Iruñea: Palacio del Condestable Imprimir
Mikel Sorauren   

La apertura del renovado palacio del condestable del barrio viejo de Iruñea, puede ser ocasión para reflexionar sobre este espacio emblemático de la capital del Estado navarro, en la que el paso del tiempo ha marcado las diferentes vicisitudes históricas por las que transcurrió la Historia de Navarra y la situación en la que se encuentra en el momento actual.

Por desgracia, muchos de los espacios que constituyen este denominado barrio viejo -o parte antigua- han corrido una suerte que no la merecían, atendiendo a la relevancia de los mismos por el papel que tuvieron en el desarrollo del desaparecido Estado navarro; no hay sino que recordar el palacio del Consejo, sede de la más alta instancia judicial de Navarra hasta 1839 y del órgano supremo de la administración ejecutiva del mismo Estado -realidad así reconocida por las mismas Cortes de Cádiz- la vieja Iruñea constituye un conjunto patrimonial de un valor inestimable por muchos capítulos. Para nuestra mala suerte, sin embargo, muchos de los elementos de este patrimonio han sufrido una degradación a la que no ha puesto remedio la actuación institucional, que ha invertido recursos en este espacio; recursos que en muchas ocasiones han contribuido al deterioro de elementos importantísimos del citado patrimonio, en vez de servir a su restauración y recuperación. Baste recordar al respecto la demencial política llevada desde hace décadas por el consistorio pamplonés que ha destruido tantos elementos capitales de nuestra historia y que resulta obligado enumerar: ruinas romanas del Arcedianato, muralla medieval del Rincón de la Aduana, torreón romano y lienzo de Chapitela, torreón romano junto a la fuente de Navarrería y la incalificable tropelía llevada a cabo por la alcaldesa Barcina sobre el depósito de la Historia de Pamplona representado por la Plaza del Castillo y sus entornos.

¿Cuáles son los aspectos y elementos de la vieja Iruñea que merecen atención? El papanatismo alimentado en manuales de arte universitario lleva en ocasiones a minusvalorar los rasgos artísticos del conjunto histórico de Iruñea. En ocasiones se escucha de ciertas personas que Pamplona no tiene nada que valga la pena. Hay quien parece valorar únicamente hechos de carácter monumental recogidos en antologías. Olvidan que los mayores monumentos sacados de su contexto dejarían de ser referente y que es el conjunto lo que otorga valor al mismo monumento. Ciudades como Venecia, París -y la mayoría con patrimonio destacable- perderían su sentido si fuesen despojadas de detalles a veces considerados secundarios. Por lo demás, la valoración del hecho artístico debe ser separada de los simples criterios de antología.

En lo que se refiere a Iruñea, nos encontramos con elementos de un interés primordial, que, contemplados desde fuera, algunos calificarán de localista, pero que encierran en su conjunto unos valores de índole mucho más valioso de lo que comúnmente se cree. Desde luego, resulta lamentable que para los extraños el aspecto más conocido y de mayor interés de nuestra Iruñea sean los Sanfermines y el encierro. Constituye ésta la muestra más acabada de la desidia e incultura de los ediles pamploneses, empeñados en sublimar un acontecimiento que no siempre es muestrario de cultura, sino de todo lo contrario; en tanto se olvidan hechos de mayor calidad cultural y aspectos artísticos y monumentales de mayor interés. Todo queda en Pamplona engullido por el acontecimiento sanferminero, manifestación del desmadre cutre, para muchos foráneos muestra del puro desequilibrio. Y ahí tenemos a la señora Barcina, empeñada en ocultar su falta de raigambre pamplonesa mediante la creación de un museo de los sanfermines ¿Qué pretenderá recoger en él, las diferentes formas de las vomitonas de guiris e indígenas; o la huella peculiar de las micciones que identifican a quienes se agarran kurdas de Ginebra o de patxarán? Todos ellos hechos de altísimo interés para futuribles sociólogos alienígenas, a quienes tocase reconstruir la realidad de la Humanidad aniquilada.

No podemos, sino lamentar la deriva del hacer cultural de nuestros administradores. La propia ignorancia que manifiestan sobre la misma entidad de lo que es Pamplona, les lleva a no tomar en cuenta los aspectos de mayor relieve monumental de la capital del Estado vasco. No se trata únicamente de mencionar el plano de la denominada Pamplona de los burgos, terreno en el que Iruñea no se diferencia mucho de otras urbes medievales europeas, sino destacar el papel de cabeza de un Estado reconocido universalmente por la Historiografía y cultura europea.

