Sobre lengua y dignidad Imprimir
Joan F. Mira   

Todavía tengo, de vez en cuando (el tiempo no lo borra todo), pequeños arrebatos de indignación, imágenes funestas, cuando pienso en la estúpida y profunda canallada que significó y significa el cierre de la radio y la televisión valencianas, aquel atentado criminal contra la lengua (y más cosas) de mi pobre país. Incluso la discretísima AVL lo ha tenido que recordar públicamente. Porque las lenguas no tienen sólo un valor funcional, de instrumento o vehículo de comunicación, como afirman algunos, muy interesadamente -con ese valor, las lenguas más "reducidas" serían fácilmente renunciables, en favor de las más grandes...- y eso es lo que realmente quieren decir. Cada lengua particular, cuando es vista como codificada y culta y de uso público normal, se convierte en cierto modo en símbolo de ella misma: lengua pública y reconocida, con institucionalización académica y política, representa lengua diferente, "categoría superior" de lengua, valor y dignidad igual que las otras lenguas. Ciertamente, la percepción de esta "dignidad igual" es esencial para la percepción eficaz de la "dignidad propia" del grupo, sociedad o país que la habla, y esencial para que actúen los mecanismos de cohesión y de adhesión: no es fácil ser fiel a aquello -lengua o grupo humano- que es visto como inferior, prescindible y de menos valor. Y el "valor" y la dignidad no son sólo resultados del conocimiento, sino del reconocimiento: ser la lengua o cultura protagonista en ferias internacionales del libro (tal como pude comprobar en Turín, en Guadalajara o Frankfurt), ser traducida a muchos otros idiomas, ser enseñada en universidades extranjeras, o ser reconocida como lengua de la Unión Europea, y ciertamente no por razones prácticas (¿para que "sirve" el gaélico, el letón o el maltés?), sino precisamente por dignidad. Porque la lengua propia no puede ser vista o percibida como inferior, inepta, indigna y prescindible, bajo pena de depresión general, o de ser abandonada a la primera ocasión o coacción. Y esta es también la historia moderna de Europa, de Estonia a Portugal y de Suecia a Grecia, hasta el País Valenciano y el valor de la lengua propia como lengua pública. Vendrán más elecciones, y la dignidad de mi lengua será uno de los valores que me dirá qué tengo que votar.

 

EL PAIS