos. Fernando nos retrata a un Iñigo de Loiola en sus últimos años, retirado de la vida militar y casi de la pública, enfrascado en los intríngulis y tejemanejes de la organización de la Compañía de Jesús, y que tropieza con una piedra del pasado que le devuelve a sus lejanas peripecias. Las andanzas de Navarra en su juventud, como una pesadilla, se le vuelven a atravesar en Roma.

Miguel de Landibar, criado personal de Frances de Xabier, le visita en medio de su quehacer en la ciudad del Vaticano, y le enreda en una intriga que para desentrañarla y eludir sus trampas le obliga a bucear en sus recuerdos. Es la época en que el de Loiola empieza a escribir sus memorias, largamente diferidas, y esta intromisión de un antiguo agramontés de oscuro pasado le empuja a ponerlas por escrito sin más dilación. No es baladí esta circunstancia, porque en efecto el presente libro, aunque sea en parte ficción, novela histórica, se basa en personajes y acontecimientos que realmente existieron. Todo ello está documentado en las memorias del fundador de la orden de los jesuitas. Aunque es natural que la habilidad narrativa de Sánchez Aranaz haya reconstruido el relato a su manera, con el fin de darle una cohesión, una agilidad y una lógica que no es fácil descubrir a primera vista.

El pasado persigue a los protagonistas, que en su juventud participaron en la guerra de Navarra. Por añadidura Íñigo ha aprendido latín, por no decir gramática parda, en sus años de predicador, de organizador, y hasta de sospechoso a los ojos de la Inquisición. Ve venir de lejos al ingenuo navarro Landibar, juguete de intrigas y manos ajenas, y le arrastra a su terreno de deslices y confidencias. La conversación les conduce por un sendero escabroso de sorpresas, herejías e intereses de poder, pero cada individuo arrastra su memoria personal.

Era de esperar que en un pulso de agravios y rencores, personales y colectivos, salieran a relucir peleas, aceros, la insurrección de Pamplona, Noain, la batalla de Amaiur, las venganzas, correrías, aventuras poco galantes, entretelas castellanas, los espías y demás imaginería propia de los imperios y las guerras. La prosa de Sánchez Aranaz es amena; la lectura, entretenida; la intriga, maquiavélica. No en vano el rey conocido como 'el falsario', que envió sus tropas a conquistar Navarra, fue el modelo de príncipe para Maquiavelo. Hasta estas páginas llega su sombra alargada.