Desde el momento en que se desintegra la vieja autoridad imperial tardo-romana, Iruñea aparece como una ciudad aglutinadora de los vascones, en medio del caos que promoverán los germanos en toda Europa occidental. Las numerosas necrópolis que han aparecido en los entornos de Pamplona constituyen la muestra más acabada de la presencia de una realidad humana fuerte y diferenciada de todo lo que pueda darse en Hispania -Península Ibérica- y en las Galias. Resulta asombrosa la pertinacia de la historiografía española al respecto -anclada en muchos casos en los prejuicios decimonónicos- Se califican de visigóticos a elementos que la generalidad de los expertos europeos descalifican como tales. Así, se habla del cementerio visigótico encontrado en Argaray, se limitan a calificar como cristianos al cementerio encontrado en el claustro de la Catedral y -para culminar- los destrozadores de la necrópolis encontrada en el mismo palacio del condestable se permiten calificar como de …"cronología visigótica"… a los elementos autóctonos vascones que vivían en Iruñea en la alta Edad Media. ¿Cómo tendremos que definir a tales investigadores? ¿De cronología norteamericana?

Ya es hora de que quienes se dedican a desmontar y revolver restos de la antigüedad -esos presuntos profesionales que alardean de ser arqueólogos- abandonen los esquemas de manual decimonónico que aprendieron en la facultad. No hay en Europa técnico o estudioso serio que se refiera a los visigodos. El conjunto de todo lo que se ha calificado tradicionalmente como visigótico es cuestionado por los expertos desde hace décadas (vide Roger Collins 2004). Nada de lo que se ha venido considerando visigótico, ni en el plano humano, ni cultural, ni arquitectónico es aceptado hoy como tal. A pesar de todo aquí nos toca sufrir a expertos que siguen en las pautas de Sánchez Albornoz y, por este camino, es difícil no topar con Leovigildo y Don Pelayo.

Iruñea es una ciudad emblemática en la Europa alto-medieval. La destrucción de sus murallas constituye un acontecimiento que se inscribe con letras mayúsculas en la Historia europea. Las crónicas francas y el sarcófago de Carlomagno recogen el evento que pretende culminar el intento del mismo Carlomagno por dominar Europa occidental, incluido el territorio vascón. Iruñea, no obstante, aparecerá grande a todo lo largo de la Edad Media. Reino de Pamplona, será el primer nombre del Estado vasco. Una burgalesa, sin raigambre en Pamplona, rematará la obra del vecino de Aquisgran -Aix la chapelle, Aachen- en su esfuerzo por destruir la identidad de Pamplona. Destruirá murallas, basamentos y cualquier elemento que se oponga a su afán de encontrar huecos en los que meter coches o triciclos. Los huesos de Karl der Grossen saltarán emocionados en su sarcófago, al ver culminada por nuestra Yoli lo que él mismo no pudo terminar.

En el plano y estructura de Iruñea se reflejan los avatares políticos por los que pasó el Estado de Navarra, instrumento que se dieron los vascones para salvaguardar su independencia e identidad. Este Estado posibilitó la configuración de la Nación vasca. Las murallas responden a la necesidad de salvaguardar el centro político del Estado. En el mismo -Iruñea- se localizará el poder político y cualquier otro de los que pretenda alcanzar un puesto social o político. El Palacio Real, la Cámara de Comptos, los comerciantes y la misma Iglesia -la Catedral- A señalar la existencia dentro de lo que es el espacio catedralicio de la sala de reunión de los tres Estados del Reyno en Cortes Generales y la sala de la Diputación del Reyno, en las salas de la Preciosa tuvieron su sede estas dos instituciones claves del Estado navarro. La desidia llegó a convertirlas posteriormente en gallinero. Todo este conjunto de elementos simbólicos representa el referente decisivo para que los irunshemes y los navarros del conjunto de Euskal Herria recuerden que son una Nación, a la que un Estado ajeno mantiene secuestrada.

No tiene sentido evocar la Historia como simple ocasión de divertimento. La Unión de los denominados burgos -en realidad la ciudad de la Navarreria, junto con dos barrios surgidos posteriormente, no fue la iniciativa, ni privilegio, de un rey Carlos III el Noble, sino exigencia del Reino que reclamaba la unidad del Estado frente a intereses particulares. Tal unidad constituía la garantía para la supervivencia del Estado y los irunshemes posteriores se esforzaron por hacer una única ciudad de lo que anteriormente fueron tres ciudades enemigas. La, en principio, tierra de nadie sirvió para ensamblar la nueva ciudad. Los tres viejos núcleos renunciaron a su propio programa urbano, para exaltar la unidad, desde la localización del ayuntamiento y otros espacios de servicios relevantes; universidad, mercado, hospital y demás, hasta el punto de encuentro fundamental de la ciudadanía, representado por la plaza del Castillo.

