Navarra no es Navarra Imprimir
Mikel Sorauren   

En los años de la denominada transición Jaime Ignacio Del Burgo acuñó la expresión ”Navarra es Navarra”, buscando dar réplica a quienes reclamaban la unidad de los territorios vascos sometidos a España. Del Burgo representaba la decisión española de obstaculizar cualquier paso que, desde su perspectiva, pudiera desembocar en el futuro en la constitución de un estado vasco independiente.

El confusionismo conceptual existente aún hoy en día en el imaginario de los soberanistas vascos -reflejo final del sometimiento político y cultural que afecta a nuestro país- se muestra cotidianamente en la percepción contradictoria que existe en nuestra colectividad con respecto a la imagen que tenemos nosotros mismos de lo que ha sido y es nuestra nación, y del camino idóneo para conseguir la recuperación de su independencia y soberanía. Aldekoa y Zabaleta hacen un intento por racionalizar el problema. Reclaman una actitud realista que tenga en cuenta lo que sea de verdad nuestra sociedad y sus circunstancias presentes. En este camino parecen criticar las actitudes voluntaristas que se han manifestado hasta hoy en día, unas basadas en la convicción de que nuestro pueblo es sujeto de derechos irrenunciables –lo que puede llevar a que éstos sean reclamados por cualquier medio, sin tener en cuenta las posibilidades del mismo- y otras que se remiten a derechos creados por el devenir histórico.

Tengo la sensación de que Aldekoa y Zabaleta incurren en un planteamiento reduccionista. El que lleva a descontextualizar la realidad humana y convertirla en un simple concepto abstracto, privado de concreción. El ser humano es social y la colectividad resultado de esta sociabilidad. Toda sociedad es un hecho histórico y únicamente la estabilidad que concede el tiempo permite calificar a una sociedad de actual. Zabaleta y Aldekoa también utilizan de manera inadecuada el concepto de historicismo, que se corresponde, normalmente, con una manera concreta de contemplar la Historia que convierte a ésta en un factor autónomo de la realidad, capaz por sí mismo de determinar a la sociedad considerada con independencia de otros factores materiales y humanos que estructuran la realidad en su conjunto. Existen otras maneras de manejar la Historia que no coinciden con el Historicismo. Métodos de análisis imprescindibles para la comprensión de la realidad humana y social.

Entre nosotros ha ganado mucho espacio la idea de que intentar explicar nuestro mundo a través de la Historia está fuera de lugar. Se insiste en la importancia de la colectividad presente como sujeto de sus decisiones, libre de condicionantes del pasado. Esta última afirmación es incuestionable. No obstante en el conjunto del razonamiento late cierta carga de acomplejamiento, muy habitual en sociedades culturalmente sometidas y en ella se descubre cierta frivolidad. Toda organización estatal busca reafirmar su cohesión, precisamente, en la conciencia histórica y nadie se encuentra libre de recurrir a la Historia en el momento de fijar la entidad de una colectividad humana concreta, cuando procede a analizarla. No es cierto que las generaciones presentes sean totalmente independientes en relación a sus predecesoras. Derechos y compromisos contraídos por los antecesores se transmiten a través de tratados y reconocimiento de responsabilidades por actuaciones determinadas en las que, en principio, las generaciones futuras no tienen ninguna responsabilidad. Un Estado –sujeto de derecho- sigue siendo el mismo a través de las generaciones que lo configuran y en el caso de desaparecer en otros estados, alguna de las nuevas organizaciones estatales asume las responsabilidades y derechos del desaparecido. En definitiva, las generaciones sucesoras asumen costes y ganancias de quienes las han precedido.

Todo esto por lo que se refiere al derecho internacional, pero si contemplamos la cuestión desde una perspectiva más cercana -la que deriva de la transmisión de padres a hijos del conjunto del patrimonio que conforman la identidad de una colectividad-, la comunidad nacional se hace más vital, aunque la relación entre sus miembros no tenga siempre la misma intensidad. Una nación es el resultado de la convivencia mantenida a lo largo de generaciones por una colectividad que se identifica en ella. Esto no quiere decir que la generación existente en un momento –en definitiva la Nación- no sea libre en la toma de las decisiones que le conciernen. Habrá que ser consciente, sin embargo, de que una sociedad no siempre está en condiciones de decidir, a resultas de la injerencia en sus asuntos de otras colectividades nacionales diferentes. De hecho no existe nación que no se haya definido a partir del enfrentamiento con comunidades nacionales y estados que han pretendido someterla, o a los que ha pretendido dominar. Es esta una realidad universal, por lo que no tiene sentido concebir el hecho nacional como una realidad aislada.

A la hora de considerar, por tanto, la realidad nacional vasca –Navarra, como creo yo- es imprescindible tener en cuenta los efectos que han producido sobre nuestra nación las injerencias de naciones como España y Francia, que siempre han manifestado –y lo siguen haciendo- su voluntad de impedir que los navarros recuperemos la soberanía e independencia. España y Francia carecen de legitimidad para reclamar ningún derecho sobre nuestro pueblo y su territorio. El derecho de una colectividad a ser la dueña de su destino es reconocido universalmente y aceptado –en teoría- por los estados español y francés. No obstante, en las formulaciones de ambos aparecen con claridad la voluntad de negar a los vascos lo que es un principio de derecho universal reconocido sobre el papel por los referidos estados. De una manera concreta, en la Constitución española, actualmente vigente, se declara que el territorio dominado por España forma parte irrenunciable de la Nación española. Otro tanto pude afirmarse de los textos constitucionales franceses. Se puede concluir, en consecuencia, que se niega al pueblo vasco, de una manera explícita, el derecho a decidir.

Si estos son los hechos, está de más aludir a la voluntad de decisión que le corresponde a la sociedad vasca. Cualquier actitud de los individuos o colectivos que integran nuestra sociedad se encuentra totalmente mediatizada por la voluntad manifiesta de españoles y franceses de impedir su definición de una manera que pueda ser aceptada como expresión libre de la voluntad mayoritaria de la misma. Ésta, y no otra, es la razón definitiva que obstaculiza la resolución del denominado conflicto vasco. A la hora de considerar las circunstancias que encuadran en el momento presente la cuestión, es obligado responsabilizar a España y Francia por los obstáculos que ponen a nuestra nación en sus aspiraciones soberanistas. Las circunstancias aludidas constituyen el resultado de un proceso histórico, caracterizado por la injerencia hispano-francesa en los asuntos internos de Navarra, que hoy ha llevado a la situación estrambótica de la configuración del territorio nacional navarro en tres circunscripciones administrativas, impuestas por la decisión de los estados inmiscuidos. No es mi propósito negar la existencia de diversas sensibilidades y percepciones en el marco de nuestra sociedad en relación a la cuestión de la independencia y soberanía. En cualquier caso, son resultado de la citada injerencia y se modificarían profundamente de cesar ésta. La reflexión que llevan a cabo Aldekoa y Zabaleta minimiza tal factor. La dificultad para encaminar la virtual complejidad que presenta el objetivo nacional navarro se sitúa en este nudo gordiano, imposible de soltar en tanto no decaiga la voluntad hispano-francesa de mantener su injerencia sobre Navarra.

La aparente simpleza de mi razonamiento desaparece si se constata que toda nación sometida ha alcanzado la independencia únicamente cuando el estado inmiscuido ha aceptado cesar en su injerencia, por el motivo que sea. Cabe también añadir que las sociedades llegadas a la independencia no presentaban, en principio, la unanimidad que algunos se obstinan en exigir a quienes reclaman la soberanía

Si hoy en día son muchos quienes no terminan de entender que la recuperación de la soberanía nacional pasa por lo que algunos denominamos la centralidad de Navarra, es consecuencia, igualmente, de la manipulación que han ejercido sobre este concepto España y Francia, desde el momento en que se apoderaron del Estado navarro. La conquista del Estado navarro se lleva a cabo mediante el despiece territorial que convierte a la Navarra marítima en provincias vascongadas y, tras la conquista española de la parte cis-pirenaica de lo que se llama Reino de Navarra, hace de todos estos territorios las “Provincias exentas”, en tanto Francia se atribuye también la parte del Reino ultra-pirenaico, llegándolo a incluir en su nomenclatura al mismo nivel que el Reino de Francia. Centralidad de Navarra no tiene otra acepción que la de un Estado independiente y soberano y nada que ver con lo que se denomina Provincia de Navarra o Comunidad Foral de Navarra, carente de cualquier referencia que no sea la misma soberanía española.

La confusión que ha propiciado en nuestro imaginario la injerencia hispano-francesa es la responsable de la existencia de percepciones tan aparentemente diferentes existentes en nuestro colectivo nacional. No son resultado de la pluralidad, sino de la imposición autoritaria que se niega al reconocimiento de la realidad nacional navarra.

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Publicado por Nabarraldek argitaratua