Iruñea dispone de elementos de primer orden para destacar monumentalmente. Su localización en la terraza superior del Arga, ha sido tema de artistas dedicados al paisaje urbano, quienes han resaltado su perfil preeminente desde el baluarte de Labrit hasta la Taconera. En ese perfil destacan siluetas extraordinarias; la elegancia del conjunto catedralicio, la robustez y galanura de las torres de San Cernin y la presencia de edificios notables desde el mismo palacio arzobispal hasta el convento de los carmelitas descalzos. A destacar la silueta del palacio real, edificio más importante del Estado navarro, que los propios conquistadores españoles reconocieron como tal …"En Pamplona y su real palacio"… firmaba sus misivas el virrey hasta 1837. En el interior de la ciudad se encuentran edificios diversos y notables que imprimen su seña a diversas partes del paisaje urbano, complementado por un caserío peculiar, construido a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX que proporcionan una identidad inconfundible a la ciudad. Precisamente éste es el caso del Palacio del condestable, hoy en día revalorizado, a pesar de tantos elementos difíciles de encajar, teniendo en cuenta que paso de ser una residencia nobiliaria a coyuntural sede de instituciones, para terminar siendo casa de vecindad desde finales del siglo XVIII. En muchas zonas del casco viejo de Iruñea pueden apreciar innumerables detalles y elementos arquitectónicos de épocas históricas anteriores, que debidamente tratados enriquecerían el acervo urbano de la ciudad. Es lamentable la trayectoria que han seguido tantos de estos elementos, hasta tiempos actuales, y digno de apreciar el esfuerzo de muchos particulares por ponerlos de relieve. En este sentido resulta agradable comprobar que se intentan recuperar arcos, dinteles y paramentos medievales a los que ocultaron actuaciones modernizadoras posteriores, pero que, gracias a su reutilización, hoy podemos recuperar, permitiéndonos ofrecer una perspectiva de Iruñea que creíamos perdida, pero que en realidad se encontraba oculta.

En las sociedades cultas y democráticas se han conservado y recuperado elementos del mobiliario urbano en condiciones de extrema fragilidad, únicamente porque se ha valorado que formaban parte del conjunto. Madera, barro, y hasta paja, son tenidos en cuenta como integrantes del patrimonio monumental. Pamplona ha sido víctima de actuaciones afrentosas. La responsabilidad recae en el conjunto de propietarios especuladores, profesionales de la arquitectura y administradores. Quienes hemos nacido a mediados del siglo XX podemos recordar rincones y edificios de una fuerte personalidad y armonía, edificios como el Arcedianato, del siglo XV, seminario de San Juan, palacios y casas de vecindad que podían haber sido remodeladas sin modificar su aspecto exterior, todos han sido entregados a la piqueta, sin la mínima consideración a lo que representaban. Los arquitectos que los destruyeron no pasarán a la historia por la capacidad creativa que han mostrado en las edificaciones con que sustituyeron los edificios derruidos, ni los paisajes urbanos que han pretendido crear…

Digo que todo esto es lamentable ¿Qué cabe decir, sin embargo, de las actuaciones llevadas a cabo sobre edificios emblemáticos de la ciudad, en muchas ocasiones configuradores de la misma perspectiva de Pamplona, sobre los que se han arrojado sin pudor los Mangado, Torrens y Moneo? ¿Cómo resarcir a la ciudad de las atrocidades cometidas sobre el antiguo Hospital de Navarra, la Universidad de Santiago y el palacio Real? Sin olvidar desde luego el desmán de Mangado sobre la perspectiva urbana de la Ciudadela. El colmo de este señor es que se vuelva metafísico y aluda al diálogo que se crea entre su baluarte y la Ciudadela. Claro, que diálogo es todo intercambio de palabras y expresiones, incluidos insultos y obscenidades y en esto el baluarte del Mangado ha alcanzado lo sublime. El baluarte es un edificio que enseña el culo a la Ciudadela, al igual que aquellas personas que aprovechan las grandes ocasiones en las que aparecen personajes ilustres para salir en la foto, hasta el punto de que terminan por ocultar al personaje principal. Parece que esta característica del monstruo constituye un rasgo de la personalidad del arquitecto. Tiene todos los defectos de un edificio que rompe la armonía, mientras que su perspectiva lejana es anodina y resulta difícil de calificar de Zikurat en ruinas o amontonamiento de tablones. Mangado no debería preocuparse por hacer que los edificios dialoguen. El diálogo es un instrumento para que se entiendan las personas; entre otros los arquitectos con el resto de los mortales y la ciudadanía en general. Sin embargo la pretenciosidad impide que estos personajes sometan sus ideas a colectivos y profesionales multidisciplinares que también tienen algo que decir. Lo lamentable es que la actuación de las excavadoras y hormigoneras se imponen con contundencia a las sensibilidades y a tipo cualquier diálogo.

No hay exageración. ¿Quién y cómo resolver los desaguisados realizados en el perfil de Pamplona en la parte Norte, desde el baluarte del Redin a Carmelitas? Edificio de viviendas sobre el portal de Zumalacarregui, residencia de las Adoratrices, a cual más anodino, pero alzando su silueta altiva sobre el frente norte de las murallas ¿Cómo resolver el desaguisado de Moneo y Torrens el primero con el Palacio real y el segundo sobre la Universidad de Santiago? El hecho de mayor gravedad reside en la pretensión de que tales obras han respetado la identidad originaria -e histórica en general- de los edificios afectados. Lamentablemente estos arquitectos no buscan amoldarse a los elementos valiosos de índole artística o histórica, sean estructurales o de detalle. Lo que pretenden -y Moneo constituye el ejemplo más acabado- es esclavizar tales elementos y someterlos a su propia concepción de lo que tiene que ser el monumento. El Palacio real ha quedado totalmente desvirtuado con una serie de prismas prepotentes que impiden contemplar los rasgos de un conjunto medieval constituido por dos alas apaisadas en ángulo, cubiertas a doble vertiente, en medio de un espacio amplio y de grandes perspectivas hacia el exterior e interior de Iruñea. Todo esto ha sido aplastado por unas estructuras macizas que desfiguran conjunto y detalles. Moneo puede estar satisfecho. El papanatismo de quienes adoran a genios le darán muchos defensores, pero tales papanatas no dejan de ser los idiotas que, como los aduladores del rey desnudo se descubrirán ante la gran creación que ellos no pueden ver, simplemente, porque no existe.

Por lo que se refiere a Torrens en Santo Domingo, ni se la ha ocurrido adaptar el tono de la edificación al colorido urbano del entorno. Menos mal que ha respetado el claustro del edificio que fue sede del Depósito del Reyno, pero como muy bien ha señalado un experto, de quien callo el nombre, a fin de no atraer las iras sobre él, Torrens se ha limitado a cambiar un edificio provinciano de finales del siglo XIX, por otro edifico provinciano de finales del siglo XX, para tal viaje sobraban alforjas y mucho hormigón armado. Claro que no es posible dejar de mencionar el antiguo Hospital, hoy Museo de Navarra. Aquí llegó un arquitecto progre y con ganas de experimentar. Empezó por descalificar el edificio afirmando que su único valor era el volumen y aspecto del mismo, aunque lo cierto es que tampoco respetó ambos. Fue el inicio de experimentos que han llevado adelante estos arquitectos, que se han tomado a Pamplona como un banco de pruebas a llevar a cabo en el marco de ciudades históricas sobre sus ideas arquitectónicas. Con toda probabilidad las sociedades democráticas y gestores sensatos no les permitirán llevar adelante sus planteamientos y es hora de aconsejar a tales creadores que ejerzan sus cualidades creativas en espacios nuevos y no destruyendo lo que las generaciones pasadas dejaron de bueno.

En definitiva ¿Qué han hecho de valioso estos artistas? ¿Alguna de sus obras ha sido catalogada como genial, o tan siquiera admirable? En ningún caso. Ya es hora de que dejen de vendernos peines, que tanto dinero cuestan al erario público; es decir, a nosotros, a los contribuyentes.

Cierto pensador americano, pacifista él, reflexionaba que la pena de muerte era ignominiosa y que bajo ningún concepto estaba justificada su aplicación. Sin embargo, cuando volvía de pasear por su metrópoli, afirmaba que los arquitectos podían constituir una excepción. Creo que tal reflexión es aplicable a nuestra pobre Iruñea, aunque hoy en día. Por delante de los mismos arquitectos habría que colocar a la Yolanda Barcina. Recuerdo siempre el método que al respecto acostumbraban usar los militares españoles del siglo XIX como Espartero, quienes se deshacían de sus amigos del día anterior fusilándolos por la espalda y de rodillas, para que muriesen haciendo penitencia, ya que no arrepentidos… Ya digo que la pena de muerte nunca se justifica, pero esto es lo que me pide el cuerpo. Cierto es, igualmente, que como nos indicaban los curas que en nuestra adolescencia nos impartían ejercicios espirituales, al cuerpo no hay que darle todo lo que nos pide.

Publicado por Nabarraldek argitaratua